“Enfrenté al terrorismo con las armas de la paz”

 

 

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TEXTO COMPLETO DEL ALEGATO FINAL DE ALBERTO FUJIMORI 

“Concluido el juicio que se me sigue, transcurrido más de un año y tres meses, más de 150 audiencias y cerca de 90 testigos y 500 documentos que se han presentado en esta Sala, quiero reiterar lo que sostuve desde el inicio siempre basado en la tranquilidad de mi conciencia, pero esta vez fortalecido porque ninguno de estos testigos o de estas pruebas han podido incriminarme o culparme. Las palabras y los silencios de los testigos que han desfilado por esta Sala han reiterado lo que siempre manifesté: nadie ha podido aportar ni una sola prueba que me condene y no lo han podido hacer porque simplemente no existen, porque, como lo dije desde un inicio, soy inocente.

 

“Y es que la verdad, como el sol, no puede ser ocultada con un dedo y menos por un dedo acusador, que es el mismo que me señaló como culpable de todo sin el menor respeto por la presunción de mi inocencia y queriendo presentar como pruebas lo que no pasaba de conjeturas o de inferencias sin el más mínimo sustento técnico y lógico.

 

“Estoy tranquilo porque sé de mi inocencia y porque sé que cuento con el respaldo mayoritario del pueblo a mi gestión. Ese pueblo por el que goberné incansablemente durante diez largos años, en los que pude devolverle la paz y encaminar su desarrollo, recuperar la estabilidad y la esperanza, así como iniciar la inclusión de los sectores más pobres y olvidados de nuestra nación.

 

“Pero, sobre todo, estoy sereno porque se me acusa por un tema en el que, estoy convencido, la historia me terminará reconociendo porque el pueblo hace mucho tiempo lo hizo al reconocerme como el presidente que les devolvió la paz y la estabilidad, como el presidente que, en base a su determinación, les hizo vislumbrar que, tras la noche más oscura podía haber un amanecer de futuro y de esperanza.

 

“Señores, más allá de este juicio y su sentencia, cuando las aguas hayan vuelto a su nivel y el Perú esté depurado de pasiones, nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos, tarde o temprano, conocerán lo que pasó, estudiarán los sucesos que fueron parte de la historia del Perú.

 

“¿Qué nombre leerán en sus libros de texto cuando estudien el capítulo de la paz? ¿Qué nombre leerán cuando estudien la derrota de ese fenómeno nuevo y sin precedentes que azotó el Perú, como fue el terrorismo? ¿A quién nombraran sus libros cuando se relate el capítulo de la firma de la paz definitiva con el Ecuador? ¿O el exitoso rescate de los rehenes del MRTA en la casa del embajador del Japón?

 

“Más allá de este juicio y su sentencia, no me cabe duda de que en ese momento todos los peruanos podrán leer el nombre al que durante tantos años desaparecieron, el nombre que ocultaron y silenciaron aún en la conmemoración de sus propios logros.

 

“Permítanme decirlo. Ese nombre será el de Alberto Fujimori. Y aunque en ese momento no esté presente, sé que mi legado permanecerá. Y lo hará no sólo a través de mi obra física, sino a través del legado de paz y desarrollo, de justicia e inclusión, un legado para el presente y el futuro que, no tengo duda, continuará mi hija Keiko, y por el que seguirá luchando mi hijo Kenji.

 

“He estado aquí sentado durante más de un año. El único presidente procesado por la justicia de su país sentado en el banquillo de los acusados por la política que siguió. Política que, como todos los peruanos saben, fue de pacificación.

 

“Toda una paradoja, pero también todo un reto para la justicia peruana y para este supremo tribunal, que con su sentencia también, inexorablemente, se someterá al juicio de la historia.

 

“Es la primera vez que se juzga a un gobernante por su política de Estado, una política que, aún hoy, después de una campaña que considero feroz, llena de mentiras, agravios y desinformación contra mi persona, hoy es reconocida como la que permitió la victoria sobre el terror, como la que aplicó el que consideran hoy el mejor gobierno, la política que tirios y troyanos reconocen como la que devolvió la paz y la estabilidad perdida, la política de pacificación que fue una sóla, sistemática y constante, no la excepción o la desobediencia a esa política.

 

“Dicen que para juzgar a alguien es preciso haber estado en sus zapatos. Nadie estuvo en los míos. Nadie supo lo que fue asumir la Presidencia y gobernar en la etapa más compleja y difícil, la más grave que el Perú haya vivido, en momentos en que el futuro de la Nación se veía borroso.

 

“Señor Presidente, en esos años yo estuve en el infierno que instaló el terrorismo entres cuartas partes del Perú. Tuve que gobernar desde el infierno, no desde Palacio, sino desde ese infierno que quienes me acusan no vivieron como yo lo viví. Sólo espero que quienes me sentencien traten por un momento de imaginar aquel infierno y no pretendan civilizarlo desde la distancia.

 

“Como tantos han sido generales después de la batalla, en el escenario del Perú de hoy, ya pacificado y encaminado sobre sólidas bases, sería muy difícil comprender las acciones y las reacciones que se dieron en esos tiempos de tinieblas y desesperanza, en esos tiempos de atentados y horrores cotidianos en los que el Perú como nación, como Estado, estuvieron en peligro de muerte, al igual que 26 millones de peruanos y peruanas, seres únicos e indefensos, como los cerca de cincuenta mil niños que murieron, y cuyos nombres y reseñas sería imposible pronunciar.

 

“Un escenario sin precedentes en la historia del Perú, un escenario que, sin embargo, yo no inventé, sino que heredé con toda su crudeza, un escenario que enfrenté y no eludí.

 

“Por hacerlo, por encararlo como no lo hicieron los gobernantes que me precedieron, por asumir ese gravísimo problema social y económico, por enfrentarlo con todos sus riesgos, por eso es que Fujimori está siendo juzgado, por eso es que estoy sentado en el banquillo de los acusados enfrentando cargos de homicidio calificado, de establecer una política de guerra sucia, de violaciones de los derechos humanos.

 

“Señor Presidente: sin embargo, prefiero estar aquí que estar en escenarios más cómodos, pero cargando en mi conciencia con el peso de haber permanecido impasible, cruzado de brazos ante el reto que el destino me deparaba.

 

“Yo sí lo encaré. Alberto Fujimori sí enfrentó ese reto que toda una nación esperaba fuera resuelto. Yo no le di la espalda, ni me lavé las manos. Quién sabe si haber asumido esa posición, la más cómoda, me hubiera evitado el estar aquí. Hubiera bastado seguir la ruta de gobiernos anteriores, pasar la papa caliente a otros y actuar como un presidente tradicional y políticamente correcto. Pero, como siempre, yo no elegí el camino más fácil. No fue para rehuir los retos y los problemas que decidí ingresar a la política.

 

“He pasado aquí 15 meses, más tiempo del que me llevó revertir la peor hiperinflación que vivió el Perú, más tiempo del que me llevó corregir la estrategia represiva y de tierra arrasada por una estrategia de pacificación y cercanía al pueblo que hizo posible la victoria sobre el terrorismo.

 

“He estado aquí, y nuevamente enfrentando como un reto, lo que asumí conscientemente: la injusticia de mi reclusión, así como algunos problemas de salud. Pero es este reto, el del Perú y mi reencuentro con él, lo que me motiva y me da fuerza.

 

“Me precio de ser un hombre de retos y de soluciones. Y siempre supe que, al momento de tomar la decisión de retornar de mi exilio, tendría que pasar momentos difíciles, tendría que cruzar un túnel oscuro, pero al final del cual encontraría el camino de mi definitiva reivindicación con el pueblo.

 

“Sé que fue una decisión que nadie imaginó, que ninguno de mis acusadores imaginó. Aquellos que repetían que quien habla se había refugiado en la comodidad y los supuestos lujos que tenía en el Japón, que Fujimori jamás cumpliría su promesa de volver.

 

“Aquí estoy. Jamás se me cruzó por la cabeza desvincularme del Perú. Por ello, para sorpresa de mis acusadores, de mis enemigos políticos, tomé la decisión de volver recalando primero en Santiago de Chile, no por causa del azar, sino a partir de mi convicción y de una decisión pensada y madurada.

 

“No me quejo, sé que es el camino de mi verdad. Y mientras sepa del dolor del Perú profundo, mientras recuerde los rostros tristes de los niños a los que no alcancé a ayudar lo suficiente, mientras recuerde las terribles marcas del terror o la pobreza en las víctimas, en los huérfanos del terror, mis dolencias personales no importarán.

 

“El Perú enfermo de pobreza, de injusticia y de violencia, el Perú y los peruanos a los que siempre escuché y por los que siempre trabajé incansablemente, serán mi mayor motivación y mi más grande alivio.

 

“Muchos compatriotas se preguntarán por qué estoy sentado en el banquillo de los acusados. Se preguntarán qué hace allí el presidente que nos dio la paz, el primer presidente que sí nos visitó, el que nos escuchó y nos construyó un colegio, el presidente que puso orden.

 

“No sé si los niños, las mujeres y los campesinos de Huayllao, que vivieron la pesadilla del terror, puedan entender que a ese presidente que los acompañó después de la terrible matanza se le está acusando de ser un homicida. No sé si el poblador de Puyusca, que vio cómo en su arenal se levantaba un gran colegio como parte de la nueva estrategia antiterrorista, lo pueda entender. No sé si los niños de Jarhuapampa o los 43 mil huérfanos del terror o los asháninkas rescatados de la inhumana esclavitud a la que estaban sometidos por Sendero Luminoso. Y todos los peruanos que sintieron por primera vez cerca de sus casas el olor a pólvora, a muerte, y las continuas explosiones. En fin, no sé si todo el que vivió en aquel Perú que empezaba a ser un país en tinieblas entienda que a quien se enfrentó al terrorismo de Sendero Luminoso y al MRTA con las armas de la paz, se le acusa de una guerra sucia y de haber encabezado una organización criminal. Sinceramente, creo que les será difícil comprender.

 

“Sin embargo, sé que, al final, la gente sencilla, esa que no sabe de teorías o doctrinas rebuscadas, sino de la justicia del sentido común, esa gente, en lo profundo de su corazón, sí me entenderá.

 

“Soy consciente de que muchos peruanos de hoy no recuerdan o no vivían por aquellos años iniciales en los que goberné. Fueron años en los que la gravedad de los acontecimientos hacía necesario que se enfocara y se priorizara, años en los que tenía las manos demasiado llenas de problemas como para dar importancia a un memorando administrativo o inmiscuirme en campos que no eran los míos. Años en los que era preciso actuar con la misma rapidez con que se multiplicaban las acciones terroristas y el resto de problemas que agobiaban al Perú. ¿Cómo entonces debía o tenía que saberlo todo si aún hoy, después de tantos años, no se ha podido saber, no se ha podido probar absolutamente nada?

 

“Señores de este Tribunal, estoy aquí porque, entre otras cosas, a Fujimori se le atribuyen hechos aislados y muy lamentables que se han dado fuera de la aplicación de mi estrategia de pacificación, la política más eficaz, limpia y exitosa de la historia.

 

“Para ello impulsé reformas profundas dentro de una sociedad desigual e injusta como la peruana, que afectaron intereses y privilegios ancestrales, generalmente contrarios a los intereses de la gran mayoría pobre y postergada del Perú.

 

“Han pasado quince meses desde el inicio de este juicio, y han sido muchos más los años en silencio escuchando los peores insultos y difamaciones sin más sustento que el de los prejuicios y una gratuita represalia política. Muchos años de titulares infames, de ensañamiento con mi familia, con mi hija Keiko, a quien se le persiguió por el delito de ser mi hija incluso a la hora de su matrimonio, como a tantas personas de bien que cometieron el delito de trabajar junto a mí o de ser fujimoristas. Pese a ello, la mayoría de peruanos no ha dejado de creer en mí, no ha olvidado a ese presidente que por primera vez llegó a su pueblo, a ese presidente que no les prometió nada, pero que hizo, que sembró, que se involucró y trabajó y luchó hombro a hombro junto a ellos como parte fundamental de la estrategia de pacificación.

 

“Es por ello que, aún estando aquí, no me dejan de llegar esas voces desde los más remotos e inaccesibles lugares del Perú. Y lo sé también porque sigo permanentemente informado de lo que ocurre en el Perú. Lo sé por mis hijos, Keiko y Kenji, que siempre están conectados con los rincones más olvidados del Perú, como lo hicieron desde niños con su padre, y que cada semana me traen un poquito de ese Perú postergado, de sus necesidades, de sus problemas, pero también del cariño desbordante, de sus recuerdos, de su solidaridad y gratitud por la paz alcanzada. De ese Perú que ha sido y es mi principal motivación, desde esos rincones y parajes más apartados y remotos, es que me llega hasta aquí el grito más claro de mi inocencia.

 

“Es ese Perú marginado y excluído el que hizo posible que, desde la nada, yo asumiera con éxito el reto de ingresar a la política y enfrentar al terrorismo.

 

Mi visión del Perú, mi ingreso a la política

 

 

“Desde muy joven, casi desde niño supe lo que era la pobreza, la pobreza y la marginación. Crecí identificado con los más necesitados, viví junto con mi familia la discriminación racial. Esa que, por una u otra razón, fue siempre la actitud predominante de una élite privilegiada, una élite de familias y grupos de poder que eran quienes decidían por el Perú. Pero también las que creían que el Perú era Lima y olvidaron durante años al Perú profundo y excluído de la gran mayoría. Sobre todo, al Perú de la Sierra, de los más pobres, así como al Perú de los Conos.

 

“Pero si algo me hace ingresar a la política es el reto que se me presenta de dar un viraje histórico a ese Perú injusto, de poder cambiar ese Perú. Y es a través de los viajes que hice a lo largo y ancho de nuestro territorio, y cuando ya era autoridad universitaria, que fui testigo directo de la dramática injusticia, de la profunda discriminación ancestral, étnica y social, de la que eran víctimas también tantos compatriotas. Por un lado, una pequeña casta política; por el otro, el 95 por ciento de un pueblo olvidado y marginado.

 

“Yo me rebelo contra eso, yo venía de ese 95 por ciento de marginados. Yo, además, era un chinito, un hijo de inmigrantes japoneses, un hijo de la marginación. Esa marginación que fue y es el caldo de cultivo del resentimiento y la violencia. Yo sí los entendía. Ningún pueblo con alma podía resistir el dolor de ser tratado como paria, de ser el hijo no reconocido de su propia Patria, de ser un marginado en su propia tierra.

 

“Yo me sublevo contra esa vieja injusticia que era la madre de la nueva violencia. Conceptos que inscribimos como principios básicos en el ideario de nuestro movimiento fundador, Cambio 90, en lo referido a la lucha contra el terrorismo. Yo quería hacer ese cambio. Por eso cuando observaba al señor Vargas Llosa decirle al pueblo que él haría, como decía su eslogan, ‘el gran cambio’, yo pensaba: ‘este señor, por más buenas intenciones que tenga, no va a hacer ese cambio. El pertenece, de alguna manera, a esa misma casta que siempre gobernó el Perú. Entonces me hice el propósito de ingresar a la política, para romper esos esquemas que hacían que el drama de la violencia se repitiera cíclicamente.

 

“El Estado, que era el que debía de haber sido la personificación del espíritu de todos peruanos, era en realidad un ente ajeno, fuente inagotable de recursos y privilegios para unos pocos, mientras por otro lado marginaba a los grupos menos favorecidos.

 

“Esa actitud centralista es la que, en esencia, heredó la partidocracia y los políticos tradicionales. Habían cambiado las formas, los discursos, pero no la esencia de la injusticia ancestral. Sus gobiernos hacían cambios superficiales, cambios sin racionalidad, ni coherencia. Era, pues, una constante que se había acumulado a lo largo de diferentes gobiernos y así se había seguido aplicando, de gobierno en gobierno, políticas anquilosadas, sin aproximación al pueblo, con una visión de corto plazo y sin analizar las raíces de la violencia.

 

“Era una política que le daba la espalda a la realidad social, la política por la cual decidí no quedarme como un simple observador e introducir conceptos con el objetivo de dar un nuevo tratamiento a los problemas sociales.

 

“Por eso, no puedo sino sonreír cuando, en el alegato de la parte civil, se ha llegado a decir en esta Sala algo en lo que ni ellos mismos deben creer: que Fujimori despreciaba a los pobres y a los provincianos.

 

“Creo innecesario decir que fueron ellos mi principal motivación, hoy plasmada en la fuerza del fujimorismo en los sectores C, D y E, precisamente los más pobres.

 

“Quien habla sí fue testigo directo de casos con rostros y nombres propios, que vi personalmente en mis numerosos viajes, y que me dieron la determinación de ingresar en política.

 

“Señor Presidente, a inicios de los noventa, ni Sendero Luminoso, ni el MRTA se habían replegado a Lima o habían cambiado de escenario, como se ha afirmado aquí. El hecho de que los atentados criminales se intensificaran en la capital no significó que los terroristas se hubieran replegado del campo. Esta situación se tornaba insostenible, había que hacer algo. Pero yo, en mi fuero interno, ya iba germinando la idea de que los peruanos no teníamos que esperar un gobierno más de los que ya habían gobernado el país. En ese momento tomé consciencia de que sí podía encarar ese reto.

 

“He tratado de resumir qué fue lo que me motivó a ingresar a la política. Quiero referirme ahora al enorme reto que asumí, al país que recibí y al contexto excepcional en el que tuve que empezar a gobernar.

 

El Perú que recibo

 

 

“Ningún presidente recibió un país peor al que yo recibí en julio de 1990. El Perú que yo heredé era un desastre, estaba en una situación caótica por donde se le mirara, con problemas en todos los frentes. Fue un país extremadamente difícil de gobernar, quizá el más difícil de gobernar de nuestra historia republicana. El terrorismo, que ninguno de los gobiernos anteriores había sido capaz de frenar, era tal vez el problema más grave, pero no era el único. ¡Había cientos de problemas! Algunos como consecuencia del terrorismo, y otros derivados de los problemas que también heredé.

 

“Era el escenario cotidiano del estruendo, de las explosiones y los coches bomba, del olor a anfo y pólvora, de los constantes apagones, de la oscuridad en nuestras casas, pero que iba calando incluso en nuestras mentes, que nos hacía vivir en un permanente estado de zozobra.

 

“Y, al mismo tiempo, el escenario de la más grave hiperinflación, de las colas para conseguir los productos de primera necesidad. Yo recuerdo que tenía que llevar a mis cuatro hijos a que hicieran su cola para alcanzar a conseguir una bolsita de leche en polvo Enci, para el desayuno.

