La justicia prostituida

ImagenEl empresario Héctor Delgado Parker –ya fallecido- contó una vez que durante años se despertaba a medianoche, sobresaltado y sudoroso, porque soñaba que los terroristas del MRTA que lo secuestraron en 1989 aún seguían torturándolo.
Lo encerraron en un hueco de un metro de ancho y dos de largo, donde pasaba las 24 horas del día. Allí comía, dormía y hacía sus necesidades fisiológicas. Cada cierto tiempo, un terrorista abría la tapa del hueco para golpearlo con la cacha de su pistola, con odio y sadismo, y le decía: “Hoy vas a morir”. Cuando Delgado escuchaba pasos cerca de la escotilla, se doblaba en un rincón, presa del pánico, en posición fetal y con las manos sobre la cabeza.
David Vera Ballón pesaba más de 90 kilos cuando la banda armada MRTA lo plagió. Cinco meses después lo asesinó de dos tiros en la nuca. Al morir pesaba solo 40 kilos.

Al empresario Pedro Miyasato lo asesinaron a sangre fría porque se resistió al secuestro. El informe de la CVR dice al respecto -con gran cuajo- “esto (la resistencia) motivó que el responsable del operativo ordenara su ejecución”.
En 1965, cuando Alejandro Calderón, otrora líder del pueblo ashaninka, tenía diez años, una patrulla militar llegó a su aldea y le preguntó si había visto a extraños. Inocente, dijo sí y les indicó por donde se habían ido. La patrulla encontró a los extraños y los eliminó en combate.

En 1989, o sea 24 años después, el MRTA lo secuestró y desapareció. El plagio fue justificado por el vocero del grupo terrorista, la revista Cambio, que informó que Calderón fue plagiado por haber “delatado” a subversivos del MIR en 1965. Nunca apareció su cuerpo.
Ese mismo año 1989, en Tarapoto, la secta terrorista de Víctor Polay asesinó a sangre fría, con disparos a la cabeza, a nueve jóvenes por ser homosexuales.
Estos son solo algunos de los muchos crímenes atroces del MRTA. Por eso sentí asco al ver en televisión a una periodista caviar haciendo malabares con la palabra para referirse a esos criminales como “emerretistas” o cualquier cosa menos “terroristas”.
Lo mismo sentí al ver al presidente del Poder Judicial, César San Martín, huyendo de la prensa para que no le pregunten sobre la benevolencia con que los terroristas Lori Berenson, Nancy Gilvonio y Lautaro Mellado han sido autorizados a salir del país.
Es probable que él mismo haya presionado en favor de esos permisos. De otra manera no hay razón para que huya de la prensa ni para que inste a los jueces a que no cedan a las “presiones mediáticas”.
Desde que San Martín asumió la presidencia del Poder Judicial los fallos judiciales que desfavorecen a las ONG que defienden a terroristas y persiguen a militares están siendo anulados y los jueces son inducidos a aplicar la doctrina penal caviar que viola el debido proceso.
La noble causa de los DDHH sigue siendo prostituida dentro y fuera del Poder Judicial en aras de los intereses de las ONG que hoy, con cinismo asqueroso, callan mientras los terroristas se fugan del país por la puerta grande.
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