El viejo fantasma “chileno” pena otra vez en el Perú

El presidente Alan García, igual como lo hizo su antecesor Alejandro Toledo, ha “chilenizado” la política exterior peruana, la agenda política del país y el debate nacional, y todos hemos caído en su juego aún sabiendo que éste es tan antiguo y recurrente entre los políticos peruanos.

Aún están frescos en nuestra memoria los constantes desencuentros con el vecino del sur que montó Alejandro Toledo para levantar su deteriorada imagen y distraer la atención de la opinión pública, alejándola del debate de los verdaderos problemas del país.

Toledo llevó como su asesor personal en Palacio de Gobierno al ciudadano chileno Esteban Silva, a quien solía presentar al principio como símbolo de una nueva era de amistad con Chile y también como una suerte de imán para atraer mayores inversiones chilenas al Perú.

Pero cuando, por sus propios excesos e inconductas, Toledo vio que su gestión hacía agua y su imagen se desmoronaba, puso a Silva bajo la sombra e hizo suya, a todo trapo, la bandera del antichilenismo, como recurso desesperado para recuperar popularidad.

Esa actitud también le sirvió como “cortina de humo” para ocultar su desinterés en resolver los problemas más álgidos del país, los cuales dejó, cual bombas de tiempo, a la actual administración aprista: inoperancia del aparato estatal, crecimiento de la burocracia, crisis de representación política, excarcelación de miles de terroristas, el VRAE, abandono de la defensa nacional, etc., etc., etc.

En mi opinión, el presidente Alan García ha optado por aplicar la misma vieja receta de levantar al “cuco” chileno para ocultar su decisión de eludir el problema de fondo del país: la inoperancia e incapacidad de su gobierno para encarar y solucionar los problemas principales que frenan el desarrollo y generan malestar social. Tal como lo hizo Toledo, él también parece satisfecho con que el avión llamado Perú siga volando con “piloto automático”.

Veamos por partes. ¿A qué gobierno medianamente sensato se le ocurre abrir un contencioso fronterizo con un país vecino fuertemente apertrechado sin tener la más mínima capacidad militar que le permita sustentar su posición en los terrenos diplomático y jurídico?

Si hemos convivido con Chile tantos años con la frontera marítima actual, ¿qué necesidad había de abrir un diferendo limítrofe ahora que el Perú no está en condiciones de negociar o, peor aún, de enfrentar una eventual crisis militar con el vecino del sur?

El gobierno ha planteado el contencioso con Chile, pero a la vez se niega a dar fondos suficientes para mejorar el equipamiento de nuestras fuerzas armadas. Y los caudillos regionales, incapaces de gastar los recursos que atesoran, tampoco quieren destinar parte de ese dinero a fortalecer la defensa del país. ¿Son peruanos o qué?

En el seminario sobre defensa nacional realizado esta semana por el Instituto Paz, Democracia y Desarrollo (Ipades), con presencia del presidente interino Luis Giampietri, congresistas, ex ministros y expertos en la materia, quedó claro que los fondos destinados por el Ejecutivo para las fuerzas armadas apenas alcanzan para comprar algún material nuevo, pero no para mantener el ya bastante desgastado material actual, y menos para entrenar y capacitar a nuestros militares.

Como bien dijo el teniente general FAP ® Arnaldo Velarde Ramírez, presidente de Adogen, “una cosa es tener un avión caza bombardero, y otra muy distinta es estar en capacidad de hacerlo volar y, más aún, en capacidad de que entre en combate”. Así estamos, pero nuestro gobierno maneja el diferendo con Chile con la misma sutiliza que un elefante suelto en una cristalería.

Y encima de que no tenemos “ni balas”, el señor presidente García inicia una campaña política regional destinada a promover un acuerdo de desarme entre los países sudamericanos.

Como bien dijo Ántero Flores Aráoz en el seminario de Ipades, esa iniciativa no tiene pies ni cabeza, es inviable, está condenada al fracaso, porque los demás países de la región jamás van a renunciar a sus planes de comprar armamento, dadas las circunstancias políticas actuales.

Colombia está obligada a armarse frente a la amenaza de guerra que acaba de lanzarle Hugo Chávez, quien a su vez está armándose hasta los dientes y, de paso, también le está dando armas a Bolivia, mientras que Brasil ya decidió comprar un portaviones y sigue inmutable su espectacular programa de adquisiciones militares.

Chile, ni hablar. En los últimos cuatro años ha gastado más de 2500 millones de dólares en  armas y acaba de destinar otros 665 millones más para comprarse misiles de alta precisión en los Estados Unidos.

Pero ¿de qué desarme habla el señor presidente García? ¡El Perú ya está desarmado desde hace tiempo, es imposible estar más inermes que hoy, por favor!

Y como dijo Ántero en el seminario: si Chile dijera: “acepto, firmemos el pacto, a partir de ese momento nadie compra más armas”, esto supondría que el Perú se quedaría con su material obsoleto, mientras que el país del sur ya compró modernas y abundantes armas de guerra. ¿A quién le conviene entonces un desarme ahora?

Lo único que han conseguido las  misiones enviadas por el gobierno a los países de la región para promover el desarme han sido declaraciones líricas de “simpatía” hacia la iniciativa, sólo eso.

Por último, ¿qué necesidad hubo de hacer pública la captura del traidor de la FAP que estaba espiando para los militares chilenos? ¿Era conveniente hacerlo en momentos en que al Perú le conviene aliviar las tensiones con Chile y evitar un escalamiento peligroso del clima bélico?

