Navidad en el VRAE

En la Nochebuena, mientras la mayoría de los peruanos celebrábamos el advenimiento de la Navidad en unión familiar y en el calor del hogar, muy lejos de nosotros, un grupo de compatriotas estuvo cuidándonos a la distancia, velando nuestra tranquilidad, allá en los recónditos y oscuros parajes del Valle Apurimac-Ene.

Durante la medianoche, en el VRAE el frío arrecia, cala los huesos del más recio. Y si llueve, como suele ocurrir seguido por estos días, hay que resistir el agua y la helada.

Con frío y con miedo, también a veces con sed y con hambre; ellos pasaron la Nochebuena protegiéndonos, cumpliendo su misión, echando sobre sus espaldas el temor y la incertidumbre de no saber si regresarán vivos a sus hogares, a ver de nuevo a sus padres, esposas, hijos, hermanos.

Así recibieron la Natividad nuestros soldados en el VRAE, pensando seguro en sus seres queridos distantes, reemplazando el cariño familiar por la fraternidad del camarada de armas, del compañero de jornadas duras al que tal vez ya no verán con vida en unos pocos días.

La Navidad para ellos ha sido un rancho extra, de pronto una chispa de pequeña alegría si es que alguien consiguió una sola lata de cerveza.

Los más afortunados se quedaron en las bases principales y pudieron hacer una llamada telefónica a sus familiares, para abrazarlos imaginariamente.

Otros, en cambio, lo hicieron cumpliendo su misión de patrullar, cobijados bajo una carpa o en una choza misérrima, sin poder encender una luz para no llamar la atención del enemigo. Allí de seguro se han abrazado y han recordado juntos a sus seres queridos.

Lo más probable es que hayan conversado, en voz muy baja, sobre las navidades que pasaron en casa, sobre las mesas y los regalos que compartieron en aquellas reuniones, y sobre anécdotas navideñas sensibles o jocosas. Algunos, por qué no, habrán dejado escapar alguna lágrima, doblegados por la nostalgia.

La Navidad ha sido para ellos un breve alto en la lucha, una tregua muy corta, en la dura y riesgosa tarea de enfrentar a terroristas casi fantasmales que están siempre al acecho, prestos para arrancarles la vidas de la manera más cruel y despiadada posible.

Para ellos, nuestra gratitud eterna por el sacrificio cotidiano que hacen para protegernos de quienes predican y ejercen el odio y la muerte.

En estos días tan sensibles para la fibra humana, les rindo mi homenaje de ciudadano sencillo, y les digo que somos más los que estamos con ustedes, los comprendemos y les damos nuestro afecto de hermanos.

Un abrazo fraterno para todos y cada uno de ustedes. Y gracias, infinitas gracias por darnos paz y por proteger la libertad de nuestras familias.

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