 

“Los peruanos no podrán olvidar esas colas interminables para comprar pan, leche, azúcar o kerosene. Se tenía miedo de salir de casa, y hasta nos despedíamos de nuestros seres queridos pensando que tal vez podía ser la última vez que los veríamos, ya que no teníamos ninguna seguridad de poder regresar con vida.

 

“¿Cómo poder conseguir, por ejemplo, la adhesión de una población que tenía, por un simple balde de agua, que recorrer grandes tramos, que subir cuestas empinadas y sin pistas? ¿Cómo conseguir la adhesión de peruanos que veían, cuando recibían su sueldo, que cada día les alcanzaba para menos debido a esa terrible hiperinflación?

 

“Recordarán que hasta cambiamos la forma de despedirnos. Ya no era el adiós o el chau acostumbrado en la ciudad, ahora se había cambiado por el ‘cuídate’. En otros lugares del interior del país las conversaciones ya no comenzaban con un ‘como estás’ o un ‘hola, que tal’. Empezaban preguntándose a quién habían asesinado la noche anterior. Era el tiempo en que Sendero Luminoso secuestraba, extorsionaba o pedía cupo con el fin de hacer quebrar los negocios de personas que habían dedicado toda una vida a ellos y que, al no ceder a su chantaje, terminaban asesinadas. Quisiera mencionar el caso de un empresario huanuqueño, un hombre que se negó reiteradamente y con gran dignidad a pagar los llamados cupos con que los delincuentes terroristas chantajeaban periódicamente a empresarios como él. Pero él no cedió a ese chantaje.

 

“Una mañana de marzo de esa década equivocada de los ochenta fue baleado a mansalva por una pareja de terroristas. Se trataba de don Hugo Rivera, esposo de Luisa María Cuculiza. Ella fue testigo de este terrible hecho. La barbarie terrorista los separó sin saber que, al hacerlo, los unía aún más en el valor y la determinación de no ceder al cobarde chantaje de Sendero, aunque fuera a costa de sus vidas.

 

“En fin, todo ese conjunto de hechos se instaló en nosotros, en nuestras mentes y corazones, como el miedo y la desesperanza. El Perú se había convertido en un país paria, había sido declarado inelegible, estaba quebrado y nadie nos daba un centavo de crédito. No podíamos comprar armamento, medicinas, ni maquinaria, ni contar con el presupuesto necesario para enfrentar al terrorismo.

 

“Ese fue el Perú que recibí cuando asumí la Presidencia el 28 de julio de 1990, un Perú en el fondo del abismo, un Perú al que había que rescatar.

 

“Si bien no había desarrollado ningún vínculo político partidario, e ingresaba con el recelo y la desconfianza de parte de los partidos tradicionales y grupos de interés que habían gobernado siempre al Perú, esto tenía al mismo tiempo una ventaja: podía poner en práctica mi nueva concepción para enfrentar al terrorism. Un reto descomunal, pero que, a su vez, me hacía más fuerte y más motivado para asumirlo.

 

“Era el escenario ideal para quien, como en mi caso, veía en cada problema una posibilidad de solución, de actuar con planificación y estrategia. Más aún para alguien que no tenía ninguna atadura, ni compromiso con el pasado y llegaba a innovar con mi política de pacificación. Reconozco que no contaba con cuadros políticos, ni militares, pero lo cierto es que llegaba conociendo al Perú profundo, con una gran determinación para reformar la estructura económica y social del país.

 

“Mi línea era el pragmatismo. No era una tarea fácil, porque, además, las elecciones de 1990 me habían granjeado muchos enemigos políticos. Era comprensible, porque era un ‘outsider’, un hombre de la nada que llegaba de pronto y arrasaba con las predicciones de los sabios de la política nacional. Pero, ojo, no sólo la cúpula política, estaba también la cúpula militar de entonces, que no veía con buenos ojos que su jefe supremo fuera un chinito y, claro, también estaban allí un Sendero Luminoso y un MRTA que se regodeaban ante hechos como éstos. Posteriormente me enteraría de que habían querido deponerme por la vía de la fuerza o la leguleyada.

 

“En este escenario de terror, inestabilidad económica y profunda desigualdad social, se continuaba hablando de democracia como se había hablado desde varias décadas atrás. Pero, ¿había democracia en el Perú?. Seguro, pero sólo en el discurso. En todo caso, un Perú tomado por el terror, por el caos económico y la desesperanza había generado un sistema democrático que propiciaba el avance de Sendero y del MRTA. Por ello, nuevamente, había que tomar medidas que fortalecieran esa incipiente democracia, crear primero una coraza contra ese terrorismo para luego sentar los mínimos pre requisitos para que el pueblo la entendiera.

 

“Y es que los pobres no podían considerar democracia un sistema en el que tenían que comprar un cilindro de agua por un sol. Por eso la expresión ´vivimos en democracia´ no era sino una palabra hueca, y de esto se aprovechaban los terroristas. Era común que estos grupos aparecieran en las zonas más pobres y en los asentamientos humanos, donde las escuelas eran de quincha y sus carpetas eran ladrillos. A esas personas no se les podía decir ´vivimos en democracia´. Antes había que hacerle su escuela, entonces recién la entenderían y comenzarían a tomar distancia frente al terrorismo y su prédica.

 

 

“Personalmente, nunca di conferencias o discursos sobre democracia. Pero sí coincidía en el significado que para ellos, para el pueblo, tenía esta democracia. No en algo abstracto, sino en algo concreto que les sirviera, como caminos vecinales, como colegios o títulos de propiedad, carreteras troncales, electrificación, postas médicas, diques grandes o pequeños.

 

“Así, mientras los terroristas destruían esta infraestructura, la democracia que yo les mostraba la recuperaba. Por eso creo que no me equivoqué en la forma en que mi gobierno se enfocó para desbaratar el manejo seudo ideológico con que el terrorismo pretendía infiltrarse en el pueblo. Establecimos de esta manera una conexión directa del gobierno con el pueblo y, posteriormente, con unas Fuerzas Armadas y Policiales identificadas en un sólo corazón en la lucha contra el terrorismo. Mientras los demócratas de conferencias y discursos de plazuela, los que no se ensuciaron los zapatos, no lograban escuchar y menos dialogar y comprender a ese pueblo que nunca había visto o conversado con un presidente. Para ellos, la democracia no había sido, en la práctica, sino un dedo manchado de tinta cada cuatro o cinco años.

 

“Yo entré a la política con ideas renovadoras, y la primera de estas ideas fue el acercamiento del presidente con los pueblos. Estos pobladores son quienes pueden dar testimonio de que yo los he visitado, de que he convivido con muchos de ellos. No creo equivocarme si digo que lo hice con un 95 por ciento de los asentamientos humanos de Lima y también de los de las grandes ciudades en provincias.

 

“Señor Presidente, yo he sido y soy un hombre de acción. Para mí, resultaba inconcebible la pasividad con que los gobiernos le dejaban el terreno libre al terrorismo o, simplemente, encargaban a sus Fuerzas Armadas o Policiales hacerle frente. Su participación como gobernantes se redujo a declarar estados de emergencia desde sus despachos, y a voltear la página. Eso no podía seguir siendo así. Personalmente, consideraba clave que la máxima autoridad elegida estuviera presente en los lugares donde las huestes terroristas habían consolidado su presencia. Sabía que los pobladores estaban contra ellos, pero el elemento clave, que faltaba, era una presencia efectiva del Estado. Es por ello que procuré llenar ese vacío en cuanto poblado, comunidad o caserío visitaba.

 

“Quien habla, desde un inicio fue claro y tajante en no ceder un milímetro ante el terrorismo. Puse una valla infranqueable al terrorismo. Ceder ante él habría sido mancharme las manos con sangre inocente.

 

“La lucha contra el terrorismo tenía varios frentes. Uno muy importante era el sicológico. Por ello, el empleo de términos se tenía que adecuar a esta realidad. Por ello fue que, en mi gobierno, no se los llamó más ´subversivos´. Yo les di el calificativo que les correspondía: el de delincuentes terroristas.

 

“Es con este criterio que no acepto que se denomine ‘conflicto interno’ a lo que en realidad fue un alevoso ataque terrorista contra la sociedad peruana.

 

“Señores de este Tribunal, llamarlo “conflicto interno” sería ofender a los miles de peruanos que murieron sin saber por qué, o a los heroicos militares, policías, ronderos y comités de autodefensa que sacrificaron sus vidas ante un enemigo invisible que quería poner de rodillas al país, que pretendía ponerle condiciones al Perú.

 

“Llamar a esta violencia ´conflicto interno´ sería premiarlos. Y quizás caer en el juego de reconocerles un estatus político, como hace poco los abogados del terror pretendieran hacerlo con el grupo terrorista MRTA nada menos que ante al Parlamento Europeo.

 

“Señor Presidente de este Tribunal, confieso que me ha sorprendido escuchar en esta Sala el uso de ese término -´conflicto interno´-, ya que, como presidente, en ningún momento dirigí al Estado peruano en un pretendido ´conflicto interno´. Y es que allí no hubo un enfrentamiento abierto, allí no se trató humanamente a todos los que no participaron, allí se mató a miles de inocentes con crueldad y ensañamiento, allí no se cumplió ninguno de los requisitos de la guerra.

 

“Está de más decir que, en el caso peruano, esto no se cumplió. Allí están los miles de ciudadanos, campesinos, hombres, mujeres y niños indefensos, ajenos a una guerra y que, sin embargo, pagaron con su vida la insanía terrorista.

 

“Los miles de muertos no fueron obra de un conflicto interno, sino de una despiadada ofensiva terrorista donde hubo sorpresa y emboscada sobre víctimas que no tenían nada que ver. No se trató de dos bandos armados enfrentados abiertamente, no. Aquí, de lo que se trató fue de un ataque artero por la espalda a una sociedad indefensa. Como el que vivió la comunidad de Huancasancos, en Ayacucho, donde una mañana incursionaron los ‘terrucos’ y degollaron a parte de sus pobladores, y en un acto siniestro, simbólico de su insania, procedieron sin más a jugar un partido de fútbol no con pelota, ¡sino con las cabezas de los pobladores degollados!, delante de sus familiares aterrorizados. Es que ese era su objetivo.

 

“Señores de este Tribunal, lo que hice fue defender a nuestra sociedad con las armas limpias de la paz. Por eso, en ningún momento admití negociación alguna o acuerdos de paz, ni cedí nunca ante el chantaje terrorista. Por el contrario, me decidí a enfrentarlo arriesgando mi vida, con resolución y la estrategia adecuada.

 

“Nunca asumí la cómoda actitud de lavarme las manos, la posición de los que no se comprometieron y, más bien, arrimaron un problema tan grave para que otros lo resolvieran. Conduje al país sin temores, ni cálculos políticos. Por ello, puedo afirmar enfáticamente que no renuncié a luchar. Mi lucha fue sin cuartel, sin descuidar los múltiples frentes que se relacionaban directa o indirectamente con el terrorismo. Es por ello que, ya en los años 94 o 95, la sensación de los peruanos era distinta.

 

“Sin embargo, comprendo que luego de tantos años, de tanta campaña en mi contra, se puedan olvidar o distorsionar las terribles circunstancias que nos tocó vivir.

 

“Es pertinente por ello, recordar que el terrorismo constituyó un hecho nuevo, sin precedentes en nuestra historia. Un fenómeno para el que ningún gobierno, ni ningún ejército del Perú estaba preparado, menos la Policía. Por ello el abandono, ya a inicios de los 90, de más de 560 comisarías.

 

“Ahora, a la distancia, muchos se animan a decir, como generales después de la batalla, que se pudo actuar así o asá. Por eso, cuando se pretende evaluar los acontecimientos aciagos generados por el terrorismo, siempre es bueno recordar, reiterar que no había un sólo día que en el Perú no corrieran ríos de sangre, en que no se ejecutara a autoridades y pobladores en sanguinarias matanzas en las que se ensañaban golpeando y torturando a mujeres, ancianos y niños indefensos, como sucedió en Huayllao, por ejemplo, en que en una sola noche una columna de Sendero Luminoso degolló a 47 campesinos, de los cuales 14 eran niños de entre cuatro y quince años de edad, o en la Selva central con la comunidad asháninka, a quienes, sin diferenciar entre mujeres, hombres o niños, se les sometió a un salvaje cautiverio en las condiciones más inhumanas y extremas.

 

“Fue en escenarios como esos donde estuve presente no una, sino muchas veces, como las diez visitas que realicé a Chuschi o a Soccos, algunos de los pueblos más golpeados, así como estuve presente en los denominados ´paros armados´, en los que se asesinaba y se destruía cientos de vehículos que eran la única fuente de subsistencia de miles de peruanos, el clima de permanente miedo que inmovilizaba a poblaciones enteras, que afectaba sus cuerpos y sus mentes y perjudicaba su productividad, su economía y su propia convivencia.

 

“Como testigo directo y cotidiano, tengo gravado en mi mente el dolor de esa tragedia que yo si viví completa,… nunca podré olvidar los rostros espantados de campesinos, mujeres, niños y ancianos , atrapados entre dos fuegos…que no podían distinguir entre cumpa o el ‘terruco’ , y el ‘sinchi’ o el policía…

 

“Pero también fui testigo de los sacrificados policías que en los parajes más riesgosos y alejados del país no se daban abasto, y terminaban siendo ejecutados y con los cráneos destrozados en algún paraje solitario.

 

“Desde esos años empecé personalmente a establecer una red de contactos y de alianzas, con católicos y evangélicos que, viviendo en ese infierno, permanecieron y resistieron a pie firme, defendiéndose del acecho terrorista y continuando su labor de brindar ayuda a los más pobres. Como, por ejemplo, las monjitas de los conventos de Huanta, Andamarca o Huancavelica. Ellos, los religiosos, los militares, fueron también nuestros aliados en el corazón de aquellos pueblitos olvidados.

 

“Esto formaba parte de una nueva e inédita forma de ver el grave problema generado por los terroristas. Mi idea era contar con una red de aliados, que tuviera como eje central a la propia población. Gracias a ellos, el panorama comenzó a cambiar. A los terroristas se les hizo cada vez más difícil movilizarse de un lugar a otro, y es que la sociedad misma ya no les daba el espacio para volar puentes y torres, para realizar sus apagones, sus coches bomba. Es ahí cuando el miedo y la desesperanza comienzan a ceder. Es este contexto y esta circunstancia lo que tuvimos que enfrentar.

 

“Señor Presidente, lo que sí puedo afirmar es que, a diferencia de otros gobernantes, a mí nadie me podrá acusar de no actuar. Nadie me podrá acusar de haberme cruzado de brazos, y menos de haber dejado en manos de otros la función de gobernante por la que me eligieron.

 

“Transcurridos los años, puedo decir sin ningún apasionamiento y con total convicción que mi estrategia de pacificación fue la correcta. Más aún en el escenario que acabo de describir. No me arrepiento de haberla llevado adelante.

 

“Señores de este Supremo Tribunal, decía que las personas suelen juzgar a los individuos y no a sus circunstancias. Las circunstancias que acabo de describir, las que vivimos la mayoría de peruanos, resultaron trascendentales, porque fueron únicas y sin precedentes en nuestra historia, las terribles circunstancias, el escenario de infierno que enfrenté para salvar al Perú, a seres de carne y hueso, como nosotros, a 26 millones de peruanos que pudieron volver a pensar en el futuro.

 

 

Política de pacificación: la nueva estrategia antiterrorista que salvó al Perú

 

 

“El terrorismo se presenta como un hecho totalmente nuevo, sin precedentes en nuestra historia. Y, aunque llevaba ya más de una década de iniciado cuando asumo la Presidencia, ninguno de los dos gobiernos anteriores había ideado una estrategia o trabajado con ella mas allá de la mera represión militar. El ex presidente Belaunde pretendió minimizarlo al calificar a los terroristas como abigeos, ocultando la naturaleza terrorista de Sendero Luminoso. Tanto él como el ex presidente García mantuvieron la visión antigua de enfrentamiento a un enemigo convencional, muy lejos de implementar una estrategia eficaz.

 

“En el escenario existente de inicios de los 90, yo trazo la línea maestra en la conducción de la lucha antiterrorista. Primero, involucrándome realmente en la conducción política y, segundo, buscando la adhesión de la población.

 

“Es así como, tras ubicar claramente el objetivo, decido asumir el reto de restablecer el orden y la seguridad internos, consciente de que mi deber era garantizar la integridad de esa población a toda costa, ponerla a resguardo de los actos de violencia y sangre, en el campo y la ciudad. Como mencioné, no iba a ser el continuador de la política de mis antecesores, política sin un norte definido, sin análisis previo, sin involucramiento.

 

 

“Yo no llegué al gobierno con los conocimientos de un político tradicional, pero sí con el conocimiento de los problemas de un Perú que, a través de mis viajes y experiencias como presidente de la Asamblea Nacional de Rectores y como simple ciudadano, había realizado en la década de los ochenta. Experiencias como la que me tocó vivir en el tricentenario de la universidad de Huamanga cuando, sin ser presidente de la República, no cedí al chantaje terrorista, hecho que más adelante relataré cuando toque el tema de las universidades.

 

“Creo que pude identificar la naturaleza nueva del enemigo que se enfrentaba. Por ello, tuve claro que resultaba indispensable cambiar radicalmente la forma de enfrentarlo. Era imprescindible un drástico cambio en la visión. Por ello, empezamos a corregir esos graves errores y a producir cambios sustanciales, a través de una política de pacificación nacional que, desde un inicio, empecé a ejecutar con una aplicación acorde a la situación de emergencia y los constantes actos de violencia de los que gran parte de los peruanos hemos sido testigos.

 

“Posteriormente, procedimos a dar leyes que hicieron posible el juzgamiento de los terroristas a cargo de jueces sin rostro, así como una ley que tipificó al terrorismo como delito de traición a la patria y, posteriormente, una ´ley de arrepentimiento´, dada el 12 de mayo del 92, que proporcionó información clave que se tradujo en importantes logros en cuanto al desmembramiento de las filas terroristas. Lo que demuestra que, por esas fechas, mi gobierno estaba totalmente inmerso en neutralizar a elementos terroristas con las armas de la ley.

 

“Pero había una diferencia fundamental: esta nueva estrategia apuntaba principalmente a lo político antes que a lo militar, a la inteligencia antes que a la mera represión. Es así como, en el año 91, en mi gobierno se prohibe las famosas batidas y redadas, se deja a un lado los temidos ´rastrillajes´ que, más que acercar, asustaban y alejaban a la población. Yo veía cómo estos rastrillajes se realizaban en medio de la madrugada, operativos abruptos y violentos que lo único que generaban era el temor de una población que, por el contrario, necesitaba muestras claras de cercanía y de apoyo de parte de quienes debían defenderlos. Rastrillajes que, además, no tenían ninguna eficacia, ya que, como personalmente constaté, el cien por ciento de los detenidos en esos operativos, al día siguiente ya estaban sueltos en la calle.

