La otra reconciliación necesaria

 

¿Enemiga del sistema democrático?

¿Enemiga del sistema democrático?

Con el respeto que se merece, Mario Vargas Llosa no es, en mi modesta opinión, un referente político válido para analizar la realidad peruana, porque todos saben que es víctima de pasiones que lo ciegan de una manera extrema.

El hecho de que la izquierda odie a Alberto Fujimori es suficiente para que el escritor asuma y proclame que aquella es democrática, cuando todos saben que se opuso al fujimorismo solo porque éste estableció la economía de mercado, liquidó el estatismo mercantilista y acabó con el terrorismo.

 

Ha olvidado que Fujimori fue ungido en el poder con el voto de la izquierda, que ésta le prestó a varios ministros, como Carlos Amat, Gloria Helfer y Fernando Sánchez, y que muchos otros izquierdistas ejercieron cargos públicos.

El rencor le impide ver que sus socios izquierdistas sabotean hoy la inversión privada con la coartada de defender el medio ambiente, y que lo utilizan a él como “mascarón de proa” para imponer la visión sesgada del informe de la ex Comisión de la Verdad en el futuro Museo de la Memoria.

Son estas mismas fobias las que lo han llevado a sostener ahora que el fujimorismo y el humalismo comparten el mismo espacio político de enemigos del sistema democrático.

Basta un mínimo de realismo político en el análisis para darse cuenta que tal afirmación carece de un fundamento sólido que la sustente. Lo que el escritor no comprende es que en política, y en la vida en general, no todo es blanco o negro.

 

¿Anti sistema?

Es cierto que Fujimori ejerció el poder con un estilo autoritario y demostró poco apego a las formas democráticas; o que la mayoría oficialista convirtió al Congreso en una especie de “mesa de partes” del Ejecutivo, como bien dice el destacado analista Juan Paredes Castro.

No menos real es que Vladimiro Montesinos montó y manejó una gran red de corrupción que atravesó el estado, que Hermoza Ríos y su grupo cobraron millonarias comisiones ilegales, y que los excesos autoritarios socavaron los cimientos de importantes instituciones. Un enorme pasivo político, sin duda.

Pero igualmente cierto es que el marco constitucional actual, y la nueva institucionalidad democrática que ha nacido de él, fueron concebidos durante el primer gobierno fujimorista (1993).

Las nuevas instituciones que han contribuido a fortalecer el sistema político, como el Referendum, la Defensoría del Pueblo, el Consejo Nacional de la Magistratura o el Congreso Unicameral, nacieron con la Constitución de 1993, igual como nacieron otras que han contribuido decisivamente al progreso económico del país, como la SUNAT, el Sistema Privado de Pensiones, Aduanas, SUNARP, etc.

Y si hacemos historia, veremos que el uso del Legislativo como “mesa de partes” del gobierno de turno no lo inventaron los fujimoristas; éstos imitaron a los dos gobiernos anteriores, de Acción Popular-PPC y el APRA, que también ejercieron esa práctica al tener mayoría absoluta en el Parlamento.

 

Incoherencia

Pretender que el fujimorismo y el humalismo comparten el mismo espacio antisistema es incoherente a la luz de los hechos políticos recientes, en particular los que hemos podido apreciar en el Congreso de la República.

El APRA y Unidad Nacional pueden dar fe, mejor que nadie, que en los últimos años cada vez que la gobernabilidad fue puesta en vilo por la acción del humalismo en el Congreso, el fujimorismo no se ha prestado a ese juego, sino todo lo contrario, ha cumplido un papel crucial para proteger el sistema político.

El voto fujimorista ha sido decisivo, por ejemplo, para rechazar los intentos de censura injustificados que promovió Humala a poco de iniciada la administración aprista, para ratificar el TLC con Estados Unidos, para darle al gobierno facultades legislativas que le permitan implementar ese tratado, para acabar con la acefalía de la Contraloría General de la República, etc, etc.

Mientras el partido de Humala agita en el Parlamento contra el sistema democrático y la economía del mercado, el fujimorismo se le ha enfrenta siempre en defensa del sistema, tal como lo hizo cuando condujo la investigación de las actividades desestabilizadoras de las Casa del Alba.

Existe un abismo de diferencias políticas entre los fujimoristas y los humalistas que Mario Vargas Llosa no puede ver ya sabemos por qué.

 

Simplismo

Lo que debemos preguntarnos todos es ¿qué ha pasado para que, a pesar del pasivo político que arrastra el fujimorismo, una gran parte del pueblo siga creyendo en él; para que se mantenga como una fuerza política que aglutina al menos a un tercio duro del electorado?

Las cifras y los hechos no mienten: es tan popular como el APRA y más rico que Unidad Nacional en cuadros de gobierno, por eso me parece un grave error que las fuerzas democráticas empujen al fujimorismo hacia el bando antisistema solamente por cálculos electorales o revanchismos partidistas.

Es simplista y miope decir que los ciudadanos que apoyan al fujimorismo no creen en la democracia o, peor aún, están contra ella. Es la misma soberbia que le hace decir a Vargas Llosa algo así como “este pueblo ignorante no me merece”.

La gobernabilidad y la consolidación del sistema político y el modelo de desarrollo demandan una concertación entre las fuerzas políticas comprometidas con la democracia y el libre mercado, y una de estas es el fujimorismo.

Ya es hora que todas esas fuerzas se sienten en una mesa y fijen un acuerdo político de continuidad democrática y económica, dejando atrás las venganzas, los rencores, las persecuciones, los complejos de Adán y las desconfianzas mutuas.

Por cierto, ese entendimiento debe basarse en el compromiso de renunciar al autoritarismo y de respetar el equilibrio de poderes, porque la historia no miente: tales prácticas no son monopolio de Fujimori, hoy mismo las vemos vivas, en mayor o menor grado, pero vivas, en la administración de justicia.

El país necesita una reconciliación nacional política para estabilizarse, de lo contrario seguiremos viviendo en la incertidumbre cada cinco años, ante la amenaza constante de una posible victoria electoral izquierdista.

A riesgo de que me tilden de iluso o loco, allí queda mi propuesta. Las ideas nacen así, pequeñas, incomprendidas, ridiculizadas, pero cuando prenden, ya nada ni nadie las detiene.

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