El Congreso amordazado

   La forma en que el presidente del Congreso, Daniel Abugattás, condujo la sesión en la que el Gabinete Lerner presentó su plan de trabajo es inadmisible en un estado democrático y más bien propia de un legislativo totalitario.

Ni siquiera en el Congreso de la Venezuela chavista ocurre algo así. Abugattás no tiene derecho a mutilar el debate porque debatir y legislar constituyen la razón de ser de la institución que agrupa a los representantes del pueblo elegidos en las urnas.

Por eso se les llama parlamentarios y por eso el Congreso también se llama Parlamento. Si las sesiones plenarias van a ser conducidas en el futuro tal como se hizo el 25 de agosto estamos advertidos de que este Congreso no será una institución democrática, aun cuando el origen de sus miembros sí lo sea.

Darle solo uno o dos minutos a cada parlamentario para que hablara en aquella sesión impidió en los hechos que el plan que presentó Lerner fuese discutido y cuestionado por la oposición política.

Se les impuso de facto una mordaza encubierta a los representantes del pueblo.

Fue lamentable ver que solamente dos congresistas –Mauricio Mulder y Víctor Andrés García Belaúnde– repararon en ello y encararon con valentía a Abugattás, exigiéndole que se rectificara, pero no lo hizo.

En vez de practicar la tolerancia y de promover el intercambio de ideas, el presidente del Legislativo hizo todo lo contrario; peor aún, exhibiendo unos modales más bien propios de un celador carcelario o un comisario soviético.

Si va a decirnos que él no puso esas reglas totalitarias sino la Mesa Directiva es lo mismo, porque todos sabemos que en la jerarquía parlamentaria aquella acaba haciendo siempre lo que manda su presidente.

Al margen de las formas, en la presentación del Gabinete se violó el artículo 130 de la Constitución, el cual dice que el Consejo de Ministros se presenta ante el pleno del Congreso “para exponer y debatir la política general del gobierno y las principales medidas que requiere su gestión…”.

Debatir significa que los parlamentarios deben comentar, criticar, plantear interrogantes u oponerse libremente al programa de gobierno; y después los ministros presentes deben replicar las críticas y responder a las preguntas con la misma libertad, durante el tiempo que sea necesario. Sin embargo, ello no ocurrió, no hubo debate; ergo, se incumplió el mandato de la Constitución.

En democracia, formas son fondo. Por eso preocupa escuchar voces que sostienen que el debate es solo una formalidad.

No, señor, puede parecer formal, pero es esencia del sistema en tanto supone ejercer el derecho del pueblo a criticar y cuestionar libremente a sus ministros por medio de sus representantes.

Si Abugattás y el ministro Lerner creen en la democracia, deberían reconocer lo sucedido y convocar de nuevo al Congreso para debatir sin cortapisas el programa de gobierno con la representación nacional. Sólo así se disiparán las oscuras sombras totalitarias que nos ha dejado la vergonzosa sesión del 25 de agosto.

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