 

“Acabamos con las incursiones militares violentas contra poblaciones indefensas. Y es que, dentro del concepto de mi nueva estrategia de pacificación, las balas no funcionaban más en la lucha antiterrorista. Era, pues, una labor básicamente constructiva, silenciosa y de inversión social. Una inversión que requería un manejo económico urgente sobre el que me explayaré mas adelante, que permitió arrebatarle al terrorismo sus siniestras banderas mientras nosotros recuperábamos como nuestro aliado principal al pueblo.

 

“Señores de esta Sala, en once años de terrorismo se había detenido a siete mil terroristas, y nada menos que el 85% de esos criminales había sido puesto en libertad por el Ministerio Público y el Poder Judicial. Esto mostraba la debilidad de nuestra legislación y de los organismos del Estado para enfrentarlos.

 

“En esta nueva estrategia integral, una de las principales armas comenzaría a ser el empleo de la inteligencia para llegar a las cabezas de Sendero Luminoso a través del esfuerzo de la Dincote. Y, paralelamente, contar con un paquete de leyes indispensables para que esa estrategia pudiera aplicarse con efectividad. Es así como, al amparo de la ley 25327, a fines de 1991 se promulgó 37 decretos legislativos con esa finalidad.

 

“Los ´padres de la patria´de ese entonces argumentaron que dichos decretos invadían los fueros del Poder Legislativo, y que conducirían a la militarización del país. Derogaron diez de los 37 decretos, y otros más fueron modificados hasta hacerlos casi inservibles.

 

“En ese entonces, mi percepción era que el Congreso tenía como objetivo boicotear a Fujimori, que era la saga de una herida abierta, la de aquellos que no me perdonaban haberlos arrasado en las urnas. Uno de los obstáculos para empezar a enfrentar al terrorismo era, pues, la posición política asumida por el Parlamento, cuya consigna parecía ser: ‘¿de qué se trata, para oponerme a Fujimori?’.

 

“Todo este paquete de medidas estaba orientado a los campesinos de los pueblitos del Perú marginado de la Sierra, de los pobladores de asentamientos humanos de los Conos de Lima y, en una palabra, a salvar al Perú del terror.

 

“Mi esfuerzo se enfocaba en eliminar la represión militar y el arrasamiento de poblaciones. Por ello, se orientó a ganar los corazones y las mentes de los pobladores, a ganar su confianza.

 

“El soldado o el policía no volverían a irrumpir con violencia. Ahora, con mi gobierno, llegarían como el soldado o el policía amigo, con ayuda, con obras y herramientas. Por primera vez con los brazos abiertos e interactuando con el pueblo, hombro a hombro, en vez de con fusiles y palabras soeces. Tenía la convicción de que era necesario que el pueblo no nos viera más como su enemigo, que era necesario que dejara de tenerle miedo a sus autoridades, a sus militares y policías.

 

“Visto desde la distancia, considero que fue un esfuerzo sin precedentes. Personalmente, me aboqué al acercamiento de las Fuerzas Armadas con la población no a través de las tradicionales acciones cívicas, en realidad intrascendentes, sino mediante inversiones en una infraestructura largamente esperada por esos pobladores.

 

“Este sólo hecho, de por sí un hecho que iba más allá de lo estrictamente material, les devolvía el respeto más esencial de sus derechos y su dignidad. Fue esto lo que permitió que este pueblo nunca más se sintiera ubicado en el infierno de vivir entre dos fuegos. Estos pobladores, para librarse del terrorismo, no podían continuar sintiéndose en el medio de Sendero Luminoso y las Fuerzas armadas o Policiales, como si se tratara del mismo enemigo.

 

“Personalmente, como gobernante, llevo a las fuerzas del orden a asumir una nueva actitud en aplicación de mi directiva, que cambiaba, de la mano de los militares, el fusil por el pico y la lampa, así como rescataba a una población que estaba siendo ganada por el discurso del terror y por el miedo permanente.

 

“Pero otro aspecto fundamental era eliminar la sensación de desorden y anarquía que se había instalado en el Perú. Esto implicaba un manejo psicológico, que infundiera autoridad y firmeza en cada acto o mensaje que emitíamos desde mi gobierno, tanto para tranquilidad de la población como de advertencia al enemigo terrorista, una sensación de firmeza que algunos han querido considerar como autoritarismo.

 

 

Cárceles y prisiones 

 

“Con esta misma firmeza actuamos en las cárceles y prisiones del Perú, en la que los terroristas habían implantado zonas liberadas, en las que incluso mujeres desfilaban uniformadas de rojo en medio de imágenes de Abimael Guzmán y cantando el himno senderista como si se tratase de su bastión, imágenes que se vieron en el mundo entero. ¡Como presidente del Perú, yo no lo podía permitir!

 

“Allí, en esas cárceles, conforme crecían en número los terroristas imponían sus propias reglas y hasta se preparaban para acciones límite de amotinamiento. Y no dudaban en provocarlos, porque para ellos las cárceles ya no eran, como en un inicio de la insurrección, ´mazmorras del Estado caduco´en las que el preso se sometía, no. Ahora las habían convertido en lo que llamaban ´luminosas trincheras de combate´, un territorio más de la guerra, donde las zonas que controlaban las defendían con extrema violencia.

 

“De igual manera recuperamos progresivamente las 560 comisarías y puestos policiales que se habían replegado masivamente ante el avance incontenible de Sendero Luminoso y del MRTA.

 

 

Ronderos y comités de autodefensa

 

 

“Un contingente valioso, invocado en los discursos, pero no convocado en los hechos, lo constituían los ronderos y comités de autodefensa. ¿Quién no recuerda las llamadas escopetas ‘hechizas’, presentadas ante la prensa como si se tratase de un logro cuando lo cierto es que se trataba más bien de un símbolo del abandono. Yo me preguntaba: ¿cómo con esas escopetas artesanales se iba a enfrentar en igualdad de condiciones a un terrorismo fuertemente armado?

 

“Fue por ello que mi gobierno les asignó 20 mil escopetas: 10 mil MPG y 10 mil Winchester, entrega que hicimos en una ceremonia abierta, transparente y con la presencia de autoridades en la localidad de Chaquicocha, con representantes de la Iglesia e incluso de la Cruz Roja. Mi intención era enviar un mensaje clave a los terroristas, el mensaje de que ahora el Estado contaba con un ejército de campesinos organizados en comités de autodefensa capacitados y, ahora si, debidamente armados.

 

“Paralelamente, un segundo mensaje dirigido a la población organizada era claro: les decía: ‘aquí está tu Presidente, que te respalda. Aquí, a tu lado, esta un Presidente que te escucha, que no te abandonará´. Sabía que era un paso osado, con algunos riesgos, por lo que no me extrañó ver a varios representantes de instituciones invitadas que procuraban no aparecer ante cámaras.

 

“Desde que asumimos que la lucha contra el terrorismo se tenía que ganar en el mismo terreno y con pasos concretos, entre el año 91 y el 93 conformamos 5 mil 770 comités de autodefensa, con nada menos que 395 mil 735 campesinos en distintas partes del Perú. Organizar y armar a los 5 mil 770 comités de autodefensa fue una decisión política clave para la Sierra.

 

“Señor Presidente, con esto yo estaba ejerciendo el liderazgo que me confería la Presidencia de la República, mas no comandando, ni dando ordenes de carácter militar operativo.

 

 

Se recuperó las universidades

 

 

“La nueva estrategia de pacificación contempló también, como pieza clave, la recuperación de las universidades que se habían convertido en focos de adoctrinamiento terrorista.

 

“El problema del terrorismo en las universidades no era que los estudiantes fueran en su mayoría terroristas, sino todo lo contrario. Era que unos pocos senderistas tenían capturados los ambientes universitarios y amenazaban a las autoridades con las ametralladoras que paseaban por el campus, a vista y paciencia de todos.

 

“Mis atribuciones como presidente de la Asamblea Nacional de Rectores no me conferían la potestad de recuperar el orden o liberarlas de la presencia terrorista. Sin embargo, veía con claridad lo que pasaba.

 

“Recuerdo con nitidez cuando, en el año 87, fui invitado por el entonces rector de la Universidad de Huamanga a la celebración de su Tricentenario como universidad. En esa oportunidad, cuando llego a Huamanga, el Rector y las autoridades universitarias me trasladan a una casona colonial en la Plaza de Armas, lejos de la Universidad. Me di con la sorpresa de que la celebración se iba a realizar allí, ¡sin universitarios!. Sólo con las autoridades locales y 24 rectores invitados de otras universidades, fuera del claustro universitario. Es decir, Sendero Luminoso estaba obligando al Rector y a las autoridades a que la celebración, nada menos que del Tri centenario, se hicieran de forma aislada, lejos de su claustro universitario. Por supuesto que esto no se podía tolerar.

 

“No necesité ser presidente de la República para actuar. Le manifesté al Rector que (la ceremonia) no podía realizarse allí, fuera del claustro y sin estudiantes. Por lo que le pedí que la ceremonia en esa casona sólo fuera considerada como el inicio y no como la ceremonia central. Ello me llevó a tomar la decisión de convocar personalmente al grueso del estudiantado en el coliseo Ciudad de Caracas.

 

“En una atmósfera de gran expectativa en el estudiantado, solo cinco rectores de 24 se atrevieron a acompañarnos. Solo, en medio del coliseo y rodeado de cinco mil estudiantes equivocadamente temidos por sus autoridades, poco a poco se fue rompiendo el hielo, la desconfianza y, luego de mis palabras, en un discurso franco y directo contra Sendero que, estoy completamente seguro, en otras circunstancias no se habría pronunciado, escuché cómo, para sorpresa de mis acompañantes y complacencia mía, empezaban a aplaudir, a aplaudir a rabiar. Esos cerca de cinco mil estudiantes allí convocados, los estudiantes antes temidos, terminaron aplaudiendo con todas sus fuerzas mi discurso contra Sendero, ¡una reacción impresionante!

 

“En efecto, la totalidad de esos estudiantes no estaba comprometida con Sendero y su prédica, sólo necesitaba un empujoncito, una señal para expresarlo. Esta fue una experiencia inolvidable, y una lección que me marcó: no había que ceder al chantaje de un grupo de terroristas.

 

“Es en esa misma línea que actué cuando dispuse la instalación de las Bases Cívicas en las universidades atemorizadas por Sendero y el MRTA. Esta estrategia tuvo por objeto proteger a los miembros de la comunidad universitaria, a los estudiantes, a los catedráticos, a mis ex colegas de las universidades. Resguardarlos de las incursiones terroristas a sus campus, neutralizar el control de los senderistas de los comedores, de la residencia universitaria y otros ambientes desde donde esos grupos afines a Sendero Luminoso o el MRTA controlaban las universidades.

 

“Se trataba de que esos centros de estudio recuperaran su naturaleza académica, que se volviera al dictado de clases, a hacer investigación y extensión social.

 

“La fuerte presencia terrorista en las universidades debía contrarrestarse y desterrarse. La única forma era con las bases de acción cívica militares. No había otra forma. La autoridad universitaria no podía hacerle frente y, de otra parte, los militares tenían todas las facultades para ingresar a las universidades, porque estaban en zonas declaradas en estado de emergencia. Efectivamente, concibo la idea de establecer las Bases de Acción Cívica (BAC), pero para restablecer el control, para recuperar el orden y dar garantías a estudiantes, profesores y toda la comunidad universitaria, que también era mi comunidad. Control sí, pero para rescatar el clima académico de las manos de Sendero Luminoso y el MRTA, para que los estudiantes volvieran a estudiar con tranquilidad, no albergando a supuestos estudiantes, a estudiantes eternos que, lejos de portar libros, portaban metralletas que se pasaban de mano en mano con total libertad. El objetivo era recuperar el clima universitario.

 

“Señor Presidente de este Tribunal, quien habla tenía una experiencia académica de treinta años, veinte como catedrático, cinco como decano y cinco como rector y presidente de la Asamblea Nacional de Rectores. Como hombre universitario de larga trayectoria, resultaba evidente que tenía claros los alcances de la autonomía universitaria. La labor de las bases de acción cívica no chocaba contra esta autonomía, sino más bien contra la autonomía de Sendero y el MRTA. La presencia de estas bases permitió que la verdadera autonomía se ejerciera a plenitud, sin los constantes atropellos que cometían los terroristas infiltrados.

 

“Precisamente, es con estas bases que recuperamos el control de las viviendas universitarias, acabando así con los refugios que antes resultaban inaccesibles para la autoridad. Con el argumento de esa autonomía mal entendida, las mismas autoridades hallaban un pretexto para zafarse de esa ‘papa caliente’ que era encarar al terrorismo allí enquistado. ¡Hasta el abastecimiento de los comedores estaba controlado por los terroristas! A quien osaba discrepar de ellos, simplemente no le permitían ingresar al comedor estudiantil.

 

“Señores de este Tribunal, en el tema de la universidad yo sí puedo hablar con autoridad, y he reprochado con firmeza que, hasta antes del 90, nadie, absolutamente nadie hubiera tenido el coraje de recuperar las universidades para los universitarios.

 

“Por eso, cuando ingreso a La Cantuta y a San Marcos, lo hago con soldados armados, pero armados de brochas, rodillos y pintura. Y, a pesar de las recomendaciones, lo hago sin llevar chaleco antibalas como protección. Y es que quería dar con ello un mensaje claro: que no teníamos temor. Yo sí conocía a mis estudiantes. Ellos, los verdaderos estudiantes, fueron los que me protegieron en esas intervenciones.

 

“En efecto, esas intervenciones merecieron el respaldo del 99 por ciento de la comunidad universitaria. Fue una liberación para ellos, y una clara señal del Estado de que no íbamos a tolerar al terrorismo. No iba a permitir que esa juventud se envenenase con enseñanzas de muerte y terror. No iba a permitir que de allí, en vez de médicos o ingenieros, egresaran terroristas graduados.

 

“Ese, Señor Presidente, fue el verdadero control que establecí en las universidades. Ese fue el ánimo de mi intervención. Por eso, la matanza de los estudiantes y el profesor de La Cantuta es diametralmente opuesta a mi política de recuperación y de apoyo a las universidades. Por eso, como hombre universitario, me dolió en el alma que un grupo de militares boicoteara la estrategia, causando un daño irreparable a miembros de la comunidad universitaria de la que siempre me sentí muy cerca.

 

 

Acercamiento a la población  de la Sierra y la Selva

 

 

“Es que si, después de tantos años de ineficacia se logró aplicar una nueva estrategia exitosa fue también por esto: porque, por primera vez, un presidente veía a los ojos del habitante olvidado, no de la masa electoral. Por primera vez escuchaba con atención sus problemas particulares y pernoctaba con ellos. Por primera vez convivía y trabajaba, hombro a hombro, y los hacía sentir incluidos en esa diversidad de naturalezas que conforma nuestra nación.

 

“Sin este compromiso, sin este contacto casi cotidiano con el carácter complejo del Perú, no se hubiera podido establecer y aplicar la nueva política, la estrategia integral que promoví a través de mis directivas de gobierno Por eso, demás está decirlo, yo estaba identificado con los más pobres, con los marginados y olvidados del país. No sentí desprecio por ellos, como absurdamente se ha dicho en este proceso.

 

“Quien habla, Señores de esta Sala, ha sido el único gobernante que ha tenido su despacho, su escritorio y su palacio donde lo necesitaba el pueblo. Casi todos los días, hasta los fines de semana, que terminaban convirtiéndose siempre en extensas jornadas de trabajo.

 

“No me permitirán mentir mis cuatro hijos y, en particular mis hijos Keiko y Kenji, que hoy me acompañan. Ellos se sumaban felices a esas jornadas, que convertían un momento familiar en un día de contacto con los pueblitos, con los pobladores y sus necesidades, quizás no dándoles en ese momento la ayuda que requerían, pero sí conversando y, sobre todo, atendiendo a quienes habían esperado tanto por ser escuchados. Es por eso que esas giras se convertían en motivadoras y reconfortantes jornadas de comunicación, trabajo y apoyo social.

 

“Yo puedo decir con satisfacción que, gracias a esta nueva actitud, a esta nueva estrategia que concebimos, logré ver en los ojos, en los gestos de los campesinos, las señas de una confianza recuperada de un recelo muy antiguo.

 

“No más la mirada distante y desconfiada de un nativo, de un indígena hacia su presidente, no. Aquí se estableció una comunicación fluida sin obstáculos. Esto, y no otras cosas, fueron fundamentales para que se diera el giro clave, la estrategia acertada, pero sobre todo la adhesión natural y espontánea con el pueblo. Eso era clave para empezar la tarea.

 

“Esta visión la tuve desde un inicio, era para mí una prioridad. Tenía claro que ellos debían ser nuestros principales aliados. De ahí, mi interés en visitar todos los confines del país llevando apoyo. Viajé casi a diario, entre el año 91 y el 94, a los lugares más alejados, muchos de ellos devastados por el terrorismo, como Cayara, Huanta, Huayllao, Cora Cora, Lucanamarca, Vinchos.

 

“Esta era mi política, en la práctica. Pero quisiera insistir con un ejemplo más en mi política de adhesión de la población en las zonas de la Sierra, donde el terrorismo arreciaba con fuerza y no había retrocedido antes del año 90, como aquí se ha afirmado. Recuerdo particularmente Huayllao, en Ayacucho, donde fueron masacrados 47 campesinos y donde trabajé en la reparación de las viviendas que habían sido arrasadas por Sendero. Luego de esa jornada agotadora de trabajo, dormimos en el suelo de la escuelita del lugar junto con los pobladores, reafirmando una nueva actitud, pese a que en el ambiente aún se podía respirar el drama por el que había pasado ese pueblo, como tantos otros del Perú de esos años.

 

“Otro es el caso de Cayara, pueblo habitado sólo por viudas ancianas cuando lo visité por primera vez. Me sorprendió no ver ni a un sólo niño, ni un sólo joven. Allí les construí dos modernos centros educativos, y se hizo la interconexión eléctrica. A los pocos meses, Cayara volvía a ser un pueblo lleno de niños y jóvenes escolares, que trajeron alegría después de tanto sufrimiento.

