Confrontación o consenso

Imagen  La persecución contra el Apra y el fujimorismo indigna a quienes apostamos por la democracia. Urge que reflexionemos cómo y por qué los peruanos hemos llegado a tales extremos de incordia en la política.

Todo indica que el origen del problema está en la manera en que los peruanos entendemos la política. La asumimos como una confrontación y no como una cohabitación democrática.

Hay dos concepciones del ejercicio de este quehacer humano. Una que la interpreta como una guerra, y otra que la asume como la búsqueda de acuerdos mediante el diálogo. La primera plantea una confrontación total, hasta eliminar al “enemigo”, para tomar el poder.

Esta visión de la política se instituyó en la ex Unión Soviética, la China maoísta, la Alemania de Hitler, la Italia de Mussolini, la Cuba de los Castro, Norcorea, y otros países en los que se persigue y encarcela a los críticos. Con la misma lógica respondieron las dictaduras de América Latina y del resto del mundo durante la “Guerra Fría” global. El rasgo central de esta concepción es la negación de la libertad y de la democracia.

La visión democrática de la política se sustenta en el pacto social que garantiza la alternancia en el gobierno, la separación de poderes y el respeto a las libertades. No hay enemigo sino competidor, se dialoga en busca de acuerdos. Así es en las democracias avanzadas del mundo.

En el Perú, la influencia de las ideas estatistas en el siglo XX propició que se impusiera la concepción beligerante, que fue asumida por las corrientes políticas con mayor fuerza social: El aprismo, el populismo y el marxismo. Su expresión más extrema se dio en los 80’ cuando el MRTA y Sendero Luminoso decidieron eliminar con las armas a sus “enemigos de clase”.

Lo que vemos hoy es la continuación de esa vieja forma de entender la política, aplicada para eliminar al Apra y al fujimorismo de las próximas elecciones con el mismo libreto que usó el chavismo para tomar el poder en países vecinos: Demonizar al “enemigo”.

La persecución daña la democracia porque niega los derechos fundamentales y quiebra el equilibrio de poderes al avasallar la presunción de inocencia, el debido proceso y la independencia del Poder Judicial, que es sometido por una voluntad política ajena.

Pero el mayor daño es que nos divide a los peruanos, impide que nos consolidemos como nación al  hacer que nos veamos como enemigos en vez de hermanos.

Chile y México han optado por el camino del consenso. Sus fuerzas políticas han suscrito un nuevo pacto social que se sustenta en la democracia y la libertad económica, dejando atrás décadas de confrontación inútil.

Las principales fuerzas políticas del Perú comparten hoy la misma visión de desarrollo y el mismo compromiso con la democracia, pero falta que den el paso decisivo de pactar el consenso. Para empezar hagamos consenso contra la persecución, derrotemos el odio.

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