Mario Vargas: tanto caminar para llegar al mismo lugar

           Cuando Mario Vargas Llosa recibió el Nóbel de Literatura contó que, en la intimidad de su hogar, su esposa Patricia suele decirle lo siguiente: “Mario, tu solo sirves para escribir”. Al menos en política es así.

            Para corroborarlo basta echar un vistazo a la evolución e involución del pensamiento político de nuestro laureado escritor.

            Sin proponérselo, arrastrado por la pasión y por sus fobias antes que por la razón, Vargas ha caminado en círculo durante medio siglo, para volver a andar sobre sus primeros pasos políticos, tan ajenos a libertad y a la democracia, convirtiéndose hoy en promotor del Neochavismo.

             Paradójicamente empezó a andar por aquel camino de la mano de un Humala (Isaac), y al llegar ahora al mismo punto, se ha encontrado allí con otro Humala (Ollanta), hijo de aquel viejo camarada de los años 60.

            Isaac y Mario eran estudiantes de la Universidad Mayor de San Marcos cuando se incorporaron a la “Célula Cahuide”, integrada por militantes y amigos de la Juventud Comunista, brazo juvenil del Partido Comunista Peruano (PCP).

            El joven Vargas era entonces un fervoroso izquierdista que defendía con ardor a la revolución cubana. Conservó esa línea hasta entrados los años 70’, cuando respaldó con similar fervor a la dictadura militar izquierdista de Juan Velasco Alvarado.

            En 1974, cuando aquella arrasó con la libertad de prensa expropiando los diarios y canales de televisión privados, Vargas aceptó gustoso asumir la dirección del expropiado diario Ojo (“Yo Presidente”, libro de Eiko Kawakura), pero el intento se frustró porque Velasco prefirió entregarle ese cargo a otra persona.

            A finales de los años 70 y en los 80, la fama lo llevó a codearse con el jet set intelectual de Europa, donde adoptó sucesivamente ideologías distintas. Viviendo en París se adhirió el izquierdismo sartreano, y después, residiendo en Londres, giró radicalmente hacia el liberalismo inglés.

            Como suele ocurrir con quienes cambian de un credo a otro, Vargas – siendo ya un novelista de fama mundial – se volvió un furibundo e implacable enemigo de la izquierda, y un predicador apasionado del liberalismo.

            Gozaba ya de una fama global cuando se lanzó a la arena política, en 1987, primero como líder de la resistencia ciudadana a la estatización de la banca decretada por el entonces presidente populista Alan García, y después como fundador y conductor del Movimiento Libertad.

            Su incapacidad para actuar con realismo en política quedó en evidencia en 1990, cuando aceptó crear la alianza Fredemo (Frente Democrático), con la que llevó al naciente movimiento liberal a una debacle política absurda.

Todas las condiciones estaban dadas para que Libertad llegara al poder, pero Vargas liquidó esa posibilidad al aliarse con partidos políticos que ya habían fracasado en el gobierno (Acción Popular y el Partido Popular Cristiano).

El haber sido derrotado por un desconocido (Alberto Fujimori), a despecho de su fama mundial y de la campaña millonaria que hizo, le dejó un trauma personal que no ha logrado superar y que le produce de una aversión que lo ciega ante la realidad.

Esa ceguera lo ha transformado hoy en promotor del neochavismo que se cierne como una oscura sombra sobre el futuro de nuestra democracia.

El neochavismo es esa mezcla de nacionalismo racista y socialismo duro que encarna Ollanta Humala, disfrazada calculadamente de “socialismo moderno”.

Sabemos con certeza que ese disfraz es una estratagema, porque – como dice el psicoanalista Max Silva Tuesta- es imposible que una persona radical cambie su doctrina política en dos semanas, menos aún a la edad del militar.

El propio Mario Vargas acaba de decir que Ollanta le suscita miedo e intuye que tal vez está mintiendo. A pesar de ello ha decidido saltar al vacío dándole su voto, y nos ha invitado a todos los peruanos a saltar al abismo detrás de él.

La decisión supone que al parecer Vargas está dispuesto al suicidio antes que dejar atrás el rencor que siente hacia Alberto Fujimori y que se ha extendido ahora a toda la familia de éste con argumentos que traslucen una aversión patológica.

Digo al parecer porque él no perdería nada con aquel “suicidio”, pues si acaso  Ollanta ganara y se confirmara lo que Vargas teme, éste reside Madrid, donde no sufriría las políticas del régimen neochavista que nos quiere endosar.

¿Es justo culpar a Keiko Fujimori de los errores políticos que cometió su padre cuando ella tenía solo 16 años? ¿Es coherente invocar la defensa de la democracia apoyando a un militar golpista comprobado y reincidente? ¿Es lógico afirmar que Keiko es contraria al sistema cuando su programa de gobierno garantiza la continuidad del modelo de desarrollo y de la democracia? ¿Se puede considerar demócrata al jefe de un partido manejado por velasquistas y comunistas que tienen un plan de gobierno enemigo de la libertad económica?

Dice el novelista que si Ollanta le fallara se pasaría a la oposición. Seguro, pero cuando Mario empiece a dar por Europa sus conferencias de arrepentimiento tardío, ya nada podría impedir que nuestra democracia y nuestra economía sean demolidas y arrasadas por el neochavismo, a punta de derroche populista.

Tal como ocurrió con Chávez, nadie podría mover al comandante del gobierno porque, por culpa de la irresponsabilidad política de Vargas y de otros intolerantes, Ollanta habría accedido al poder legítimamente, a través de las urnas.

Perderíamos entonces todo lo que hemos avanzado en 21 años. Pero sobre todo perderíamos la posibilidad de elegir a nuestros gobernantes cada cinco años, de tener una prensa libre, de vivir en plena libertad.

Es paradójico. Mario Vargas Llosa, que detesta tanto a Gabriel García Márquez, está escribiendo una obra idéntica a otra famosa del colombiano: “Crónica de una muerte anunciada”. Solo que esta vez la víctima sería nuestra democracia.

¿Dejaremos los demócratas que termine de escribir tan espantosa historia?

Se lo responderemos en las urnas, el 5 de junio próximo.

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