 

“O aquí, en la serranía de Lima, en la provincia de Yauyos, en un pueblito llamado Vilca, ruta utilizada por la denominada ‘camarada Paola’ y sus huestes, que sembraban muerte y desolación a su paso. Los pobladores de Yauyos y el párroco del lugar me solicitaron mejorar el camino de acceso a esos hermosos parajes, como Huancaya y Vilca. Me pidió que le construyera un albergue, y así se hizo. Con esto borramos del mapa de la violencia una ruta de Sendero Luminoso para transformarla, poco a poco, en una ruta turística y de progreso.

 

“Este mismo trabajo se hizo en Pampachiri, Accobambilla, Lunahuaná, Occobamba, San Miguel, Lucanamarca, Occros, Pilpichaca, Pichanaki, Wasa Wasi, Oxapampa, Yanahuanca, Huarmaca, Huacrachuco, Juanjuí. Eran pueblos pequeños o medianos, que fuimos rescatando mediante un trabajo de hormiga, Tingo María, Pucallpa, Huánuco, Huamanga.

 

“Todo esto, Señor Presidente, tenía un significado fundamental para los peruanos. Había una verdadera voluntad política en el único programa de pacificación y, en esa línea, estuve en los lugares más difíciles e inaccesibles, siempre presente en el momento en que los pueblos más golpeados por el terrorismo lo requerían, pueblos ya bastante golpeados por la ausencia del Estado en esa década equivocada de los ochenta.

 

“Señores de este Tribunal, en mi política de pacificación las cosas no se quedaban en el papel, yo chequeaba que esa realidad se llevara al terreno de los hechos, tenía que verlos con mis propios ojos. Veía en sus rostros las marcas del espanto, del dolor por sus parientes masacrados con inmensa crueldad, seres humanos que terminaban sus vidas con el cráneo destrozado por una piedra, con sus cuerpos despiadadamente mutilados por hachazos, con sus pequeños hijos o sus madres como testigos, víctimas inocentes que la insanía terrorista torturaba antes de matarlos incluso bañándolos en agua hirviendo, indiferentes a los ancianos o a las madres embarazadas quienes les imploraban no para vivir, sino para que los dejaran morir. Así era de terrible el sufrimiento a que eran sometidos esos humildes campesinos que terminaban sus vidas en un paraje desierto, arrojados en algún río o a una fosa común.

 

“Los derechos humanos de estos pobladores eran pisoteados salvajemente todos los días, sin que nadie hiciera nada hasta ese momento. Consideraba que mi misión era rescatar esos derechos. Señor Presidente, quiero ser claro al decir que en ese permanente contacto con los pobladores, yo no iba a dar órdenes militares, iba a constatar, como conductor político, que mi directiva de pacificación se estuviera cumpliendo. Y, como ya lo he dicho, sobre todo iba a hablar y a escuchar a los pobladores que, yo percibía, tenían una necesidad inmensa, ancestral, de ser atendidos.

 

“En realidad, lo que estaba haciendo era llevar conmigo al Estado, lo llevaba hasta los nativos, hasta la infinidad de comunidades y caseríos que también formaban parte del Perú. Como parte de mi política de pacificación, lo llevé a lugares de donde el Estado había desaparecido durante siglos, o simplemente no había existido. Este fue un aspecto medular: la inclusión de cientos de miles de peruanos olvidados o maltratados por su propio país.

 

“Esa y no otra fue la estrategia que lideré, y no es exacto, como dijera en esta Sala la parte acusadora, que era una estrategia que ya existía. Esta, Señores, es una estrategia inédita, que cambió para bien el rumbo del Perú, estrategia que permitió que el Estado peruano, que nosotros mismos sobreviviéramos.

 

“Estrategia de la que me enorgullezco, y que hace posible que hoy estemos reunidos aquí. Estrategia de pacificación que yo, Alberto Fujimori, puedo decir, junto con la gran mayoría de peruanos, que se aplicó de manera eficaz y expeditiva sin recurrir a nada sucio, sino, por el contrario, pensando siempre en los más pobres del país y no en algún rédito personal o político.

 

“Qué fácil hubiera sido para mí decir ‘disculpen, señores’, pero yo, al igual que mis antecesores, no voy a mover ni un sólo dedo para acabar con el terrorismo. Tan cómodo que viviría actualmente, sin problemas y sin acusaciones mientras en el Perú, a estas alturas, los muertos y los daños de parte del terror habrían continuado.

 

“Yo sí asumí ese reto y, reitero, me duelen en el alma las muertes y los excesos aislados que se dieron en sentido contrario de la directiva de pacificación, la única, que fue piedra angular en el triunfo sobre el terrorismo y que, hoy puedo seguir afirmando, fue la única estrategia en el mundo que permitió la derrota del terror por parte de un Estado.

 

“Señor Presidente de este Tribunal, es esta mi respuesta, es esta mi política, una política única y limpia, que jamás incluyó la aplicación de una respuesta paralela o de guerra sucia, que los hechos que acabo de referir y la lógica y el sentido común niegan con total firmeza. Esa es mi obra, y la obra jamás se puede desligar de la persona.

 

“Y es que cuando mis acusadores me tildan de homicida, comparándome con Abimael Guzmán de encabezar una organización criminal, están desconociendo burdamente lo hecho por mi gobierno, lo hecho por quien habla como presidente.

 

“Reitero: me enorgullezco de haberle devuelto la paz al Perú, a 26 millones de peruanos que fueron testigos directos de mi trabajo por esa paz, no de encabezar ninguna organización criminal.

 

 

Paros armados

 

 

“Otro frente sumamente complejo fue el de los paros armados. Cada paro armado podía ocasionar en un solo día 100 o 200 vehículos incendiados, taxis, camiones, autos particulares en Lima, el Huallaga, el Mantaro, el Callejón de Huaylas, en casi todo el territorio nacional.

 

“Para contrarrestar esos paros, no bastaban las invocaciones o exhortaciones milagrosas. ¿Acaso los paros armados desaparecieron mágicamente o gracias a discursos y palabras de rechazo, como era usual antes de 1990? No, Señor Presidente, más bien se aprovechó el apoyo de la población contra esos atentados criminales.

 

“Para poder asegurarles la movilidad a todos los trabajadores, era preciso dar garantías a los propietarios de los vehículos de transporte de carga y pasajeros, a fin de que éstos no tuvieran temor de perder su capital ante la eventual destrucción de sus unidades. Para ello se necesitaba que los transportistas contaran con una suerte de seguro. Lo importante es que de esta manera, finalmente, los propietarios perdieron el miedo a los paros armados, y estos comenzaron a debilitarse.

 
Un real acercamiento al  Pueblo, las acciones cívicas

 

 

“Cuando escucho a algunos testigos del proceso que se me sigue sostener que conceptos como el del acercamiento a la población o el de las acciones cívicas ya existían antes de mi gobierno, y que no se trataba de nada nuevo, con una evidente intención de minimizar, respondo que, en efecto, los conceptos, la teoría, en cierta forma ya existían.

 

“Pero la gran diferencia, el gran cambio que marcó la nueva estrategia de pacificación, de mi directiva, es que antes de mi gestión, puedo afirmar sin temor a equivocarme que no había casi nada en los hechos. Había batallones, pero acantonados en los cuarteles.

 

“En mi gobierno, los batallones de Ingeniería del Ejército salieron en forma masiva para, por vez primera, construir carreteras, caminos, muros de contención, colegios. Y todo esto, hombro a hombro, con los propios pobladores.

 

“El encuentro población-Ejército pasó de ser el encuentro de la desconfianza, el terror y la violencia a transformarse en una fiesta productiva, ahora entre dos aliados.

 

 

Pueblos Jóvenes, asentamientos humanos

 

 

“Otro gran reto lo constituyó el debilitamiento de la presencia terrorista en los asentamientos humanos, muchos de los cuales se habían convertido en bastión del senderismo infiltrado, luego de su llamada ‘marcha del campo a la ciudad’, y en los que los terroristas habían centrado su interés. Sobre todo, en los adyacentes a la Carretera Central, como Raucana.

 

“El terrorismo pretendía apoderarse de asentamientos humanos como José Carlos Mariátegui en San Juan de Lurigancho, donde ahora mismo hay un paradero que llaman Los Postes, porque en aquella época de terror era precisamente en esos postes que amanecían colgados perros muertos y carteles o banderolas de Sendero, como advertencias siniestras del terror.

 

“Incluso los domingos acudía a asentamientos humanos como Año Nuevo en Comas, o Tupac Amaru en Ate-Vitarte, o Chillón de Los Olivos, a inaugurar obras elementales, pero indispensables para ellos. Así fuimos también a Horacio Zevallos a inaugurar su primer colegio y el primer poste de luz. Y a Villa El Salvador, comunidad autogestionaria a la que rescatamos del terror en que vivió sumida durante los años ochenta, cuando los pobladores no podían salir de sus casas, ni caminar por las calles, luego de las seis de la tarde, temerosos ante las continuas explosiones, balaceras, apagones y las matanzas de que eran objeto sus propios vecinos y dirigentes, de parte de Sendero Luminoso.

 

“Mi gobierno rescató a Villa El Salvador, desarrollamos el gran Parque Industrial, institutos, colegios, comisarías, pistas y avenidas, el proyecto integral de luz, agua y desague, siempre con la ayuda y participación de la comunidad organizada de Villa El Salvador y sus valientes dirigentes, como Maria Elena Moyano, lideresa popular, mujer de gran coraje, que con valentía señaló un rumbo claro de definición ante Sendero Luminoso, que no claudicó frente a sus imposiciones o chantajes así los terroristas creyeran que dinamitando su cuerpo podían dinamitar sus ideales. Ella nos dejó ese ejemplo de dignidad, que la volvió inmortal.

 

“Permítanme haber hecho esta digresión para expresar con estos casos simbólicos mi homenaje a todos los dirigentes, hombres y mujeres, así como peruanos anónimos, que marcaron con su ejemplo el camino de no aceptarle ningún chantaje al terrorismo.

 

“Señores, yo dormía cuatros horas al día, el cien por ciento de mi tiempo estaba abocado a estas tareas, incluídos fines de semana, noches y madrugadas, sin feriados, sin Navidad, ni Año Nuevo. Esas jornadas de visita a los asentamiento humanos y a los Conos de Lima se convirtieron en jornadas de trabajo de la población, de la comunidad organizada, de la mano con sus Fuerzas Armadas, pero también en jornadas de alegría y solidaridad, que sólo se pudieron dar luego de liberarlos de la infiltración y el control que Sendero Luminoso había pretendido instalar allí.

 

“Esta fue, a grandes rasgos, la nueva estrategia de pacificación que fue cambiando el curso de un Perú que encontré al fondo del abismo. Por ello, estos asentamientos fueron una parte clave en mi estrategia de pacificación. Llevamos allí los batallones de Ingeniería y el apoyo social. En particular a aquellos ubicados en las poblaciones asentadas en los cerros, que sabíamos estaban fuertemente infiltrados por Sendero Luminoso, como el cerro San Cristobal, El Pino, San Cosme, El Agustino, La Milla, La Candela, cerros de la Costa que, como a los apus de la Sierra o los montes de la Selva, rescatamos de la violencia terrorista.

 

 

“¿Cómo, entonces, podría concebirse que una matanza como la de Barrios Altos, a 500 metros de Palacio de Gobierno, o cualquiera de los hechos criminales por los que se me acusa, pudiera ser considerada como parte de esta política, mi política de pacificación?

 

“Esto no tiene lógica, ni tiene coherencia alguna para alguien que esté en su sano juicio. 

 

“Señor Presidente de este Tribunal, a grandes rasgos, ésta fue mi política, mi única política, la  política novedosa e inédita que mi gobierno, en forma efectiva y limpia, implementó. La que me llevó hasta el pueblo más recóndito del Perú, la que tuvo como principal sustento no a las armas, ni a la violencia, sino a la persona humana. Esa persona que rescatamos del terror,  esa  que defendimos en su principal derecho, su derecho a la vida, esa por la que trabajamos mañana, tarde y noche y que, finalmente, convertimos en nuestro mejor aliado.

 

“Señores de este Tribunal: esta fue mi política y mi obra, con la que devolví la paz y la estabilidad a 26 millones de peruanos y peruanas, hecho que, estoy seguro, la historia registrará.

“Quisiera precisar que tengo dos profesiones, una de ingeniero agrónomo y otra de matemático con post grado, pero no soy abogado, ni he estudiado Derecho. Pero las circunstancias me han obligado a adquirir elementales conocimientos de la materia, no para defenderme jurídicamente, sino porque me interesa conocer a fondo aquello por lo que se me acusa.

 

 

“Lo primero es que estoy convencido de que ni a la Fiscalía, ni a la parte civil les asiste la razón. ¿Por qué tener que cargar con todo el peso de la acusación? Mi interés es analizar cuál es el camino, o tal vez el laberinto, por el cual me pueden atribuir el cargo de homicidio calificado con el que me acusan. ¿Cómo se llega a esta acusación? ¿Se trata de un tinglado jurídico, un andamiaje jurídico, a lo Frankestein?

 

 

“Durante aproximadamente 160 audiencias, he estado tratando de descifrar, para por lo menos hacer un raciocinio básico, con ciertos fundamentos en el derecho procesal. He leído y releído algunos tratados sobre la materia, de autores peruanos, como los magistrados César San Martin y Fidel Rojas. Sobre esta base, mi conocimiento de lógica y mi sentido común, es que he llegado a la conclusión de que se trata de un andamiaje probatorio, como se dice, pegado con babas.

 

 

“Para mí, la acusación y la realidad de los hechos están a distancias siderales. No me queda la menor duda de que, en lugar de estar probada mi culpabilidad, está probada hasta la saciedad la inconsistencia de sus acusaciones. La Fiscalía y la parte civil me acusan y sostienen que para esta acusación hay 90 testigos, 500 documentos, 20 audiovisuales, pero en ninguno de ellos se demuestra mi participación en los delitos, ni se sustenta las razones, ni la motivación que habría tenido para cometerlos.

 

 

“Mis acusadores afirman reiteradamente que ´está probado hasta la saciedad´que yo dirigí y di las órdenes, o la orden, para los crímenes de Barrios Altos y La Cantuta, así como la orden inicial, pero no muestran ni una prueba, ni un indicio consistente de mi involucramiento en esos hechos.

 

 

“Testimonios de referencia o de oídas, que en palabras simples son chismes y rumores, documentos o copias de estos documentos, o planes sin firma de los que no se verifica su validez, dichos de testigos que están vivos y, sin embargo, no fueron citados por la Fiscalía a declarar en la etapa testifical, pruebas ex profeso fabricadas para el proceso, tales como los videos de algunos periodistas antifujimoristas hechos a la medida para culparme, transcripciones y versiones de acogidos a la colaboración eficaz, y frases sacadas de su contexto.

 

 

“A partir de un pedazo de hielo han deducido un iceberg; a partir de una chispa, un incendio; a partir de una reunión, una sociedad criminal; de la palabra ‘eliminar’ han saltado a ´asesinar´; de mi cargo de presidente han deducido que tenía que saberlo todo; de mi condición de jefe supremo de las Fuerzas Armadas, que podía dar órdenes militares; un exceso o desobediencia han querido transformarlos en una política de Estado. Por eso han construido este tinglado que presentan como jurídico. Mis acusadores han mostrado partecitas sueltas de lo que quieren, pero no el total. Ni una sola prueba, porque no las hay.

 

 

“Yo me he puesto a analizar cómo se ha construido este tinglado. Como acusado, no tengo que probar mi inocencia, la Fiscalía y la parte civil están en la obligación de probar la culpabilidad. Y ninguno de los cerca de 80 testigos, ninguno de los 600 documentos que han pasado en más de 150 audiencias por aquí, en estos 15 meses, ha podido probar que haya ordenado o participado en los asesinatos de Barrios Altos y La Cantuta.

 

 

“Tanto así, que en una entrevista televisiva con una periodista, el fiscal Guillén no pudo contestar cuál es la prueba que tiene para acusarme. La periodista le insistió varias veces, pero sólo respondió con evasivas. Lo mismo pasó con la entrevista del fiscal Peláez con otro periodista ante la pregunta reiterativa de ´dónde está la prueba´. Nunca la respondió. Ambos, lo único que demostraron fue dudas e incomodidad ante las insistentes preguntas.

 

 

“Señor Presidente, aquí la Fiscalía y la parte civil han lanzado una serie de pretendidas pruebas, diversas y contradictorias, que no prueban nada, ni respetan la más elemental lógica. Si yo usara la lógica del señor Fiscal, debería concluir que uno más uno es cinco, y que dos más dos es diez.

 

 

“Y es así que se dice que, por el hecho de pernoctar en dependencias militares como el SIE o el SIN, yo tenía que conocer las actividades criminales del denominado destacamento Colina. Pero la verdadera razón por la que mi familia y yo no podíamos permanecer dos días continuos en un sólo lugar era porque estábamos considerados un blanco potencial de instalazas y morteros. Por eso teníamos que cambiar de residencia y de rutas constantemente. Así fue como había recibido el país y, dicho sea de paso, de un gobierno democrático, que se autodefinía como más democrático que el de Fujimori.

 

 

“Estas son las pruebas con que pretenden sustentar sus acusaciones. Hablan por sí mismas de su total falta de coherencia y de solidez. Más bien hablan de su mala fe.

 

 

“Con mayor énfasis, rechazo con firmeza la imputación central; es decir, la acusación de que en mi gobierno se aplicó una estrategia de guerra sucia a través de un pretendido aparato paralelo de poder y por dominio de una organización criminal que yo habría encabezado.

 

 

“Tampoco se ha demostrado en estas más de 150 audiencias dichas acusaciones. Voy a detenerme en algunas de esas imputaciones y pretendidas pruebas.

 

 

“Lo he dicho: soy un hombre pragmático, con formación en matemáticas. Por consiguiente, en lógica y en lógica de lo racional, no de la sinrazón.

 

 

“Es por ello que he seguido detalladamente la lógica y el raciocinio de mis acusadores, ese es el idioma que yo entiendo. Es también una herramienta del Derecho, ya que las interpretaciones en este campo tampoco pueden ser arbitrarias. Tienen que someterse a reglas básicas. No pueden basarse en la lógica del hígado, de la irracionalidad, del odio y la venganza.

 

 

“Estoy convencido de que aquellos que han seguido este proceso por la televisión se estarán preguntando: ¿y dónde está la prueba? ¿Dónde está la orden de que Alberto Fujimori creó el grupo Colina? ¿Dónde, la prueba de que aplicó la guerra sucia? ¿Dónde está la prueba de que el Chino es un homicida?

 

 

“¿Es una prueba, o son conjeturas y suposiciones?

 

 

“Y es que, si esas pruebas existieran, habríamos visto a alguno de los numerosos testigos que desfilaron por esta Sala sostener con firmeza un ´yo lo vi´ o ´yo fui testigo´ o ´yo lo escuché´. Y lo que se ha visto, por el contrario, es una serie de vaguedades, inferencias y suposiciones.

