Candidato devaluado y violento

Es lamentable que el novelista Mario Vargas Llosa se haya corrido del reto que le ha planteado el economista Hernando de Soto para debatir el programa de gobierno del comandante Ollanta Humala, de cara al balotage electoral del 5 de junio.

Hubiese sido esclarecedor que nuestros dos intelectuales de proyección global debatieran públicamente acerca de por qué Vargas, siendo un liberal, avala un programa chavista y nos pide a los peruanos que votemos por un golpista.

La confrontación de ideas era necesaria para saber si la decisión del escritor se sustenta en hechos fácticos, y para valorarlos si existieran, pues hasta ahora solo conocemos sus reparos morales a la candidata Keiko Fujimori.

Tales reparos son respetables pero insuficientes para pretender que los peruanos arriesguemos el futuro dándole el poder a quien tiene como proyecto político restaurar el estatismo que dejó el Perú en ruinas, aislado y empobrecido en extremo.

Tras haber suscritola Hojade Ruta y el Compromiso con el Perú, Ollanta ha reafirmado que su plan de gobierno sigue vigente. Lo mismo han  afirmado Javier Diez Canseco, Félix Jiménez y Kurt Burneo.

Dicho documento es el único registrado ante el Jurado Nacional de Elecciones, el único con valor jurídico. Los otros dos tienen solo valor simbólico.

El mismo día que juró ante Vargas Llosa – unas horas antes-, Ollanta ratificó la vigencia de su programa original en un discurso ante la asamblea dela Confederación Generalde Trabajadores (CGTP) brazo sindical del Partido Comunista.

Por eso era necesario que Mario Vargas expusiera en que hechos se basa para sostener que dicho plan es democrático y respetuoso de la libertad y de la economía del libre mercado.

Al haber rehuido la discusión lanzando agravios descalificadores e injustos contra De Soto, el literato ha exhibido, una vez más, una intolerancia extrema e impropia de un intelectual serio y riguroso.

Vargas se niega a sustentar el proyecto que avala, mientras que De Soto sí lo hace y aporta además una contribución programática que lo fortalece.

Vargas descalifica a Keiko apoyándose en un pasado ajeno a ella, sin mirar hacia adelante; mientras que De Soto cuestiona al comandante de cara al futuro y a partir de un análisis factual de su programa de gobierno.

De otra parte, la intolerancia ha inducido a Vargas a sumarse a una campaña para enlodar el proceso electoral con mentiras como “plan sábana”, “prensa vendida”, “demolición de Humala”, “gobierno parcializado”, etc; que buscan crear una atmósfera psicosocial propicia para una asonada callejera o una intentona golpista.

En ese contexto se inscriben los ataques a Kenji Fujimori, la intimidación al colega Jaime de Althaus, la destrucción de tres locales de Fuerza 2011 en Villa El Salvador; y la agresión física a los reporteros José Anco y Luis Carlos Burneo, y a la propia Keiko Fujimori en Bambamarca, entre otros.

Frente a estos hechos, el comandante Ollanta se lava las manos, en vez de ordenar a sus militantes y seguidores que cesen la violencia. También se niega a responder a la prensa si respetará el resultado de las elecciones si es que pierde.

Al parecer el comandante piensa patear el tablero de la democracia y apostar por la asonada. ¿También avala esto el liberal Mario Vargas Llosa?

Por eso es imperativo que los dos candidatos se comprometan por escrito y de manera solemne a respetar al resultado de los comicios, como lo ha propuesto con acierto el colega César Campos.

Como se puede apreciar, Gana Perú tiene serios problemas en el último tramo de la campaña electoral, tan serios que podrían costarle la derrota en las urnas.

Su garante intelectual, Mario Vargas Llosa, se ha negado a sustentar su aval, con lo cual éste se ha convertido en un valor deteriorado; en tanto que el líder nacionalista avala la violencia de sus huestes, y la ejerce él mismo de palabra contra su contendora, de manera reiterada, en vez de confrontarla con propuestas.

El comandante Ollanta Humala tiene motivos de sobra para mostrarse enfadado y agresivo, como lo vemos en estos días. Es que se ha convertido en el candidato devaluado y violento de la contienda, rasgos que definen un perfil de perdedor.

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