A defender la democracia

 Por voluntad de un poco más de la mitad de los electores, hemos saltado al vacío y una gran angustia nos envuelve al no saber con certeza qué rumbo político y económico tomará el Perú cuando asuma el poder el presidente electo, Ollanta Humala.

En el mejor de los casos Humala honrará su juramento de aplicar los lineamientos contenidos en la llamada Hoja de Ruta, y en el peor escenario desempolvará su retrógrado Plan Uno con miras a instaurar en el Perú un régimen estatista y antidemocrático.

Frente a este panorama incierto, es deber y obligación de los demócratas tomar las previsiones del caso y prepararnos para cerrarle el paso a un eventual intento de utilizar el poder para imponernos un régimen político contrario al consagrado enla Constitución.

Los partidos políticos democráticos deben fortalecer su organización y articular acciones conjuntas, preventivas y reactivas, ante a una probable arremetida contra el orden constitucional. No debemos esperar que ésta se produzca para preparar una respuesta.

Deben profundizar la unidad que mostraron en la segunda vuelta electoral en torno a la candidatura de Keiko Fujimori, y conformar un frente de defensa de la democracia que actúe de manera coordinada, dentro y fuera del Congreso, ante cualquier intento del nuevo gobierno de vulnerar el orden constitucional y la libertad económica.

El resultado de la elección ha consagrado a Keiko como la líder natural de la oposición. Ella debe asumir este desafío empezando por convertir el movimiento electoral Fuerza 2011 en una organización política capaz de movilizar al pueblo en defensa de la democracia y de llevar el mensaje político de libertad a todas las instituciones de nuestra sociedad: gremios, universidades, círculos intelectuales, organizaciones populares, etc.

En resumen, la oposición en su conjunto tiene que unirse y prepararse para hacer una fuerte resistencia en el Parlamento, en el seno de las organizaciones sociales y en las calles, si es que el presidente electo intenta llevar a cabo su proyecto original chavista.

El primer paso en esa dirección ha sido la reconciliación que se produjo en la segunda vuelta entre el fujimorismo y otros partidos democráticos que entendieron que Keiko Fujimori encarna una etapa superior, depurada, de la fuerza política que lidera.

La lucha que se avecina deberá librarse simultáneamente en dos terrenos: en el político y social, y en el cultural e ideológico. Para defender la democracia es imperativo acabar con el monopolio sobre la cultura que ejerce hoy una pequeña élite politizada e ideologizada.

Ese grupo se ha apropiado de la historia oficial, de los contenidos educativos de las escuelas y universidades estatales, maneja los organismos públicos de promoción cultural (cine, libros, teatro, arte), y decide quienes son los artistas o intelectuales “destacados”, que siempre son ellos mismos o sus amigos. Aquellos intelectuales que defienden su independencia son ignorados y marginados en su propio país.

Ese grupo ha distorsionado los sucesos ocurridos para acomodar la historia a su interpretación política, con el fin de legitimar su versión sesgada sobre los hechos históricos, particularmente sobre la agresión terrorista que sufrió nuestra nación y sobre la realidad política en general.

Con ese propósito ha consagrado como verdades incontrastables, en la historia oficial y en todos los contenidos culturales posibles, falacias enormes que inducen a los ciudadanos a cuestionar el sistema democrático como un régimen injusto y cruel, y a entender la violencia subversiva terrorista como un hecho justo y razonable.

Es por ello que cada vez más peruanos están convencidos hoy de que “los mayores asesinos” han sido Fernando Belaúnde, Alan García y Alberto Fujimori (no Abimael Guzmán),  de que el ejército es “la mayor organización criminal” (no Sendero Luminoso), y de que “el peor violador de derechos humanos” es el sistema democrático (no los terroristas).

También están convencidos de que no hubo terrorismo, sino “insurgencia contra la injusticia”, y de que no hubo terroristas, sino “insurgentes, guerrilleros o subversivos”.

La distorsión de la historia y de la cultura a lo largo de toda la década pasada ha determinado que hoy millones de peruanos voten hoy en contra de los partidos demócratas, más allá de los errores de campaña o políticos que pudieran haber cometido Fuerza 2011 y las demás organizaciones políticas comprometidas con el sistema.

El control de la cultura le ha permitido a un grupo minúsculo imponer silenciosamente su ideología. La penetración de sus ideas en la sociedad, cubiertas con un falso discurso derecho-humanista, ha propiciado la derrota de los partidos democráticos el 5 de junio.

Si permitimos que esta situación continúe, el pensamiento intolerante y sectario seguirá ganando terreno en nuestra sociedad. Por ello es imperativo acabar con el monopolio actual de la cultura y revertir el falseamiento de la historia.

No se trata de proscribir a los integrantes de esa élite, sino de apoyar y promover a los artistas e intelectuales independientes; de abrir un debate plural en las universidades, organizaciones sociales, gremiales y populares, en todo el país, o sea, de responderle a la intolerancia y al sectarismo intelectual con más democracia y más libertad.

El desafío es hacerlo desde la sociedad y en condiciones adversas, pues el nuevo gobierno le dará al pequeño grupo un mayor control de los organismos públicos que trazan y ejecutan las políticas culturales del Estado. Será entonces una pelea dura, pero hay que librarla en defensa del sistema democrático.

Mientras tanto, cuando el país espera que Ollanta Humala cumpla su promesa de respetar el orden constitucional, el comandante desempolva su viejo plan de cambiar el capítulo económico dela Constitución, en dirección hacia una economía estatista.

Cuando el país reclama reconciliación, el primer vicepresidente electo levanta las banderas de la venganza pidiendo que el ex presidente Alberto Fujimori sea trasladado a una cárcel común de máxima seguridad, al lado de terroristas.

Cuando el país espera responsabilidad de los gobernantes electos con la economía, la segunda vicepresidente le exige al gobierno actual que detenga la caída dela Bolsa, como si la política pudiera manejar los mercados. ¿Acaso esto es lo que piensa hacer Gana Perú?

Estas son pésimas señales que hacen temer con razón que se vienen tiempos difíciles para el Perú. Ojalá que me equivoque y que Ollanta Humala renuncie a su proyecto político chavista, por el bien del Perú.

Solo nos queda esperar y observar, pero sin quedarnos con los brazos cruzados. Más bien debemos permanecer alertas y listos para defender la libertad y la democracia, en las calles si fuera necesario.

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