 

 

“Al final, cuando el Presidente de la Sala preguntaba a los testigos de cargo: ¿le consta?, lo único que se escuchaba por respuesta era ´no me consta´.

 

 

“Y esto es aún más grave cuando sabemos que es la certeza total de una prueba la que se requiere para desbaratar la presunción de inocencia.

 

 

“Si algo ha caracterizado la acusación fiscal, es precisamente su falta de solidez y, por ello, su falta de coherencia. En un comienzo se me acusaba de haber ordenado directamente al destacamento Colina, pero cuando constatan que no tienen pruebas para mostrar esas órdenes, y que podían naufragar al no poder exhibir dichas órdenes, entonces recién es que la acusación deriva a haber encabezado el dominio de un aparato de poder paralelo, de una organización criminal.

 

 

“Pero, ante esto último, no pueden exhibir nada, no han exhibido nada. El fiscal Guillén sólo hace reiteraciones, como quien machaca para ver si algo queda.

 

 

“Dicen que yo fui ‘el autor detrás del autor’, y que no tenía por qué saber del operativo, ni de quiénes lo iban a realizar. Sostienen que al encabezar, según su versión, una organización criminal, me bastaba dar sólo una orden inicial y genérica y que ya lo demás caía por su propio peso, según mis acusadores, porque esa orden era imposible que alguien la desobedeciera. Pero esta supuesta orden no se podía obedecer, ni desobedecer, sencillamente porque nunca se dio, y porque además nunca se probó que yo encabezara organización criminal alguna.

 

 

“Niego rotundamente que yo diera alguna orden, en un escenario supuestamente paralelo, en aplicación de una guerra sucia para derrotar al terrorismo. Niego las órdenes específicas que en un inicio me imputaban con respecto a las matanzas de Barrios Altos y La Cantuta, y las órdenes verbales, ya sea la orden inicial y genérica que ahora se me atribuye con el fin de sostener su acusación y de hacerla encajar en su nueva teoría para incriminarme, y más aún niego haber dado órdenes verbales de carácter militar-operativo, menos para un asesinato.

 

 

“En esta línea zigzagueante y hasta contradictoria de mis acusadores, éstos han sostenido argumentos diversos, como que yo conformé un aparato de poder paralelo y ordené una guerra sucia para resolver de manera más eficaz y expeditiva la lucha contra el terrorismo. Sólo una mente desquiciada podría concebir algo tan contradictorio. Pero también han dicho que lo hice porque mi objetivo era perpetuarme en el poder. ¿Con qué lógica política puede sustentarse esta afirmación?

 

 

“Francamente, no creo que el Supremo Tribunal pudiera considerar una frase dicha en esta Sala en el sentido de que estaba probado que quien habla ordenó los asesinatos con el fin de perpetuarse en el poder. No podría ni siquiera imaginarlo.

 

 

“Niego con firmeza la existencia de algún aparato paralelo de poder. Con esta premisa se quiso inferir cargos diversos, que el doctor Nakazaki se ha encargado de desbaratar. Conclusiones que en su totalidad niego rotundamente, e insisto: se trata de una premisa que no ha sido en absoluto probada en esta Sala.

 

 

“Insisto: ¿se podría así tener una sentencia que diga que se encuentra probado que el acusado encabezó un aparato paralelo de guerra sucia? Me cuesta creer que el Ministerio Publico, por más odio institucional que tenga al fujimorismo, pretenda concretar una sentencia de este tipo.

 

 

“Mi trayectoria demuestra, mucho antes de que fuera presidente de la República, que nunca he rehuído los retos, que como matemático e ingeniero siempre he pensado que para un problema siempre hay una solución racional, y que para resolver estos problemas con rapidez y eficacia nunca he necesitado recurrir a nada sucio, salvo a mis zapatos con que recorrí todo el Perú.

 

 

“Señores, yo ejercí un único poder: el poder que el pueblo me delegó. Y si los fiscales Guillén y Peláez quieren hablar de aparato de poder, tengo que decir que el único poder que tuve fue el aparato íntegramente dedicado a solucionar los problemas gravísimos del Perú y de los peruanos y peruanas. Ese fue mi campo de acción, mi escenario de trabajo cotidiano.

 

 

“Con estrategia, paciencia y metodología, hasta temas considerados imposibles, como fue el caso de la solución del problema fronterizo con el Ecuador o el rescate de los rehenes de la Embajada de Japón, esos gravísimos problemas, entre los cuales estaba el terrorismo, constituyeron mi campo de acción. Esos fueron mis escenarios naturales de trabajo, escenarios de retos y dificultades que jamás eludí.

 

 

“La verdad es que, a falta de pruebas, la parte contraria se las ha ingeniado para maquillar referencias aisladas y rumores y transformarlos en algo que pueda pasar como prueba. También han querido aplicar la teoría de la autoría mediata para que les resulte más fácil llegar a mi condena a como dé lugar.

 

 

“Y en ese intento, para poder aplicar su teoría, no han tenido mejor idea que comparar a Fujimori… ¡con Abimael Guzmán! Es que sostienen que, como esa teoría se le puede aplicar al cabecilla terrorista, entonces, ¿por qué no aplicársela a Fujimori? Mejor, así bajamos a Fujimori del nivel de presidente al del líder senderista. De esta manera, pensarían, le podríamos dar un golpe político.

 

 

“Esta idea maquiavélica proviene nada menos que de quienes afirman, con gran énfasis, que mi culpabilidad está totalmente probada. ‘Probada hasta la saciedad’, han dicho en esta Sala. Pero, al mismo tiempo, solicitan al Tribunal que no sea tan riguroso en valorar sus pruebas, para que les hagan mas fácil la tarea de condenar a Fujimori. Dicen que no se requiere de ´papelitos´.

 

 

“Aquí nuevamente hago notar que el móvil de la parte civil y del Ministerio Público es el odio personal. Un odio político no sólo declarado contra mí, sino, repito, contra todo el fujimorismo, que no les permite distinguir entre la prueba y el odio que destilan.

 

 

“Es así como quieren vincularme a ese aparato paralelo, supuestamente creado en el SIN, por hechos como haber pernoctado en sus instalaciones. Olvidan que en el año 91 yo no viví, ni pernocté en las instalaciones del SIN, y es que en aquel año el local del SIN no era sino un local vetusto, pequeño y sin mayor acondicionamiento. Una prueba, además, de que los gobiernos que me antecedieron no le habían dado importancia al tema de la inteligencia.

 

 

“Dice el Fiscal que en su acusación me reprocha por no haber dado una respuesta institucional, sino por los supuestos métodos de guerra sucia que, a decir de ellos, yo ordené aplicar. Yo le respondí en la audiencia anterior que hubo una única respuesta institucional. Entonces, se me juzga por algo que ocurrió durante mi gobierno, pero que ocurrió como una excepción, como una desviación a mi política de pacificación, como un quiste que puede aparecer en cualquier organismo sano, como apareció al interior de la política sana y limpia que fue la respuesta institucional y del presidente Fujimori frente al terrorismo.

 

 

“¿Fue parte de la política institucional del gobierno de Alan García exterminar a campesinos en Cayara y Accomarca? ¿Fue parte de la política institucional de Fernando Belaunde los cientos de desaparecidos que ahora se están descubriendo en el cuartel Los Cabitos y en las fosas comunes de Putis?

 

 

“¿Qué diferencia hay? ¿Por qué Alan García y Fernando Belaunde son inocentes y Alberto Fujimori es culpable? ¿Por qué la doble vara?

 

 

“En Cayara y Acomarcca más bien hubo abandono de parte del Estado, hubo una política errática, tal vez no de matanzas, pero sí errática. Una ausencia de política que agregó muertes a las muertes de Sendero Luminoso y el MRTA.

 

 

“Señor Presidente, ninguna política en ningún lugar del mundo, y menos en un contexto excepcional como el que vivíamos, puede llevar el sello de garantía de su total cumplimiento.

 

 

“La Fiscalía presenta como una de sus pruebas fuertes la famosa carta o memorandum de felicitación. Sostiene que tuvieron como fin respaldar políticamente las actividades que iba a desarrollar el destacamento Colina en gestación. Pero agrega que, sobre todo, fue para el reconocimiento del destacamento Colina por parte del Ejército como órgano ejecutor de la pretendida orden inicial que yo habría dado, a decir del Fiscal. Esta es la única ´prueba´que presenta para sustentar el supuesto nexo entre quien habla y el destacamento Colina.

 

 

“Señores, cuando firmé esa carta, esos documentos, nunca pasó por mi mente que algún día se los pudiera interpretar como un gesto de respaldo a un destacamento en gestación cuya misión fuera la de asesinar. Esa carta, simple y llanamente, felicita a un grupo de analistas ¡y punto!

 

 

“Pero, ¿qué lógica puede llevar a los fiscales a querer presentar como una de sus pruebas fuertes mi firma sobre una carta o dos memorandos de felicitación, de entre los cientos de documentos administrativos que yo cumplía con el trámite de firmar casi a diario, en horas de la madrugada, terminada una más de las duras jornadas de trabajo que cumplía todos los días?

 

 

“Pero, además de estas cartas de felicitación y memorandos, que no eran cartas de felicitación al destacamento Colina, yo les hubiera dado en la yema del gusto a los terroristas si me pasaba horas de horas metido en problemas de papeles, leyendo documentos burocráticos y desatendiendo problemas de vida o muerte, como el terrorismo y los problemas económicos que castigaban duramente al Perú de aquellos años.

 

 

“Los razonamientos de la Fiscalía lindan con la irracionalidad. Así, ¿el nombramiento de Montesinos el 24 de enero de 1991 era la orden inicial? ¿Cómo se llega a esta conclusión?

 

 

“Montesinos fue nombrado asesor del SIN y punto. ¿Cómo entonces puede deducirse que esa resolución de nombramiento significaba la orden inicial? ¿Podría darse una sentencia en que se diga, en condición de certeza, que el acusado dio la orden inicial con el nombramiento de Montesinos, el 24 de enero de 1991? Yo, en cambio, llego a la conclusión de que no se ha podido demostrar esa orden inicial.

 

 

“Pero además sabemos que, de las diez personas objeto de ese reconocimiento o felicitación, la mayoría, seis de ellas, nunca conformaron el destacamento Colina. ¿Cómo podía hablarse entonces de una felicitación al destacamento Colina? Es como si los peruanos felicitáramos a la Selección porque, de los once jugadores, cuatro jugaron bien aunque Brasil nos terminó ganando.

 

 

“Es bueno recordar que, desde un inicio en este tema de la carta de felicitación, mis acusadores sostuvieron que era la prueba de que yo estaba felicitando al destacamento Colina por los asesinatos de Barrios Altos. Claro, hasta que vieron bien que era de agosto de 1991, y recién se percataron de que esas cartas o memorandos eran de fecha anterior a dicha matanza.

 

 

“Ahora, comparando fechas, ha quedado claro que el reconocimiento o felicitación fue, en efecto, anterior a la creación del destacamento Colina. Y es que ese reconocimiento estaba respondiendo al pedido formal de un reconocimiento para un grupo de análisis de inteligencia estratégica, aunque detrás de ello hubiera la intención oculta de beneficiar con este reconocimiento a tres personas allegadas al entorno personal del ex asesor de Inteligencia.

 

 

“´Es imposible concebir un destacamento Colina operando a espaldas del ex presidente Fujimori´, declaró enfáticamente el fiscal Guillén. Pero, entonces, yo le planteo con todo derecho que pruebe que este destacamento Colina estaba operando a espaldas de Fujimori. Es una afirmación que no tiene sustento. No más sustento que un juego de palabras mal intencionadas, siempre destilando odio y ánimo de venganza. Pero de pruebas, nada de nada.

 

 

“Y entonces, ¿cómo es que yo le ordeno a Montesinos para que éste le ordene a su vez al destacamento Colina la ejecución de esa supuesta guerra sucia? ¿Con qué pruebas? ¡Por lo menos un indicio! Se afirma y se sigue argumentando, con el mismo énfasis con que se han dicho tantas cosas a la ligera. Como, por ejemplo, se repitió hasta la saciedad que una de las camionetas que se utilizaron para la incursión condenable de Barrios Altos le pertenecía a mi hermano Santiago, hecho que quedó totalmente demostrado que era falso, una de tantas falacias sin pies ni cabeza.

 

 

“Es por eso que no han podido mantener una misma línea en su acusación y han usado diversas variantes. Han hecho un juego de palabras, reiteraciones. Y, como para que no se note mucho, le han pedido a este Tribunal que relaje, que flexibilice, que no haga caso de formalidades. Todo orientado a que les despeje el camino hacia mi condena. Me pregunto para qué si, según ellos, la culpabilidad de Fujimori ‘está probada hasta la saciedad’. Así se me acusa, y así se me quiere condenar.

 

 

“La Fiscalía aduce que yo no sólo me expresaba a través de directivas y por escrito, sino básicamente a través de órdenes verbales que habrían originado el surgimiento del aparato paralelo de poder. Y mis acusadores no tienen mejor idea, para sustentar esas supuestas órdenes verbales, que utilizar como prueba mis propios mensajes al pueblo peruano, o una colección de frases recortadas de aquí y de allá, sacadas de contexto, de parte de las muchas entrevistas que ofrecí a diversos medios de prensa. Algunas incluso editadas y creadas dentro del proceso, diseñadas ex profeso para encajar con la acusación.

 

 

“Como, por ejemplo, el mensaje público en que comunico a la población, luego del terrible atentado de Tarata, que ´me comprometo a eliminar al terrorismo y a su veneno´. Y, entonces, se agarran de ahí para sostener, sin el menor empacho, algo que no se puede creer: sostienen enfáticamente que la palabra ‘eliminar’ es lo mismo que ‘matar’. Y entonces concluyen el absurdo de que en ese mensaje Fujimori le estaba diciendo al pueblo peruano, ante micrófonos y cámaras de televisión de todo el país, ¡que iba a asesinar!

 

 

“O sea que, si en esta digna Sala alguien dice que el propósito de este Tribunal es ‘eliminar’ la injusticia, con el mismo criterio se le podría estar acusando de querer asesinar a los fiscales Guillén y Peláez, que acusan con injusticia.

 

 

“Ahí, lo que yo estaba haciendo era usar, en mi condición de líder, una palabra oportuna y adecuada para el escenario que vivíamos. Era una palabra firme y contundente, con el fin de generar confianza en una población ganada por el miedo. Era también una forma de mensaje psicológico. Con ello, nunca pretendí decir que eliminar era matar. La población tenía que sentir que había un mando político, un liderazgo. Y lo digo en un mensaje público, además.

 

 

“Creo que, para cualquier peruano, esa palabra -‘eliminar’- puede significar ‘quitar’, ‘separar’, ‘alejar’ o ‘expeler´. Y creo que todos aquí sabemos que las palabras también pueden usarse en sentido figurado o literario.

 

 

“(Son) declaraciones públicas que di, principalmente en el primer quinquenio de mi gobierno, con el fin de infundir confianza y tranquilidad en la población. La Fiscalía parte de esas declaraciones periodísticas para sostener que yo tenía un comando directo sobre la lucha contra el terrorismo desde la conducción personal y directa de un aparato paralelo de poder, cuando lo que yo tenia era una conducción política.

Se toma mis palabras coloquiales, dadas en una entrevista, como si se tratara de un documento diplomático en el que hay que cuidar prolíjamente cada palabra que se dice. Así, toman declaraciones sacadas de contexto o desvirtuadas. Como cuando menciono, por ejemplo, que ´no era un comandante figurativo, sino un comandante de verdad´. Yo, por supuesto, no estaba usando la palabra ‘comandante’ en el sentido castrense del término. Como cualquier persona, utilizaba ese término en el sentido de conducción y de liderazgo, como cuando decimos que un jugador de fútbol comanda el ataque.

 

 

“Es cierto también que invoqué mi condición de jefe supremo de las Fuerzas Armadas, pero eso no quiere decir, como pretenden hacer creer la Fiscalía y la parte civil, que yo tuviera que tener un conocimiento y una injerencia en todo. No quiere decir que yo diera órdenes de carácter operativo-militar. Ahora, ¿en razón de qué tendría que invocar mi condición legal de jefe supremo de las Fuerzas Armadas si, según la tesis de la Fiscalía, yo era el todopoderoso ´hombre de atrás´ de un aparato paralelo de poder oscuro e ilegal?

 

 

“Esa es la lógica de mis acusadores.

 

 

“Con ese mismo criterio, la Fiscalía resalta como otra de sus pruebas el discurso que el general Hermoza habría pronunciado el 27 de junio de 1992, en el denominado ‘agasajo a los miembros del destacamento Colina’. El Fiscal asegura que otra prueba de que Fujimori era quien lideraba la estrategia aplicada por el destacamento Colina es que, en ese discurso, el General señala que ´ahora sí tenemos la decisión política´. Sí, pues, había la decisión política, pero la decisión política de encarar al terrorismo. Una decisión que no habían tenido el gobierno de Fernando Belaunde, ni el primer gobierno de Alan García. ¿O creen los peruanos que vivieron esa época que hubo decisión, voluntad política o estrategia, además de involucramiento para encarar el terrorismo?

 

 

“Mi gobierno se ha caracterizado por tomar decisiones políticas cuyos resultados aún se sienten y todavía van a perdurar. ¿Qué es, si no, la gran reforma del sistema económico y democrático plasmada en la Constitución de 1993, que yo impulsé, base de la tranquilidad y progreso del Perú actual? Y es que la decisión fue una característica de mi gobierno. Sin decisión, tomada de manera inteligente y expeditiva, el terrorismo habría decidido antes que nosotros. Y habría vencido el terror.

 

 

“Mi gobierno sólo recogió el clamor de nuestros propios combatientes en zonas, sub zonas, unidades, sub unidades y áreas, que clamaban por decisión política. Y decisión política es decisión, liderazgo político en la conducción de la guerra. Yo tomé la conducción política de la lucha contra el terrorismo en el descabezamiento de las cúpulas terroristas –que no se diga ahora que ´descabezamiento´ significa ´cortarles la cabeza´-, en la adhesión de la población, en la recuperación de las universidades públicas, en el control y eliminación de los paros armados, en el control y eliminación de los coches bomba, en la conformación de los comités de autodefensa. En todo eso soy el responsable.

