Tarata, para que jamás se repita

  Han pasado 19 años del bárbaro ataque terrorista en la calle Tarata de Miraflores, un episodio que conmovió al Perú y al mundo y que, más allá del horror y del dolor que ocasionó, nos dejó lecciones que debemos tener presentes en la memoria para que jamás se repita un hecho similar.

A los jóvenes que no vivieron aquella tragedia, y a quienes la han olvidado, se la recordamos: La noche del 16 de julio de 1992 terroristas de Sendero Luminoso hicieron estallar un coche bomba en el medio de la calle Tarata, situada en el corazón de Miraflores.

Por la presencia de edificios altos en ambos lados de la estrecha vía, la explosión tuvo un mayor efecto destructivo. En un segundo todo quedó en escombros, cubierto de un humo denso y una oscuridad absoluta que cedió solo cuando las lenguas de fuego brotaron de los incendios provocados por el estallido. Era el infierno en la tierra.

El costo de la barbarie fue de 25 vidas perdidas, 150 heridos y centenares de sobrevivientes condenados a pasar el resto de sus vidas cargando con el trauma de haber vivido tan doloroso trance.

De enero a julio de 1992 los terroristas habían perpetrado 37 atentados con bombas en la capital. Sin embargo, hasta ese día, la violencia terrorista no había afectado directamente a los habitantes de los sectores medios y altos de Lima, que a lo mucho habían sufrido daños colaterales causados por las bombas lanzadas contra bancos y empresas.

Los habitantes de esos barrios creían que el terrorismo amenazaba solo a las personas que vivían en el campo y en los distritos populares. Habían asumido por ello una actitud medrosa frente otros crímenes perpetrados antes de Tarata, como el asesinato de María Elena Moyano o los choches-bomba en Villa El Salvador.

Tarata los regresó de golpe y cruelmente a la realidad. La primera lección aprendida fue que el terrorismo amenazaba la vida de todos los peruanos sin excepción, y la segunda fue que todos debíamos unirnos para rechazar a Sendero, sin dejarnos paralizar por el miedo.

Dos meses después de la masacre de Tarata, el 20 de septiembre, Miraflores fue escenario de una gran marcha ciudadana sin precedentes  – convocada por los alcaldes de Miraflores y de Villa El Salvador – que unió a los limeños de toda condición social contra el terrorismo. Éste quedó aislado de la población limeña tal como antes había sido repudiado por los pueblos de la sierra; es decir, había sido derrotado estrategicamente.

Pero la principal enseñanza que jamás debemos olvidar es que las víctimas de Tarata son, por sobre todo, mártires de la libertad y de la democracia, porque sus vidas fueron segadas por fanáticos que mataron impulsados por la idea insana de capturar el poder por la fuerza para instaurar en el Perú un régimen totalitario marxista-maoísta.

En recuerdo de esos mártires, un numeroso grupo de ciudadanos se reunió el pasado sábado en la calle Tarata, para rendir su homenaje a las víctimas del terror, y para expresarles su eterna gratitud por habernos legado un país con libertad. Por cierto, no asistió ninguna de las ONG que supuestamente defienden los derechos humanos.

La oportunidad es propicia para recordar y honrar a miles de compatriotas del interior del país que también fueron martirizados por el terrorismo en decenas de matanzas olvidadas injusta e interesadamente por la historia oficial.

(*) Periodista y analista político

https://victorrobles.wordpress.com

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