Cuidado con desarticular la Defensa Nacional

En la última cumbre presidencial América Latina – Unión Europea, los jefes de estado asistentes deben haberse sonreído piadosamente al escuchar al presidente Alan García predicar un pacifismo a ciegas siendo gobernante de una nación.

García insistió en su discurso conocido, y tan ajeno a la realidad peruana, sosteniendo que “los pueblos que luchan por abrirse un camino hacia el desarrollo deberían también comprometerse a limitar sus compras de armas”.

Nuestro presidente, al igual que sus dos antecesores, no comprende que es imposible construir desarrollo sin paz interna y externa, y que ésta solo puede ser preservada estando preparados para repeler cualquier agresión contra nuestra seguridad nacional o nuestra democracia.

Es más, la Constitución de la República, que define el rol de las fuerzas armadas, obliga al Estado a tener aquellas siempre listas para afrontar cualquier contingencia. Le recuerdo al presidente que nuestro país posee grandes riquezas naturales y seis fronteras por las que antes ya se llevaron partes de nuestro territorio.

Los enemigos de la paz se arman hasta los dientes, esperarlos desarmados es ingenuidad absoluta, pues solo les facilitará la tarea de desmembrarnos o dejarnos sin libertad y sin democracia. En defensa nacional no se puede ser ingenuo.

Por esa razón los países de Europa, que conforman una comunidad de naciones, tienen moneda y pasaporte común, y una fuerza militar conjunta  (OTAN) invierten tanto en tener ejércitos poderosos.

Los estados europeos, Estados Unidos o Brasil, por mencionar solo tres ejemplos, tienen fuerzas armadas poderosas porque la historia nos enseña que para conservar la paz hay que estar siempre listos para la guerra, lo cual quiere decir para defenderse y también para atacar cuando sea necesario.

En cualquier momento puede aparecer, en algún lugar del mundo, un desquiciado dispuesto a encender la chispa de la guerra. Este peligro ha estado siempre presente siempre porque así es la naturaleza humana, y no va ha cambiar solo porque el presidente García lo desee.

El presidente nos ha dado a entender que no es necesario comprar más armas porque está “descongelando” las relaciones con Chile y tiene una excelente relación con el presidente chileno, Sebastián Piñera.

Tal vez Piñera sea un auténtico hombre de paz, pero quien sabe si en los próximos cinco, diez ó 15 años podría llegar al gobierno de Chile una persona enemiga del Perú o dispuesta a apropiarse de nuestras riquezas naturales. De eso se trata, de prevenir cualquier contingencia futura.

Una pregunta al presidente ¿Qué va a pasar si la Corte de la Haya falla a favor del Perú? ¿Cree que Chile lo acatará, o hará prevalecer el emblema de su escudo nacional: “por la razón o la fuerza”? Tal vez sí, no lo sabemos, pero sí sabemos que está armado de sobra y tiene hoy el dominio aéreo y marítimo del Pacífico Sur.

Por último ¿qué vamos a desarmarnos si ni siquiera tenemos armamento? ¿Acaso el presidente piensa cancelar el programa de renovación del equipamiento básico de nuestras fuerzas armadas? Sería dejar al país a merced de cualquier contingencia internacional, una irresponsabilidad enorme.

Lo penoso es que el actual presidente ya tiene una experiencia de gobierno de nueve años, y todavía no comprende lo que es la defensa nacional. Vuelve a repetir errores graves de su anterior gestión, en la que nos dejó sin defensa aérea al vender los aviones Mirage.

A fines de 1988, cuando la Secretaría de Defensa Nacional le presentó una directiva de hipótesis de conflicto con Ecuador, García no la firmó alegando que ello era imposible, “porque el presidente Rodrigo Borja es mi amigo”. Poco tiempo después empezó la infiltración militar ecuatoriana en la Amazonía, que provocó enfrentamientos de patrullas entre 1991 y 1994, y finalmente la guerra del Cenepa, en 1995.

Un estadista sabe que las políticas nacionales, en particular las de Defensa, deben proyectarse a largo plazo, y se siente responsable de hacerlas cumplir aunque tengan un costo político. El caudillo simple, en cambio, tiene como horizonte máximo las próximas elecciones, y pone su popularidad por encima de los intereses del estado.