 

 

“No hay que confundir al pueblo. Yo sí tenía la capacidad de decidir, y así lo hice. Ejercí mi capacidad de decisión, pero no para dar órdenes de carácter militar-operativo, y menos en la negada cadena de mando que mis acusadores han diseñado a medida de su renovada teoría del dominio de la organización, por medio de la cual ahora pretenden vincularme con el destacamento Colina y la aplicación de una guerra sucia a través del general Hermoza y el ex asesor Montesinos. Con el destacamento Colina que nunca he conocido, pero del que hasta hace poco insistían en considerarme integrante, como refiere la acusación de la Fiscalía.

 

 

“A manera de pregunta, ¿el fiscal Guillén ha probado mi nexo con algún miembro del grupo Colina? ¿Ha probado que yo le di la orden inicial a Montesinos? ¿Ha probado que yo di las órdenes para ejecutar las matanzas de Barrios Altos y La Cantuta? ¿Qué es lo que ha probado en concreto? Nada de nada.

 

 

“Otra de las pretendidas ´pruebas´ presentadas en audiencia son las que se refieren a la supuesta voluntad de impunidad y ocultamiento de mi gobierno, cuando derivamos el procesamiento de terroristas a los tribunales militares y jueces sin rostro. Pese a no tener, como presidente, ningún vínculo funcional con el fuero militar, yo destaco la labor fundamental que cumplieron ambas instituciones en la lucha contra el terrorismo. No es un secreto que en la época del terror los jueces civiles mismos no querían asumir esa función, por temor a represalias; que quienes juzgaban, por ese mismo temor terminaban dejando libres a los terroristas. Así de cruda era la realidad.

 

 

“También es cierto que los tribunales militares y los jueces sin rostro cometieron graves errores, que se plasmaron en condenas a inocentes acusados de terrorismo. Mi gobierno se encargó de repararlos, mediante una suerte de indulto que, como explicó el doctor Nakazaki, era la corrección de sentencias judiciales erradas, ¡más de 500!

 

 

“Eso se convertía en un círculo vicioso, ya que quienes a costa de su vida e integridad capturaban a asesinos terroristas, al poco tiempo veían cómo éstos salían en libertad, con el consecuente peligro de una represalia. No es difícil imaginar la indignación que podía producir, en aquel contexto de terror, el hecho de exponer la vida sin ningún motivo.

 

 

“Sobre este mismo punto, de pretendido ocultamiento, se me acusa de no haber hecho nada pese a, según mis acusadores, contar con suficiente información consistente y fundamentada. En ningún nivel, ni en ningún momento se me informó que se trataba de un destacamento de la muerte, o de miembros del Ejército o de Inteligencia, los que cometieron los crímenes de Barrios Altos y La Cantuta. Por lo demás, como ya lo he dicho en varias oportunidades, la Policía y la Fiscalía estaban realizando sus investigaciones. Tampoco en ninguno de los atentados -sea el de Tarata, el de Sol Gas o el que causó la muerte de Maria Elena Moyano- hice presencia o indagación personal, porque, primero, no estaba en mis funciones y, segundo, porque los problemas del país -el terrorismo en particular- no me daban tregua. Había que seguir, por cierto lamentando las muertes regadas en el camino.

 

 

“Por eso, no puede decir el Fiscal que mi supuesta culpabilidad ‘se ve aquí con mayor nitidez’, porque, según él, oculté y di facilidades a un grupo del que dice que su única misión era el asesinato de personas. ¿Qué plan tan macabro y siniestro podría concebir, a través de esa supuesta orden de la matanza de Barrios Altos, cuando al mismo tiempo tenía en mis planes construir un imponente colegio al costado de la calle Huanta, frente a la Plaza Italia? O, como ya lo dije, después de una intervención militar con bases de acción cívica en la universidad de La Cantuta, ¿iba a ordenar el asesinato de La Cantuta para vengar el atentado de Tarata? ¿Cuando lo más lógico hubiera sido capturar y detener a esos estudiantes y el profesor, supuestamente involucrados en el atentado de Miraflores, para obtener información que condujera a los mandos terroristas?

 

 

“Por primera vez se identificó bien la esencia del terror y pudo combatírselo con las armas eficaces de la paz. Lejos quedaron los métodos puramente represivos y brutales con que los gobiernos que me antecedieron pretendieron combatir al terrorismo. Gobiernos que cometieron el grave error histórico de no diferenciar claramente al campesino indefenso del terrorista, de no entender lo que yo sí entendí desde un inicio: que nuestro aliado fundamental en la lucha contra el terrorismo tenía que ser el pueblo.

 

 

“Con respecto a la imputación de que no hice caso de supuestas denuncias sobre violaciones de derechos humanos, basada en que no habría atendido la denuncia del general Robles, del año 93, sobre los hechos de La Cantuta, reitero: al general Robles lo invito a Palacio a conversar el 6 de mayo, a que me informe. Sin embargo, él opta por asilarse en la Embajada de Argentina, con el fin de auto exiliarse, incurriendo de esta manera en una grave falta castrense de insubordinación que implicaba la baja. Lo único que me cabía era respetar las sanciones correspondientes, dadas por el alto mando. Pero, reitero, al general Robles yo lo invito a conversar a Palacio luego de su denuncia, y él no asiste prefiriendo, no sé por qué razones, auto exiliarse en la Argentina. Por mi parte, converso con el entonces ministro de Defensa, Malca, quien me dice que no existe ningún grupo de aniquilamiento.

 

 

“Pero otra de las numerosas y variadas afirmaciones lanzadas por mis acusadores es que el SIN fue la fábrica de mis discursos. Es cierto que allí se prepararon algunos borradores de documentos que yo encargaba, pero lo real es que la casi totalidad de mis discursos y mensajes yo los preparaba personalmente junto a mi secretario de Prensa. Y es que notaba que el estilo de redacción en dependencias como el SIN seguía un molde militar que no interpretaba, ni recogía la esencia de mis pensamientos. Por lo demás, nunca conocí al asesor Merino Bartet ,como él mismo lo ha declarado en esta Sala.

 

 

 

Comisión de la Verdad

 

 

“Aunque suene a paradoja, esta Comisión, que registra que mi gobierno fue en el que descendieron drásticamente las ejecuciones extrajudiciales y desapariciones forzadas, es el mismo que me acusa de aplicar una guerra sucia sobre bases tan sólidas como un video -el video en el que, a partir de un gesto y del señalamiento de una silla vacía, se pretende inferir mi culpabilidad-, o como presentar al ex asesor de Inteligencia como mi representante personal ante el Consejo Nacional de inteligencia -un ente que no existía y que, si a lo que se pretendió aludir es al Consejo Superior de Inteligencia, olvidó que quien habla nunca lo integró-. Esa es la verdad de esta Comisión.

 

 

“Y aunque, en el papel, esta Comisión no tiene efecto vinculante, ni sustituye al poder Judicial, lo cierto es que su influencia y vinculación con lo sostenido por organismos o entidades como la Corte Interamericana de Derechos Humanos y el Tribunal Constitucional, ha sido evidente.

 

 

 

Desviaciones o desobediencias

 

 

“La Fiscalía y la parte civil sostienen que la supuesta orden criminal pudo materializarse porque no contó con un órgano público de control, que esta orden fue dictada para que se cumpla inexorablemente, y que nadie estaba en condiciones de contradecir o de parar esa orden. Señores, si aún en épocas de paz y tranquilidad y en las más diversas instancias, cualquier orden o disposición general es desobedecida por alguien todos los días; si aún en este mismo momento en algún rincón del país, alguien está yendo en sentido contrario de las normas establecidas, ¿cómo se podía garantizar un cumplimiento sin grietas, una obediencia al cien por ciento en un contexto de terror como el que vivimos los peruanos?

 

 

“Quienes dicen que mis órdenes se tenían necesariamente que cumplir, que era imposible que no se cumplieran viniendo de una supuesta organización criminal, desde el supuesto aparato paralelo de poder, ignoran algo fundamental de los infiernos de la guerra, más aún de la guerra que el Perú vivió por esos tiempos. Y es que, Señores de este Tribunal, en el escenario siniestro del terror, todo, hasta los hábitos y los principios más sólidos, puede descolocarse. No necesariamente porque uno haya cambiado, sino porque fue lo que nos rodeaba lo que cambió distorsionando como un espejo de feria nuestras percepciones y, por lo tanto, nuestras respuestas y reacciones.

 

 

“La de esos testigos que no vieron, ni escucharon con sus propios ojos u oídos, sino sólo pueden decir que alguien les dijo, ¿será acaso la lógica de la vecinita, que dice que el vecino dice que le dijeron?

 

 

“Ese brinco reiterado de una premisa a una conclusión, dejando un gran vacío en el medio de las dos, ha sido la constante en mis acusadores. Han saltado a la garrocha en sus sustentaciones, dejando de lado cualquier sustento lógico y técnico, para dar la impresión de ‘la prueba’, pero no para mostrar la prueba. Creo, señor Presidente de esta Sala, que de estas supuestas pruebas no se puede llegar a ese nivel de convicción necesario para condenarme, necesario para condenar a cualquier persona en razón precisamente de sus derechos más elementales. Esos derechos humanos que predican mis acusadores, pero que, cuando se trata de Fujimori, pisotean como lo han hecho aquí, en esta misma Sala, al pedir al Tribunal no la justicia, sino la condena de Fujimori. Total, para la lógica de algunos de mis acusadores, la prueba parece ser lo de menos.

 

 

 

Testigo Jara

 

 

“Sucede con algunos testigos presentados por el Fiscal, que juraron decir la verdad y anunciaron, incluso en los medios, que iban a venir con ´la prueba definitiva y contundente´ contra Fujimori, que terminaron presentando documentos que ya deben haber pasado a la historia del folklore judicial, como aquel Manual de Infantería del Ejército que el periodista Umberto Jara presentó como la gran prueba que me acusaba. ¡Un manual, un texto del año 1984! Es decir, cuando yo ni pensaba en ser candidato a presidente de la República. Pero, ¿qué lógica es esa?

 

 

“Como la lógica que me acusa a partir de un gesto y una silla vacía en uno de los vídeos presentado por la Fiscalía, es un ejemplo más de la interpretación sesgada con que se pretende construir el rompecabezas forzado de mi supuesta culpabilidad.

 

 

“En más de 150 audiencias no han podido mostrar una sóla prueba que condene a Fujimori. Se me ha acusado no con la verdad de la prueba, sino con la apariencia, con el maquillaje de la prueba. Pero la línea zigzagueante y contradictoria de mis acusadores llega a su punto más revelador cuando uno de los abogados de la parte civil llega al extremo grotesco de argumentar, como una nueva teoría, que Fujimori hizo lo que hizo ya no para perpetuarse en el poder, ya no para buscar una respuesta mas eficaz y rápida, sino por lo que el representante de la parte civil ha llamado literalmente ún desprecio que Fujimori sentía por los más pobres del país´. Y sostiene con total ligereza que ´no es casual que todas las personas que fueron ejecutadas en Barrios Altos y La Cantuta fueran provincianos´. Y, en el colmo del absurdo, se permite sostener que ´para Fujimori, ser pobre y provinciano eran condiciones más que suficientes para acabar con sus vidas´. Este, Señores, es otro más de los argumentos que se han esgrimido aquí. Estas son las pruebas de la voluntad de mis acusadores que aquí, en esta Sala, lo que han pedido no ha sido justicia, sino castigo y condena para Fujimori.

 

 

 

Persona humana

 

 

“He escuchado con atención la introducción del fiscal Peláez en su alegación con respecto a la importancia y la dignidad de la persona humana. Resulta innecesario decir que mi gobierno tuvo como su principal objetivo, como su principal razón de ser la defensa de la persona humana. Y es que, como he explicado, si por algo se preocupó mi política de gobierno fue por las personas mas necesitadas.

 

 

“Debo hacerles recordar que, en el año noventa, la población del Perú no me eligió como político, que no lo era. Esa población me eligió como técnico, como profesional, pero principalmente como persona, como la persona en que, intuyeron, podían volver a confiar.

 

 

“Señores, estas son las pruebas de mis acusadores. Yo simplemente las he exhibido en su verdadera dimensión, en su limitada dimensión. Hoy subrayo esto, porque he escuchado con atención la introducción del fiscal Peláez en su alegación con respecto a la dignidad de la persona humana, que no puede ser un medio, sino el fin supremo del Estado.

 

 

“El pueblo, los más pobres y olvidados del Perú conocen bien lo que su presidente, el ´Chino’, hizo por ellos y, sobre todo , junto a ellos. Ya sea un colegio, una posta medica, un camino o una carretera o, quizás, el sólo abrazo, mi sola presencia que, creo no equivocarme, es lo que valoraron más. Porque en muchos de esos pueblitos alejados, yo era el primer presidente que veían, luego de tanto tiempo de olvido. Yo era la personificación de un Estado que les dio la espalda durante tantísimo tiempo.

 

 

“Quienes nada hicieron frente al avance del terrorismo, quienes tuvieron que hablar y callaron, quienes debieron nombrar, señalar, advertir y no lo hicieron, resultaron siendo mis más creativos y enconados perseguidores. Mas allá de una sentencia, yo podré dormir tranquilo, porque cuando el Perú me lo pidió, yo sí estuve a la altura de los retos que me impuso, y podré seguir pensando y trabajando por lo mismo que me motivó a ingresar a la política: por los más pobres del Perú.

 

 

 

Derechos humanos

 

 

“Como ya mencioné en la audiencia anterior, personalmente había recorrido el Perú como rector y como simple ciudadano, y percibido las enormes injusticias contra poblaciones nativas, la discriminación y el maltrato hacia los campesinos, hacia los más indefensos.

 

 

“Los derechos humanos de esas comunidades eran pisoteados a diario, personas tratadas como ciudadanos de segunda categoría, incluso por militares y policías de la década equivocada de los ochenta y su inercia, a inicios de mi gobierno. Estas personas fueron objeto de las preocupaciones centrales de mi gobierno. Quería reivindicarlos en sus derechos y por ellos trabajé con obras de infraestructura, así como dándoles salud, una educación que respetaba al mismo tiempo su identidad y su acervo. Y no sólo con los campesinos, sino también con los marginados de las ciudades, de esos llamado conos, caracterizados por todo género de olvidos, y la presencia terrorista. Yo los incorporé a mi agenda cotidiana y, con ello, a sus más elementales derechos.

 

 

“Era consciente de que, en toda la década de los ochenta, las violaciones a los derechos humanos por parte de los terroristas, e incluso por obra de las propias fuerzas del orden, ocurrían casi a diario. Violaciones que siguieron ocurriendo por efecto de la inercia misma en los inicios de mi gobierno. Es por ello que recorrí el país dando disposiciones de cumplimiento irrestricto de los derechos humanos, para que no se viera más a inocentes como terroristas sólo por causa de rumores, acusaciones sueltas o testimonios de oídas. Esa ha sido parte de mi política.

 

 

“En mi gobierno incorporamos este concepto de respeto irrestricto de los derechos humanos a la doctrina misma de nuestras fuerzas del orden. Es por eso que, el 11 de setiembre de 1991, doy la directiva oficial inicial de respetar los derechos humanos, y en ella se establece que el uso de las armas se restringía a aquellos que se resistieran a deponerlas. Y que el control de estas directivas estaba a cargo de las inspectorías militares. Por ello la reducción drástica de las denuncias de desapariciones forzadas, de 1,230 en el gobierno de FBT y 1,682 en el gobierno de AGP, a 586 en la década de los 90.

 

 

“Por otro lado, se respetó escrupulosamente los derechos de los cabecillas terroristas, quienes fueron tratados dentro de lo que establecían las normas internacionales y recluidos en prisiones adecuadas, que se ajustaban a principios humanitarios, prisiones muy distintas de sus llamadas ´cárceles del pueblo´.

 

 

“Ahora, era lógico que quienes cometieron los crímenes más alevosos y terribles, que el Perú no ha olvidado, tenían que cumplir su condena ¿O quizás había otra forma de respetar sus derechos humanos sin caer en el chantaje?

 

 

“Al cabo de un año de gobierno, cuando quiebro esa inercia con la nueva estrategia de pacificación, las violaciones de derechos humanos disminuyeron drásticamente, con lo que se empezó a recobrar la confianza de los pobladores en sus autoridades civiles y militares, a recobrar la confianza entre ellos mismos, a salir de la enorme desconfianza en que habían vivido tantos años.

 

 

“Afirmo con la misma contundencia que nuestra decisión política de actuar en respeto de los derechos humanos no se quedó en simples papeles o en mi directiva, como han sostenido quienes me acusan. En mi gobierno, Señores de este Tribunal, se abrió las puertas de las comisarías y de los cuarteles a los fiscales. En mi gobierno se instituyó un control del uso de las armas por parte de las fuerzas del orden y, asimismo, se estableció la política de reconocimiento de errores judiciales, hechos que no aplicaron los gobiernos anteriores. Hechos que dan cuenta de que, lejos de hablar de impunidad u ocultamiento, en mi gobierno se actuó con rectitud y respeto irrestricto por tan esenciales derechos.

 

 

“¿De qué se me acusa, entonces? ¿De muertes, desapariciones o fosas comunes que no fueron consecuencia de mi política, sino de la inercia de gobiernos anteriores y de la desviación, la excepción o la desobediencia?

 

 

“¿Qué fuentes directas hay, entonces? Yo nunca conocí una inteligencia para matar sino, todo lo contrario, una inteligencia de acercamiento al pueblo. Es por eso que niego contundentemente que yo tuviera conocimiento de que las matanzas de Barrios Altos y La Cantuta fueran cometidas por un destacamento de Inteligencia, antes o después de los condenables hechos. Dejé, como en todos los otros atentados y crímenes, que las autoridades correspondientes actuaran. Porque, como ya dije, la lucha era sin cuartel. Tenía que seguir adelante. Reitero: mi línea, como lo demuestran los resultados, nunca fue la de la violencia o el arrasamiento. Mi línea fue la de la inteligencia estratégica y la paz.

 

 

“Siguiendo en esta línea, permítanme aclarar definitivamente el caso de la denuncia del general Robles, que aquí se ha puesto como ejemplo de que no hacíamos caso de las denuncias de derechos humanos.

 

 

“Señor Presidente, ante la denuncia del general Robles, del año 93, sobre la existencia del grupo Colina, de la que me enteré a través de los periodistas, yo mismo propicio un acercamiento. El 6 de mayo, invito públicamente al general Robles a Palacio de Gobierno, pues estaba interesado en escuchar su información. Pero el General, lejos de responderme, se asila en la Embajada de Argentina. Al hacerlo, incurre en grave indisciplina, en una insubordinación que, en los niveles castrenses, es castigada con la baja. Al asilarse y no tomar contacto con sus mandos , la insubordinación fue inmediata.

