Presidente, aprenda la lección de Cajamarca

Lo hechos de violencia que presenciamos estos días en Cajamarca y en Tintaya son parte de una escalada extremista orientada a truncar el avance del modelo económico que está liberando a nuestro pueblo de la pobreza.

La supuesta defensa del agua y del medio ambiente son solo coartadas que utilizan los radicales para encubrir su verdadero propósito, que  es detener un modelo que los condena a perder en un futuro cercano la escasa clientela política que aún les queda. Están desesperados.

Estamos en un momento crítico, pero las crisis también son oportunidades para que los pueblos consoliden su unidad, como lo acaba de demostrar Cajamarca.

La Mayoría Silenciosa cajamarquina, que se ha manifestado a favor del desarrollo y de la paz, nos ha enseñado que la unión es la respuesta más contundente al extremismo que pretende hacer retroceder al Perú al viejo estatismo que solo nos trajo pobreza y corrupción.

Las fuerzas democráticas y las instituciones sociales de esa región se han unido para defender su derecho a progresar y a vivir en concordia, sin violencia.

Contra lo que piensan los radicales, su escalada en curso ha generado condiciones favorables para que el ejemplo de Cajamarca se replique a nivel nacional, pero falta un liderazgo para que ese consenso se plasme en movilización social y acuerdos políticos.

Frente a la ofensiva extremista, las fuerzas democráticas y las instituciones sociales representativas han cerrado filas en defensa del gobierno, de la democracia, de la inversión, y contra la violencia. Pocas veces en nuestra historia se han dado condiciones tan favorables para plasmar un consenso nacional en torno a objetivos que compartimos la gran mayoría.

El país ha entendido que el principal obstáculo que impide que los pueblos accedan a los beneficios del crecimiento no es el modelo económico, sino el Estado incapaz de llevar servicios eficientes y obras de desarrollo a los pueblos del interior.

Estamos ante un estadio superior al acuerdo nacional del año 2000, que recoge solo un listado de buenas intenciones sin contenidos políticos sustanciales. Hoy en cambio la mayoría del país está unida en torno a objetivos que el presidente Ollanta Humala al parecer no ve y por eso se resiste a liderar un auténtico Acuerdo Nacional.

Si teme perder su identidad política, o que su gobierno quede sujeto a lo que decida aquel consenso, se equivoca.  Liderar un acuerdo nacional no supone una pérdida de identidad, y la sujeción al consenso se limita solo a los puntos que comprende el acuerdo.

Debe ser frustrante para él sentir que los peores ataques contra su gobierno vienen de sus propias filas, pero esa frustración se compensa largamente por el respaldo que le brindan hoy a su gobierno todas las organizaciones democráticas de la sociedad.

Si Humala asume el reto y convoca a la unidad programática de la nación garantizará la estabilidad de su mandato y la gobernabilidad, pero también pasará a la historia como el estadista que selló la unión nacional y el camino definitivo hacia el desarrollo.

Si no lo hace será recordado como un ex presidente que gobernó en medio de tempestades, que dejó a su sucesor un país inestable, y que, sobre todo, dejó pasar la gran oportunidad de unir al Perú en democracia.

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