El caso Chehade cobra su primera víctima

            El escándalo Omar Chehade acaba de cobrar su primera víctima: Ha muerto el “gobierno de la moralización” que Ollanta Humala le prometió al Perú con el apoyo político de Alejandro Toledo y el aval ético de Mario Vargas Llosa.

Me pongo en los zapatos de los ciudadanos que le dieron su voto creyendo de buena fe que Humala libraría una lucha frontal contra la corrupción (“La honestidad hace la diferencia”), y comparto la enorme decepción e indignación que deben estar sintiendo en estos momentos.

Lo que hemos visto esta semana en el Congreso de la República marca un punto de quiebre en el gobierno de Gana Perú – Perú Posible. Hasta el miércoles pasado se le podía dar el beneficio de la duda en materia anticorrupción, hoy ya no hay dudas de que aquella promesa fue solo mercancía electoral barata.

Tomando la pregunta de Nadine Heredia nos interrogamos ahora: ¿Por qué el gobierno envió a los generales Raúl Salazar y Abel Gamarra al Congreso con la consigna de blindar a Chehade, tan difícil es caminar derecho? ¿Por qué la bancada gobiernista protege a Chehade y desacredita el testimonio del general Guillermo Arteta en vez de esmerarse por encontrar la verdad, tan difícil es caminar derecho?

El vicepresidente Chehade es inocente hasta que se pruebe lo contrario, pero también es verdad que ha mentido cuando dijo que jamás se habló sobre Andahuasi, cuando dijo que citó a Salazar para hablar de inteligencia policial, y cuando dijo que encontró de casualidad a Miguel León Barandiarán en la puerta del restaurante. Y si es que Arteta dice la verdad, Chehade habría mentido mucho más.

Gamarra dice que vino a Lima para una consulta médica, pero está probado que mintió. Salazar dice que de Andahuasi se habló solo tres minutos, pero Gamarra admitió que hablaron “largo”, y Arteta que Chehade fue quien lo introdujo en la conversación.

Han pasado semanas y el Ejecutivo no informa si Miguel Chehade y Miguel León Barandiarán visitaron El Potao, tampoco sobre la misión de Gamarra en Lima. Por todo esto es imperativa una investigación imparcial, y sin embargo la alianza de gobierno y sus congresistas solo desacreditan la investigación.

En otro plano, el escándalo Chehade y el del acoso a los comandos de Chavin de Huantar serán al parecer las dos gotas que colmen la paciencia ciudadana con este gobierno.

El gobierno también lo entiende así al parecer, por eso está soltando “denuncias” que distraigan la atención ciudadana, como el levantamiento del secreto bancario de Alan García, la amnistía para terroristas, o la resurrección del refrito de las “esterilizaciones forzadas”.

Todo indica que pronto Humala empezará a mostrar síntomas del “síndrome Toledo”, es decir del presidente que se desgasta por una pérdida vertiginosa de respaldo ciudadano.

Si ha decidido asumir ese costo político por defender a Chehade, y por obedecer a sus aliados caviares, es libre de hacerlo, pero debe recordar que, por mucho menos, su socio Alejandro Toledo estuvo a punto de ser vacado de la presidencia.

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