 

 

“Se ha señalado también, como ejemplo de esta supuesta impunidad, el hecho de que, cuando el entonces embajador norteamericano Anthony Quainton, me da a conocer su preocupación por el caso Barrios Altos, yo no habría hecho nada. Respondo con firmeza que, allí donde el Fiscal ve impunidad, ya estaba en marcha la investigación de la Fiscalía y la Policía y, además, el informe del Embajador decía claramente que el Presidente parecía no conocer nada del crimen por un grupo militar.

 

 

 

“Es verdad que en mi gobierno se trasladó el juzgamiento de los terroristas al fuero militar y a los jueces sin rostro, decisión que aquí ha sido calificada como herramienta del ocultamiento y la impunidad. Por el contrario, fue una herramienta clave e importantísima en la desarticulación de los mandos terroristas. Señores de este Tribunal, se ha dicho que mediante ello propiciamos la impunidad. La verdad es que, en mi condición de presidente o de jefe supremo de las Fuerzas Armadas, yo no tenía competencia, ni vínculo funcional alguno con el fuero militar.

 

 

“Ya no se quiere recordar cómo los jueces, humanos al fin y al cabo, estaban aterrorizados de intervenir en esos procesos, y ellos mismos pedían el traslado a los tribunales militares. La intervención de los tribunales militares terminó con las ejecuciones extrajudiciales. Estas, hay que decirlo, se daban ante la impotencia que causaba que los tribunales civiles terminaran, casi siempre por temor, dejando libres a los terroristas capturados. Esom Señor, también era defender los derechos humanos.

 

 

“Igualmente, hay que recordar que el establecimiento de jueces sin rostro se basó en experiencias internacionales exitosas de lucha contra el terrorismo, y que hoy algunos que los condenaban empiezan a reconocer su eficacia.

 

 

“Señores de este Tribunal, se me acusa de haber presidido un gobierno que violó sistemáticamente los derechos humanos. Es decir, se me acusa por haber sido el presidente de un Estado contrario a la paz. En suma, se pide mi condena por algo que el pueblo reconoce ampliamente como el principal logro de mi gobierno: que fue respetando los derechos ciudadanos, los derechos humanos de civiles y militares y también los derechos humanos de los terroristas que atacaron a la sociedad, que se llegó a la pacificación.

 

 

“Es un hecho registrado por la historia que los casos de violación de los derechos humanos disminuyeron significativamente durante mi gobierno, en el que por primera vez se identificó bien la esencia del terror y pudo combatírselo con las armas limpias y eficaces de la paz. Lejos quedaron los métodos puramente represivos y brutales que cometieron el grave error histórico de no diferenciar claramente al poblador indefenso del terrorista, casos dramáticos que hicieron que se expandiera el terror, que permitieron que durante años cientos de miles de pobladores del Perú profundo, cientos de miles de humildes campesinos no pudieran distinguir entre el rostro del ‘terruco’ o el ‘cumpa’ y el rostro del ‘sinchi’ o el militar. Ese fue el escenario propicio para la violación de los derechos humanos, no mi gobierno.

 

 

“Señores de este Tribunal, es un hecho que todos abominamos la violencia y el crimen venga de donde venga, y que asimismo debemos velar por los derechos humanos de todos. Y es que algunos parecen olvidar o no quieren ver que la principal violación de esos derechos humanos se dio contra la casi totalidad de los 26 millones de peruanos y peruanas, esos a los que yo defendí, muchos de los cuales murieron sin saber por qué, o quedaron severamente mutilados, física y emocionalmente, esos cerca de cincuenta mil niños y adolescentes, indefensas víctimas del terrorismo.

 

 

“De cada mil peruanos, dos murieron debido al accionar terrorista, que ocasionó asimismo una pérdida de más de 60 mil millones de dólares en daños materiales.

 

 

“Como conductor político en esta lucha, puedo decir que siempre respeté los derechos humanos de todos. Actitud diametralmente opuesta a la de ex presidentes como Belaunde y García, que permanecieron pasivos ante los métodos de tierra arrasada y de represión indiscriminada, ante un poder militar que se les desbordó, gobernantes que minimizaron o elogiaron a los principales perpetradores de estas violaciones de derechos humanos, como registra la propia Comisión de la verdad. ¿Y así se dice que Fujimori era un dictador? ¿Porque puse orden y autoridad donde otros no pusieron nada? Quizás dictador porque, a diferencia de ellos, yo sí dicté la exitosa política con que recuperé la paz. ¿Dictador porque reemplacé las armas para matar por el dictado de clases para cientos de miles de niños y jóvenes -que volvieron a las aulas y a quienes se les dotó de buzos, libros, calzado y seguro escolar gratuito-, así como por todas las obras de paz y desarrollo que realizamos a través de organismos como Cofopri, Foncodes, Pronamachs, Infes o el programa de repoblamiento?

 

 

“Por ello, cuando recordamos esas crueldades, esos excesos que no justifico, hay que recordar también que esas mismas crueldades y esos mismos excesos se dieron, multiplicados por mil, en innumerables pueblos, comunidades y caseríos del Perú profundo, en los mismos Conos de Lima, incluso a pocos metros de Palacio de Gobierno, y contra cientos de miles de pobladores indefensos, sólo que, a diferencia del policía o el militar que nos defendían, los terroristas llevaban la crueldad y el exceso como objetivo e ideología, de los que incluso se jactaban, y no como excepción o desobediencia.

 

 

“Basta ver el ensañamiento con que atacaron al mismo pueblo, la crueldad con que cometieron los crímenes más horrendos contra niños, mujeres embarazadas o ancianos, todos pertenecientes al pueblo más pobre, cuyo único delito fue no ceder al llamado ´reclutamiento´de Sendero Luminoso, no ceder a la extorsión terrorista. Bastaba eso para que quienes decían luchar por el pueblo no tuvieran piedad con los miles de campesinos que terminaban degollados o a quienes, en el mejor de los casos, se les cortaba la lengua, se les seccionaba una oreja o simplemente se les desaparecía.

 

 

“Si bien la guerra de por sí es ya un exceso, Señor Presidente, fue un exceso que, por cierto, el Estado peruano no inició, pero tampoco eludió. Mi ámbito de gestión fue liderar la política de pacificación en el mismo lugar de los hechos, en los escenarios más complejos y peligrosos. Pero el ámbito de control de las acciones de las autoridades no me correspondía, pese a que, en esta Sala, la Fiscalía ha hablado de una supuesta política de impunidad y de ocultamiento, así como de la inexistencia de órganos de control, afirmación que rechazo.

 

 

“Lejos de eso, yo sí veía que la Policía privilegiaba un trabajo de inteligencia y que las Fuerzas Armadas, con las directivas y correcciones dictadas, ejecutaban de manera efectiva la política de adhesión de la población. Veía que el Servicio de Inteligencia Nacional realizaba planes de pacificación e inteligencia estratégica, como el llamado ‘Plan Bus’, que significó rescatar de la condición de chatarra más de 200 buses abandonados de la vieja Enatru, con que se buscó de manera creativa la adhesión de los estudiantes y la comunidad universitaria y, al tiempo que se dio transporte gratuito, se pudo neutralizar la labor de captación de estudiantes que los grupos terroristas realizaban precisamente durante el tiempo que duraba dicho transporte.

 

 

“Quiero recordar, asimismo, que fue por iniciativa personal que durante mi gobierno se creó la llamada Comisión Lanssier, en coordinación con el propio padre Hubert Lanssier. Asimismo, que durante esos años recibimos el reconocimiento y la felicitación de Estados Unidos por nuestra labor de irrestricto respeto y aplicación de los derechos humanos.

 

 

“Como presidente, no era mi función supervisar la conducta individual de cada militar, ni de una patrulla o destacamento. Yo no era militar, no formaba parte de la cadena de mando militar, ni tenía potestades militares. Ni siquiera el Comandante General, dentro de la cadena de mando militar, tenía que ver en esas instancias.

 

 

“Mis acusadores afirman que, a través de mi política de Estado, violé sistemáticamente los derechos humanos. He demostrado que, durante los años de mi gobierno, lo sistemático y el denominador común de mis actos de gobierno, el sello de agua que marcó mi gestión, fue el sello de la paz. Eso sí fue sistemático. Lo fueron los actos que convergieron en la paz, no sólo la que se recuperó al vencer al terrorismo. No sólo la paz externa con el Ecuador. Yo hablo de una cultura de paz. Hablo del nuevo sentimiento, de la nueva actitud que esas acciones generaron en todos los peruanos: el paso del miedo y la desesperanza a la tranquilidad y la esperanza, condiciones éstas indispensables para el desarrollo, para el despegue que, una vez recuperada la paz, se inició en mi gobierno.

 

 

“Es mi política, mi estrategia exitosa de pacificación y mi propia biografía la mejor prueba de mi total apego al respeto de los derechos humanos. Quien habla, Señores, no fue de esos gobernantes considerados democráticos que tiraban al tacho de la basura los informes de Amnistía Internacional sobre violaciones de los derechos humanos. Aquellos gobernantes a quienes no se vincula a esas violaciones, porque desde un principio renunciaron y se desvincularon solos de un reto que, como gobernantes, estaban obligados a encarar, pero no lo hicieron.

 

 

“Quien habla fue el presidente que le devolvió la paz a 26 millones de peruanos y peruanas, que respetó el derecho a la vida de esos 26 millones de peruanos. Pese a ello, como ya lo he manifestado, yo lamento cada una de las muertes producidas en esta lucha. No porque yo las ordenara, sino porque ni quien habla, ni nadie podía haber sacado una varita mágica y detener la inercia propia de la guerra en el instante que se nos antojara.

 

 

“A ese organismo moribundo que era el Perú a inicios de los 90, había que darle un tratamiento para salvarle la vida. No concentrarse en un sólo órgano y descuidar el organismo entero. Por eso, lejos de dejar a ese cuerpo moribundo del Perú abandonado o en manos de un empírico, luego de un diagnostico integral, lo operamos y se le empezó a curar. Nadie me podrá acusar jamás de haber dejado a su suerte a ese Perú moribundo que me tocó recibir.

 

 

“Es bueno recordar, Señor Presidente, que las cabezas de ese terrorismo eran quienes se burlaban públicamente de esos derechos humanos a los que consideraban una suerte de engendro capitalista. Derechos humanos de los que siempre blasfemaron, pero a los que ahora se acogen y esgrimen como interesada bandera.

 

 

“Ese, el de la pacificación, es un título que no se lo cedo a nadie. Ese es el título que ninguna acusación, ningún fiscal y ningún titular periodístico podrán quitarme. Y es que para ello tendrían que arrebatárselo al mismo pueblo y a la historia.

 

 

 

Una cultura de paz

 

 

“Para quien habla, la paz no fue sólo una bandera, un discurso o una promesa. Para mí, la paz fue una práctica de vida. Fue la justicia, pero no sólo la justicia de los códigos, sino la justicia real, la de la acción, no la del olvido. Nadie podrá negar el hecho de que, en el Perú de los 90, mi gobierno derrotó al terrorismo, que fui el conductor de esa compleja tarea, pero también, lo que es más importante aún, de establecer una cultura de orden, de respeto a los ciudadanos y, sobre todo, una cultura de paz. Fue en mi gobierno que, llevando el Estado a lugares tan lejanos y olvidados, nos preocupamos por restituirles sus derechos fundamentales. No como antes, en que el Estado sólo se acordaba de ellos para exigirles sus obligaciones.

 

 

“Puedo decir sin falsa modestia que fui el presidente que durmió y amaneció con ellos en los días más aciagos del terror, o en medio de la tragedia y la emergencia, que escuchó sin intermediarios, de la propia voz del peruano más remoto, sus problemas y necesidades más apremiantes. Ese sólo hecho, el del diálogo directo y cotidiano con el pueblo, fue un hecho de justicia que ellos sí valoraron desde un inicio. Un acto de restitución de la esperanza y de sus más elementales derechos, en los que no se fijaron, por cierto, los anteriores presidentes. Derechos de miles de pobladores, que se sentían olvidados por su propio país, que se sentían peruanos de segunda o tercera categoría. Un hecho que se producía no sólo en comunidades o caseríos, sino en los Conos e, incluso, apenas a 500 metros de Palacio de Gobierno, en el propio cerro San Cristóbal, donde la hoz y el martillo, luminosos y amenazantes, aparecían algunas noches como símbolos del terror. Cerro San Cristóbal que se recuperó para la paz, que es ahora un centro turístico en el que se colocó no una bandera o un cartel, sino una cruz como símbolo de esa paz.

 

 

“Esta fue la señal que había que darle y que nunca se le dio a ese Perú olvidado y sin derechos, para que esos peruanos no se sintieran extraños en su propia nación. Una señal que durante años, durante siglos en algunos casos, los diversos gobernantes no se preocuparon en dar a peruanos que, viviendo ya en zonas alejadas y poco accesibles, con la llegada del terrorismo terminaron convirtiéndose en peruanos aún más remotos e inaccesibles para esos gobernantes, que optaron por la cómoda política de abandonarlos a su suerte.

 

 

“Es que, para mí, la política no podía entenderla como la sensualidad del poder, sino como un esfuerzo constante por el servicio a los más pobres. Esas acciones de paz fueron el denominador común en casi todos los rincones del Perú y tuvieron como constante el diálogo tolerante y la estrategia clara.

 

 

“Así se dio en mi paciente persistencia la convicción de que la Paz con el Ecuador, esa que nadie logró en más de 150 años, era posible dialogando. Esa paz que también se hizo patente en la paciencia y el control con que asumimos la toma de rehenes del MRTA, rehenes entre quienes se hallaban mi propia madre y mi hermano Pedro. Igualmente, estuvo presente la paz cuando, con la vida en riesgo de los rehenes, tuvimos que poner en marcha el exitoso operativo Chavín de Huántar, de la manera menos cruenta, con el menor costo.

 

 

“Esos mismos hitos de justicia y de paz estuvieron en las capturas, sin un sólo disparo, sin una gota de sangre, de los principales cabecillas del terrorismo, como Abimael Guzmán y Víctor Polay. Métodos de paz continuos y sistemáticos, que nadie con dos ojos podría encontrar en la abrupta irrupción violenta, demencial e intolerante, de hechos condenables como los de Barrios Altos y La Cantuta.

 

 

“Mi lógica y mi razón se han forjado en el cotidiano contacto con las penurias del pueblo más necesitado. Creo que por ello he tenido la responsabilidad de gobernar con el corazón en la cabeza.

 

 

“Siento una gran satisfacción de haber estado a la altura de tan difíciles circunstancias, de haber asumido el liderazgo y la conducción política con las que recuperé el terreno perdido durante diez años. ¡Yo sí asumí esa conducción política, que el pueblo y las propias fuerzas del orden reclamaban. Lo digo sin medias tintas. Una conducción con liderazgo, con los pantalones bien puestos, haciéndoles sentir a los terroristas que nunca más podrían actuar con impunidad, que ahora, con el gobierno del presidente Fujimori, sí había una estrategia integral y eficaz para derrotarlos, que por primera vez había alguien que ‘los sacaba al fresco’, que, por primera vez también, había un conductor y una política que convirtió al militar y al policía, que antes eran vistos con temor, en sus amigos y en sus principales aliados.

 

 

“Por eso, con la autoridad que me da ser el primer gobernante de un Estado que derrotó al terror en todo el mundo con las armas de la paz, yo rechazo tajantemente que se haya pretendido decir aquí que en mi gobierno se aplicó la ley del ‘ojo por ojo’. Eso no lo puedo admitir.

 

 

“Pero se tenía que cerrar el círculo de la violencia, por lo que decidimos dar también el paso firme y necesario para cerrar las profundas heridas de una larga década de sacrificio, desolación, desesperanza y muerte. Decisión que mis acusadores han pretendido convertir en un propósito de impunidad, desconociendo la cuantiosa experiencia histórica que nos señala cómo se restañaron las heridas para cerrar el círculo de la violencia en el mundo.

 

 

“Personalmente, comprendí que sólo cerrando esas heridas podíamos evitar la infección de nuestra nación con un rencor eterno, que nos iba a conducir a la inmovilidad. Porque entendí que sólo así podíamos instalar una verdadera cultura de paz. Es por esto, para dar un corte a esta terrible etapa de la historia peruana, que luego de dar la Ley de Arrepentimiento, doy también la Ley de Amnistía- Ambas leyes, hay que recordarlo, sustentadas incluso por otros grupos políticos en el Congreso.

 

 

“La Ley de Amnistía fue la contraparte de la Ley de Arrepentimiento. Esas dos leyes resultaban necesarias para que, una vez conseguida la paz, se procediera a hacer un corte drástico en el círculo vicioso del odio y la venganza, y poner un ‘hasta aquí’ a los rencores, para empezar a mirar hacia el futuro.

 

 

“Lo que en toda una década o más no se hizo por la defensa de la vida y los derechos humanos, se comenzó a hacer desde el primer día de mi gobierno. Y se hizo con el único plan, con la única política de pacificación limpia y eficaz aplicada en la historia del Perú.

 

 

“Señor Presidente, en relación con la lenidad, la indiferencia y la inacción de los gobiernos y los gobernantes que me precedieron, puedo decir que yo sí fui el autor no ‘mediato’, sino inmediato de la paz y la estabilidad de un nuevo Perú. Y, por ende, el que más trabajó por el derecho a la vida, el más elemental de los derechos humanos. Los pueblos reconocen que hay un antes y un después de Fujimori en el tema del terrorismo.

 

 

 

El 5 de abril

 

 

“Señor Presidente, con respecto al 5 de abril de 1992 y a esas medidas de excepción con que instauré el Gobierno de Emergencia y Reconstrucción Nacional, quiero empezar resaltando un factor fundamental y determinante: el contexto que vivía el Perú. Ese escenario económico y social caótico, dramático y sin precedentes por el que atravesaba nuestro país. Una nación al borde del caos total, una situación anómala y extraordinaria, que había puesto en inminente peligro la propia sobrevivencia del Estado peruano. Un país con seres humanos sumidos en un sentimiento de miedo y desesperanza y, por otro lado, una clase política que parecía no ser consciente de ese escenario y seguía actuando con las mismas mañas de los políticos de siempre, de una partidocracia que prefería sabotear mis esfuerzos en la lucha contra el terrorismo a estar a la altura que el país y los peruanos, sobre todo los más humildes, demandaban.

 

 

“De no haber actuado, de no haber tomado las medidas que tomé, consciente de todos los riesgos a que me exponía, tal vez la famosa pregunta ´en qué momento se jodió el Perú´habría tenido una respuesta trágicamente clara, si dejábamos que el terrorismo siguiera avanzando. Quien habla, lejos de quedarse dándole vueltas a esa pregunta, salida de la inspiración del escritor Mario Vargas Llosa, se abocó más bien a hallar la respuesta a ‘en qué momento se podía salvar al Perú’.