Es preocupante por ello que el secretario técnico de la Comisión de Alto Nivel encargada de definir la nueva escala de remuneraciones y pensiones de las fuerzas armadas y la policía, Ricardo Herrera, haya declarado que su grupo reestructurará pronto los institutos militares y la fuerza policial.

Si el presidente de la república entiende poco los asuntos de la defensa nacional, y tampoco le interesan mucho, debemos imaginar qué clase de reestructuración se nos podría venir. Da miedo de solo recordar la reforma policial que en 1986 engendró el actual adefesio de policía.

Ese mismo año, cuando García disolvió los ministerios de las fuerzas armadas y creó el de Defensa, quien manejó esa reforma tras bambalinas, sin tener ningún cargo, o sea ninguna responsabilidad, fue el general retirado Gastón Ibáñez O’Brien. ¿Se repetirá ahora una historia parecida?

No dudo de la honestidad del ministro de Defensa, Rafael Rey, estoy seguro de que él jamás haría una reforma sin la seriedad del caso. Temo sin embargo que la reestructuración esté siendo cocinada a sus espaldas, en la Presidencia del Consejo de Ministros, de la que depende el señor Herrera.

¿Está la mano del Instituto de Defensa Legal (IDL) moviéndose en la PCM para aplicar su conocido plan de eliminar las comandancias generales y reducir al mínimo las FFAA aplicando la vieja receta de Costa Rica? El titular de la PCM, Javier Velásquez Quesquén, debe saberlo.

Ya bastante ha retrocedido nuestra Defensa en la última década al haber sido manejada por diplomáticos que la entienden como un tema subordinado a la política exterior, cuando es un sector totalmente distinto. El resultado habla por sí solo: Capacidades militares reducidas a casi cero.

Mientras tanto, una bomba de tiempo está a punto de estallar en las filas castrenses, activada por el malestar que suscita la indiferencia del presidente frente a los males que padecen las FFAA y la PNP, en particular los magros sueldos y pensiones.

Un grupo cada vez más numeroso de militares está promoviendo realizar el 7 de julio próximo una romería a la cripta que guarda los restos de los militares y policías muertos en la revolución aprista de 1932, en Trujillo, lo cual supone reabrir una vieja aversión entre las FFAA y el Apra.

Este acto constituye una reacción desesperada ante la postergación injusta de la reestructuración de los sueldos y pensiones. Es comprensible pero no se justifica porque un gesto así despertará viejos fantasmas que tanto daño le ha hecho al país durante décadas, y no conducirá a nada bueno.

Es verdad que el presidente es insensible ante a la postración en que viven los militares y policías, indolente ante la persecución a quienes lucharon contra el terrorismo, y más bien complaciente y generoso con los persecutores, pero aún así el Perú no debe retroceder a una era de discordia nacional.

La desconfianza hacia García se explica porque en 1990, seis días antes de dejar el poder, firmó un decreto que homologa los sueldos de los militares sabiendo que sería imposible ejecutarlo ya que el nuevo gobierno no tendría recursos económicos para hacerlo. Le dejó una “bomba de tiempo”.

El presidente debe reflexionar sobre su actitud con las FFAA, dejar atrás sus rencores hacia aquellas, y enmendar su conducta dándole una solución definitiva a las injustas remuneraciones de nuestros militares y policías.

Lo peor que podría ocurrir en medio de la atmósfera de ira que viene apoderándose de los cuarteles y comisarías es que se postergue de nuevo, hasta el próximo gobierno, el esperado aumento de sueldos y pensiones.

Pero no menos pernicioso para el país sería que el Ejecutivo se aproveche de la posible aprobación de nuevas remuneraciones y pensiones para meter de contrabando una norma arbitraria e inconsulta que altere las estructuras actuales de las FFAA y la PNP.

Si este gobierno no ha sido capaz de fijar políticas ni objetivos para la Defensa Nacional en cuatro años, poco o nada bueno podemos esperar de una reestructuración de las FFAA y PNP hecha por aquel, más aún si ese cambio se cocina bajo siete llaves y con una visión antimilitar de izquierda.

Por el bien de la democracia, y por la seguridad de nuestra nación, no jueguen con fuego, sean transparentes y responsables señores del gobierno.

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