Al publicitarse el hecho se ha echado más leña al fuego, se ha atizado la tensión y se han crispado las relaciones con el vecino del sur. Los militaristas chilenos enemigos del Perú deben estar felices pensando que cada vez estamos más cerca de un conflicto armado.

Comparto por ello, plenamente, las palabras del Cardenal Juan Luis Cipriani sobre el manejo político de la crisis con Chile: “(…) lo que se ve ahora es poca transparencia, tenemos que serenar los ánimos (…) y no manejar las relaciones como si fueran agenda de los partidos políticos o de los medios de comunicación”.

Lamentablemente, el problema se ha complicado. Nuestro embajador en Santiago ha sido convocado a Lima de urgencia, el presidente García ha plantado a la presidenta chilena en la cumbre de la APEC en Singapur, se ha cancelado el viaje que tenía planeado realizar a Chile una misión ministerial peruana, y el Canciller ha considerado el espionaje descubierto una ofensa del gobierno chileno contra el Perú.

Todo esto contribuye a profundizar la crisis con el vecino del sur en circunstancias en que nuestro país no tiene capacidad para defenderse, pero ha sido inevitable dar tales pasos en vista de que el caso había salido al público y este hecho lo convirtió automáticamente en una crisis diplomática. No nos ha quedado más remedio que apoyar aquí la posición del gobierno.

El gobierno chileno ha dicho que es ajeno al espionaje descubierto. Yo no le creo, pero creo que lo mejor era tomarle la palabra en vez de atizar el fuego. Por lo demás, todos sabemos que siempre han existido problemas de espionaje entre los dos países, de manera que tampoco estamos ante un hecho que deba sorprendernos.

De otra parte, por la forma en que se ha manejado el caso, parece que el gobierno ha optado por renunciar a la prudencia política que aconseja el interés del país, y por convertir el hecho en un insumo abundante para crónicas policiales.

La información confidencial que manejó el espía Víctor Ariza Mendoza es divulgada alegremente en los diarios, junto con la forma en que actuaron los sistemas de inteligencia para capturarlo, todo de manera detallada, para que los países vecinos se enteren como opera el contraespionaje peruano. Fantástico.

Y la prensa, con tal de tener la primicia y de vender, no le importa ventilar en público los asuntos de seguridad nacional, ni reflexiona sobre la inconveniencia de atizar el ambiente beligerante.

Se ha desatado el chauvinismo por doquier, principalmente en la extrema izquierda, que ve chilenos hasta en la sopa cuando les conviene, porque cuando ellos están en el poder son “hermanos de Neruda” y “latinoamericanistas” a ultranza.

Son patéticas las barbaridades que escriben. Solo les falta decir que las fuerzas especiales chilenas saldrán de los almacenes de Saga Falabella, que los tanques sureños aparecerán desde los sótanos de Ripley, que los agentes portuarios peruanos que operan con capital chileno hundirán nuestra armada, y que los aviones de LAN se convertirán en F-16 en la rampa del “Jorge Chávez”.

No lo hacen por patriotismo, ni por convicción. Lo hacen por cálculo político, porque para ellos cualquier argumento, como el de “pro chileno”, es bueno para deslegitimar a los gobiernos que practican la economía de mercado y la democracia. ¡Ellos, que se venden por petrodólares y que pretenden poner al Perú bajo la férula de Hugo Chávez, pretenden mostrarse ahora como fervorosos patriotas!

Es deber de un buen gobierno salvar al país de la catástrofe de la guerra aplicando una diplomacia eficiente, pero sobre todo dotando a su defensa nacional de los equipos que necesita para mantenerse fuerte y disuasiva. Lamentablemente, el gobierno no hace ni una ni otra cosa.

Yo no creo tanto en la “amenaza chilena” porque cuando hemos estado en la postración absoluta, Chile no nos atacó teniendo una superioridad militar aplastante para hacerlo. Pero tampoco soy ingenuo y no puedo ignorar que el contencioso en La Haya puede ser utilizado por los sectores anti peruanos en Chile como pretexto para agredirnos militarmente.

Debemos armarnos, claro que sí, porque además del contencioso con Chile, y porque enfrentamos la amenaza chavista que azuza a Bolivia, pero principalmente porque necesitamos tener unas fuerzas armadas fuertes en función de nuestros objetivos nacionales, es decir en la perspectiva de proteger el gran puerto del Pacífico Sur que será el Perú, y de proyectarnos como país líder de este lado de Sudamérica, y como nexo con nuestros vecinos del lado del Atlántico.

Es muy fácil empujar a la guerra cuando se sabe que los hijos de uno no van a combatir al ejército chileno, y que al final la “carne de cañón” son nuestros militares vilipendiados hoy y los hijos de los pobres. Son éstos los que irán a morir en el frente de batalla, mientras que los “patriotas vehementes” de escritorio permanecerán a buen recaudo, lejos, tras la retaguardia, atizando el conflicto.

¿Quién gana en una guerra hoy en día? Nadie gana, pero pierde mucho más el que se aventura a ella sin tener las armas mínimas que necesita para defenderse, porque además de sufrir la humillación y el trauma de la derrota, verá como la economía de su país se derrumba diezmada por las bombas. ¿Es esto lo que queremos?

Tanto esfuerzo de nuestro pueblo, tantos sacrificios hemos hecho en los últimos 19 años para poder sacar al país del fondo del abismo, para levantarlo de los escombros, tanto para que ahora un grupo de políticos irresponsables pretenda empujarnos a una guerra absurda en la que solo nos espera algo seguro: la derrota y la bancarrota.

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