 

 

“En las circunstancias políticas de inicios del año 92, yo tenía dos caminos: o dejaba que siguiera su curso la inminente conspiración política que había decidido deponerme como presidente, o me adelantaba a esa conspiración que se tramaba desde el Congreso ya no por militares, sino por los partidos políticos tradicionales, fuertemente golpeados por mi triunfo electoral del 90. Personajes políticos de siempre, como el señor Javier Alva Orlandini, no me podían perdonar esas medidas, que seguramente afectaban sus intereses particulares, pero con las que se identificaba la gran mayoría de peruanos que no tenían voz, ni gozaban de privilegios. Esos peruanos a los que yo sí interpreté con esas medidas del 5 de abril, que desde un inicio contaron con la aceptación mayoritaria del pueblo y los más diversos sectores representativos de nuestra sociedad.

 

 

“Se trató de una medida legítima, legitimada precisamente porque recogía el clamor de una sociedad. Clamor que ya se había convertido en una regla social que cualquier gobierno que escuchara al pueblo no podía soslayar. Pero los políticos, distanciados del pueblo, no cesaban de oponerse y de sabotear las medidas contra el terrorismo propuestas por mi gobierno.

 

 

“Frente a esta actitud de obstaculizar, frente al acecho que venía desde varios flancos y perjudicaba a todo el país, en ejercicio de mi cargo legítimamente otorgado por el pueblo y pensando en el futuro del Perú como nación, tomo la difícil pero impostergable decisión de disolver el Congreso, así como otras medidas complementarias, con el objetivo de emprender las reformas que le urgían al Perú. Medidas que había que tomar ya, con el ritmo expeditivo que las circunstancias nos imponían.

 

 

“Mi obligación era actuar antes de que actuara el terror al que teníamos en nuestras puertas. Tenía que ser ágil en dar una respuesta firme y eficaz ante el avance de los terroristas, que ya estaba centralizándose en Lima.

 

 

“Fue una medida de excepción, reitero, pero una medida imprescindible para seguir con la pacificación del país y poder, luego, emprender las reformas necesarias. Reformas largamente postergadas, que nos permitieran empezar a edificar el Perú nuevo, ese Perú más justo, que finalmente se acordara de sus hijos más pobres y marginados. Así lo entendió el pueblo, que en más del 80 por ciento me respaldó, respaldó mi decisión. Y no sólo eso, la legitimó mediante el referéndum en que dijo ´sí´a la Constitución de 1993. Constitución que, luego de 15 años, está más viva que nunca y es el gran soporte del Perú.

 

 

“Señor Presidente, esta medida singular, contrariamente a lo que afirmó el Fiscal, no fue para la supuesta consolidación de un aparato de poder paralelo, con el que yo habría pretendido conseguir el control total y absoluto de todas y cada una de las instituciones del Estado. No, Señor. Fue un quiebre temporal del Estado de Derecho para no quedarnos cruzados de brazos, para contar con las herramientas legales que nos permitieran reaccionar con eficacia ante el terror, que ya nos soplaba en el oído, para rescatar al Estado y recuperarlo de la amenaza terrorista.

 

 

“En este contexto político y social tan complejo y grave, ese temporal quiebre del Estado de Derecho fue legitimado por la propia Organización de Estados Americanos en Bahamas, donde, el mes siguiente, personalmente expuse las razones de estas medidas y anuncié la convocatoria a elecciones para noviembre de ese mismo año. Es entonces que se acuerda convocar a un Congreso Constituyente Democrático para restablecer la normalidad con la promulgación de la nueva Constitución. Congreso mediante el cual, el pueblo, volcando mayoritariamente su voto hacia los candidatos del fujimorismo, me legitima como su gobernante de derecho. No como el gobernante de facto que nunca fui.

 

 

“No dudé de que la medida del 5 de abril podía generar una gran controversia, una gran oposición de parte de mis adversarios políticos. Pero, para mí, en ese contexto hubiera sido un pecado mortal frente a la historia permanecer impasible. Es cierto, me aparté del accionar tradicional, pero no para dar un salto al vacío, sino para dar un paso clave en la pacificación del país que, como lo demostró el tiempo, fue un salto hacia el futuro.

 

 

“Es en esos días turbulentos que se fueron cimentando las bases del Perú desarrollado de hoy. No es que ‘el jaguar peruano’, como hoy denominan los chilenos al Perú, haya nacido en el siglo XXI !Se gestó el 5 de abril de 1992!

 

 

“Sin ningún tipo de arrogancia, no creo equivocarme al reclamar esa autoría que, además, ya forma parte de la historia. Señor Presidente, con las medidas del 5 de abril no me equivoqué. Fue una decisión de la que no me arrepiento, una decisión que marcó el momento en que se salvó el Perú.

 

 

“Por ello, una vez agotadas todas las vías formales y ‘políticamente correctas’, tomé la decisión, la del llamado ‘autogolpe’ del 5 de abril de 1992, decisión que en su momento y aún ahora, después de una persistente campaña en mi contra, cuenta con el respaldo de la gran mayoría de la población, como lo demuestran recientes sondeos realizados. Reitero: una medida dura, pero transitoria, una medida legitimada a los pocos meses con el triunfo de mi gobierno en la elección del Congreso Constituyente, el CCD, en noviembre de 1992 y la aprobación, mediante referéndum, de la Constitución de 1993, que hoy nos rige.

 

 

“Los personajes que cuestionaron esta medida eran los menos indicados para hacerlo. Allí estaban los representantes de gobiernos que habían llevado al Perú al borde del desastre, los que formaron parte de la elegante dictadura de la indiferencia y la pasividad de la oligarquía política, aquellos que hoy la siguen cuestionando aún cuando en su momento callaron en siete lenguas, y no tuvieron el coraje de llamar al terrorismo por su nombre.

 

 

“La medida firme, pero imprescindible, del 5 de abril de1992, que tomé desde el centro mismo del caos, el temor y la desesperanza en que vivían los peruanos, la juzgará la historia.

 

 

“¿Acaso debía ignorar el caótico contexto, la inminencia de la muerte y los gravísimos daños que amenazaban a nuestra sociedad y ponían en riesgo el propio concepto de Estado?

 

 

“¿Debía dar la espalda al clamor popular y a lo que mi consciencia racional de matemático e ingeniero me decía que debía de hacer, y que era la solución para el problema que amenazaba tan gravemente a la nación?

 

 

“Señor Presidente, como se ha dicho en esta Sala, toda ley tiene su fundamento en la teoría y la realidad. Las medidas del 5 de abril, a diferencia de los políticos tradicionales, sí se adecuaron a la realidad que atravesaba el Perú, y por eso fueron legitimadas por el pueblo. Ese pueblo que sí estuvo a la altura que el país demandaba y no al nivel lamentable de la ceguera política de mis adversarios, que nunca supieron interpretar a un país al que jamás llegaron a conocer.

 

 

“Yo sí lo conocí, y decidí ser un presidente de la realidad. Por ello actué objetivamente privilegiando tanto la realidad del día a día, que constataba en mis cotidianos viajes al corazón del Perú, como las reformas de mediano y largo plazo, poniéndolas por encima de esa otra realidad desfasada del país, creada por la ideología y las costumbres oxidadas y arcaicas, que nunca hubieran podido convertirse en herramientas para la formación del nuevo Perú.

 

 

“Este Perú que exigía reformas de fondo, este Perú que estaba en cuidados intensivos y al que había que operar asumiendo todos los riesgos, este Perú que contra viento y marea yo sí asumí, yo sí atendí y yo sí salvé del terror y de la quiebra precisamente, Señor Presidente, en salvaguarda de los derechos de 26 millones de personas humanas.

 

 

“Las formas exigen que, en esta instancia, sea yo quien asuma la defensa de estas medidas del 5 de abril, y la consiguiente instauración del Gobierno de Emergencia y Reconstrucción Nacional. Pero sólo bastaría abrirle la puerta al país para que sean los propios peruanos y peruanas quienes lo hagan.

 

 

“La histórica captura del líder senderista Abimael Guzmán y su camarilla, a los pocos meses de dictar estas medidas, no fue un hecho aislado. Respondió al esfuerzo específico de un equipo de personas. Fue un trabajo operativo y estratégico de equipo, que igualmente respondió no sólo a una estrategia nueva y a las herramientas que obtuvimos con las medidas del 5 de abril, sino a toda una concepción distinta del problema ancestral de la pobreza y el aislamiento en que vivían cientos de miles de campesinos que jamás vieron a un presidente, ni sintieron la presencia del Estado, y que inspiró esta nueva actitud que inauguramos en la lucha contra el terror.

 

 

“El 5 de abril fue una fecha histórica, de excepción, pero absolutamente impostergable. El 5 de abril, Señores de este Tribunal, responde ahora la nueva pregunta, real e histórica: ¿en qué momento se cambió al Perú?

 

 

 

¿Secuestros o detenciones?: los casos Gorriti y Dyer

 

 

“Sobre el tema de los supuestos secuestros, o detenciones, de los señores Gorriti y Dyer, debo decir, en primer lugar, que yo no di orden alguna para su detención o secuestro, por lo que resulta falsa esa imputación que en esta Sala no se ha podido probar.

 

“Era previsible que, en un contexto de esa naturaleza, en un estado de emergencia como aquel en que nos encontrábamos, tuviera que tomarse ciertas medidas como, por ejemplo, la inmovilización de algunos políticos, con el único propósito de evitar la alteración del orden público, de evitar que el desorden se desbordara y llevara a situaciones más graves e inmanejables. Es absolutamente falso que se pretendiera atentar contra la vida o la integridad de personas, como se ha pretendido sugerir aquí. Señor Presidente, yo me entero de la detención del señor Gorriti en plena conferencia de prensa para los medios de comunicación del mundo, en Palacio de Gobierno.

 

 

“El señor Gorriti ha declarado aquí que su supuesto secuestro en los sótanos del SIE obedeció a una venganza personal del ex asesor Montesinos, la que habría tenido origen en el año 1984, debido a unas investigaciones periodísticas que el periodista realizara.

 

 

“El señor Gorriti dice que le quitaron su computadora, pero en esta Sala ha sido claro en manifestar que llegó a saber que fue por órdenes del ex asesor de Inteligencia, y que parte de la información que sustrajeron de dicha computadora era relacionada a un sonado caso en que habría participado el ex asesor de Inteligencia en los años ochenta.

 

 

“De la misma forma, el periodista ha reconocido que, a los pocos días de su detención, él pudo participar con total libertad en esta conferencia para la prensa internacional a que me refiero, conferencia abierta y pública a la que ingresó formalmente sin ninguna restricción y en la que, como el mismo señor Gorriti reconoce, quien habla fue quien le concedió el uso de la palabra sin ningún problema. El menciona incluso que ´permanecí impávido´.

 

 

“De la misma manera, mi defensa ha probado, basada en el Código Penal y la jurisprudencia, que al señor Gorriti jamás se le dió un ´trato cruel´. Ha demostrado detalladamente que los requisitos jurídicos para que se diera ese supuesto trato cruel, jamás existieron.

 

 

“En esencia, lo mismo aplica para el caso del señor Samuel Dyer.

 

 

Palabras finales

 

 

“Sé que quienes me acusan sin pruebas, quienes han vivido los últimos años con el único objetivo de desaparecer a Fujimori, de enterrarlo políticamente, hoy deben sentirse descolocados. No pueden dar créditoa que, aún estando recluído, los peruanos preguntados por las principales encuestadoras consideren que el gobierno del presidente Fujimori fue el mejor, y sigan apoyándome a pesar de toda la campaña mediática de años en mi contra, y respaldando mayoritariamente a mi hija Keiko, hecho que se explica en la identificación del pueblo con la política que conduje en la lucha contra el terrorismo y en su identificación con un nuevo estilo de gobierno.

 

 

“Uno nunca sabe bien cuándo llega al final del camino. Yo, sin embargo, estoy sereno y satisfecho con lo que he caminado. Lo he hecho por un Perú que pocos o ninguno de sus gobernantes caminó, por sus necesidades, sus emergencias y siempre al lado de los más pobres y olvidados. Ahí, en los lugares de emergencia social, por el terrorismo o la pobreza, pero satisfecho, porque en ese esfuerzo cotidiano lo único sucio que tuve fueron mis zapatos. ¡Jamás mi conciencia! ¡Jamás mi política!

 

 

“Sé que los peruanos, que nuestros hijos y nuestros nietos sabrán que cuando nos sometieron a la prueba, al gran reto del Perú, aún con un terrorista apuntándonos, aún dentro del infierno, nos negamos a claudicar, no dimos las espaldas, ni nos lavamos las manos.

 

 

“En esa misma actitud surgieron mártires, como don Hugo Rivera, como Maria Elena Moyano o Pascuala Rosado, mártires anónimas, como las madres asháninkas, las madres de la Sierra pobre, de los Conos, y tantos otros con cuyo aporte y ejemplo también pudimos vencer al terrorismo con los problemas que una lucha siempre, necesariamente, implica. Pero vencimos lo que hasta entonces había sido invencible y rehuido por mis dos predecesores.

 

 

“De esta manera pudimos cumplir con la más sublime misión, con la que me da esa serenidad de espíritu y me permite estar en paz conmigo mismo más allá de cualquier sentencia: la misión de haberles devuelto la paz y la esperanza a todos los peruanos y de entregar un Perú a salvo a las futuras generaciones.

 

 

“Sin embargo, este juicio, además de su importancia histórica, constituye una infame paradoja: quien libró al Perú del terrorismo y la inestabilidad está en el banquillo de los acusados, sometido a un proceso.

 

 

“Mis enemigos quisieran que se trate de mi epílogo. Pero, sea cual fuere la sentencia, y pese a la campaña implacable de persecución de la que fui objeto durante tantos años, el gran veredicto, el veredicto del pueblo que hoy me respalda y respalda a mi hija Keiko, dice más bien que es la nueva página de un nuevo capítulo de nuestra fuerza, de la fuerza del pueblo, de la fuerza del Perú.

 

 

“Y es que el terrorismo ha dejado una condena de 30 años para mi, y una herida abierta que la parte civil y la Fiscalía pretenden cerrar a la fuerza con su eslogan de ´¡No a la impunidad!´. Yo les aseguro que la herida no se cerrará.

 

 

“Siento que en este banquillo de acusado nunca estuve solo. Aunque no podría haber entrado aquí, ha estado conmigo el pueblo, mi mejor testigo. Han estado conmigo los buenos militares, policías, ronderos y comités de autodefensa, que ayudaron a pacificar el Perú, la comunidad organizada, los peruanos que no cedieron al chantaje terrorista aún sabiendo que lo hacían a costa de sus vidas… y mis hijos que, más allá de la sentencia inminente, persistirán junto a mí en el espíritu fujimorista de servicio a todos los peruanos y en especial a los más necesitados.

 

 

“Señor Presidente, me siento satisfecho de mi trabajo realizado en la Presidencia de la Republica, porque el Perú, por primera vez en su historia, tuvo conciencia de lo que es la verdadera democracia, democracia que está aun por construirse, pero que en mi gobierno cobró su verdadero sentido.

 

 

“Ojalá que también sea posible en el futuro la institucionalización de la verdadera justicia.

 

 

“El pueblo, que es mi mejor testigo, creo que tenía la necesidad y el derecho de conocer la verdad, pero la verdad de los hechos, no la verdad de la portada o de los titulares.

 

 

“Por eso, era mi obligación recordar el contexto en que se desarrolló la lucha contra el terrorismo, dejar sentado ante este Tribunal, pero sobre todo para las nuevas generaciones, para los jóvenes que no lo vivieron o no fueron conscientes, una parte de aquel terror, una muestra de aquel infierno que vivió el Perú.

 

 

“Señores de este Tribunal, que las cabezas de los campesinos de Huancasancos no vuelvan a rodar como pelotas de fútbol; que no se repitan las matanzas de Cayara, de soldados por parte de terroristas y de campesinos por parte de los militares. No más Accomarca, ni Los Cabitos, ni Barrios Altos, ni La Cantuta.

 

 

“A veces no valoramos lo que tenemos. Creo que es una obligación moral que, quienes sí vivimos esos tiempos, les contemos a nuestros hijos o a nuestros nietos el terrible drama que vivimos. Para que no se vuelva a repetir…

 

 

“…ya se difuminó el humo de las bombas, y el olor a pólvora y muerte. Ya cesó el traqueteo de las armas y el silbido de las balas, ya no se escucha el estruendo de las bombas, ya dejó de iluminarse la oscuridad con el fuego de la hoz y el martillo dibujados en los cerros, ya no se escuchan los gritos desgarradores, los llantos de ancianos y embarazadas implorando por la muerte, ya no brillan en las tinieblas de la destrucción los ojos aterrados de un niño, ya dejaron de correr ríos de sangre, ya se enjugaron las lágrimas, ya las madres de cientos de pueblos no amamantan a través de su leche más el miedo…

 

 

“En fin, ya el infierno de la guerra se apagó. Ahora sólo queda Alberto Fujimori en prisión.

 

 

“Pero afuera está todo un país, con un pueblo antes totalmente olvidado, un Perú que quedó marcado de por vida por el terror y que comprende mejor que nadie que en un escenario del instinto y la violencia no se puede garantizar la respuesta civilizada de todos y cada uno de los que combatieron, que en un escenario del espanto y de sentimientos turbados no se podía esperar siempre que la reflexión precediera a la sinrazón.

 

 

“Afirmo, con la fuerza necesaria para que resuene en todos los pueblos y pueblitos del Perú, que en la lucha contra el terrorismo hice lo mejor que pude, que mi corazón y mi mente estuvieron enfocadas en ello. Por eso, allí están los resultados que vivimos hoy en día, para bienestar de la mayoría de peruanos.

 

 

“Casos como Barrios Altos y La Cantuta fueron lamentables y dolorosos, pero casos de excepción, de desviación, que no se pueden atribuir a mi gestión y menos a mis órdenes, porque ambas, como he demostrado, tuvieron como método y objetivo permanente y sistemático a la paz.

 

 

“Poner fin al terrorismo y a la desesperanza, devolverles la paz y la estabilidad es el legado que dejo a todos los peruanos, niños, jóvenes y adultos.

 

 

“Más allá de la sentencia de este Tribunal, estaré pendiente del juicio de los pueblos, de esos pueblos que a lo largo de su historia han interpretado con sabiduría la esencia de la verdadera justicia. Es a esa justicia a la que apelo”.

 

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Un comentario en ““Enfrenté al terrorismo con las armas de la paz”

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