El último paraíso está en México

Desde hace unos 14 años, mi gran amigo, casi hermano, José Luis Castillejos suele enfrentar súbitos ataques de nostalgia en los que su corazón toma por asalto su boca y hace que de ésta broten infinidad de recuerdos e imágenes de su tierra natal, la ciudad de Tapachula, situada en la región del Soconusco, que forma parte del bello y rico estado de Chiapas, en el sur de México.

Tantas veces me ha hablado José Luis de su tierra, y con tanto fervor, que en mi mente sólo había lugar para asociar el Soconusco y Tapachula con imágenes que expresaban una naturaleza mágica y esplendorosa.

La realidad, sin embargo, superó con creces a mi imaginario hace pocos días, cuando tuve la suerte de conocer el Soconusco y de recorrer el vallo del río Huixtla, tras haber visitado la hermosa ciudad de Tuxtla Gutiérrez, capital del Estado de Chiapas, donde asistí a un congreso latinoamericano de periodistas.

Llegué primero a Tapachula, una ciudad tropical típica de nuestros países latinoamericanos, en la que el viejo pueblo de calles empedradas y estrechas, con su plaza mayor adornada por una antigua pérgola, convive con una ciudad moderna, en la que surgen cada día nuevas autopistas, grandes centros comerciales, hoteles de cinco estrellas, etc.

Al final del valle del Huixtla, a unos treinta minutos en automóvil desde Tapachula, se llega a la desembocadura del río, en cuya ribera izquierda está ubicada la Barra de San José, el último paraíso natural de México.

Para llegar allí hay que recorrer un camino de asfalto que atraviesa enormes plantaciones de mango, plátano, papaya, marañón y ajonjolí, así como una copiosa vegetación silvestre en la que se yerguen miles de sauces llorones, palmeras reinas, palmas, cocoteros, y muchos otros árboles; también enmarañados bancos de mangle. Entre todo este follaje copioso habitan zorros, conejos, venados, lagartijas, iguanas y variedad de aves.

En medio de tanto verdor, cada cierto trecho resalta la presencia de un árbol delgado y alto con hojas de color amarillo intenso o palo rosa, llamado primavera.

En la ruta de Tapachula a San José hay pequeñas aldeas cuyas casas, conocidas como jalapas, se caracterizan por sus techos de seis a ocho metros de altura, construidos con palos de mangle atados con juncos y cubiertos con abundantes hojas de palma.

Las casas de las familias con mejores ingresos han cambiado las tradicionales paredes hechas también con palo de mangle por muros de ladrillo y ventanas de madera, pero mantienen por lo general el techo de palma de las jalapas, lo cual les da un singular encanto.

La Barra de San José está situada sobre la margen izquierda de la desembocadura del río y a orillas del Pacífico sur mexicano. Es una zona natural habitada por pescadores artesanales, pequeños agricultores y peones de las grandes plantaciones vecinas.

En plena desembocadura tiene un atracadero de botes que colinda con una pequeña playa de río de aguas mansas, tibias y cristalinas. En esta misma ribera, hacia el oeste, caminando sobre la orilla, se llega a otra playa ribereña de las mismas características, pero un poco más grande.

En frente, cruzando el río, hay un esplendoroso bosque de manglares que domina el paisaje; y más allá, avanzando hacia el mar, aparece una isla de ensueño cubierta de una densa vegetación en medio de la que se abre una pequeña playa.

Por el lado del Pacífico, las aguas de éste bañan con su oleaje de aguas tibias y prístinas una extensa playa de arena fina. Detrás de ésta se levanta una imponente cortina de palmeras cocoteros cuyas grandes hojas juegan con la brisa ofreciéndole al visitante una vista espectacular que conmueve el espíritu.

Entre las palmeras y la playa se levantan algunos restaurantes con techos de jalapa, que ofrecen al viajero comida típica de la zona y bebidas frescas reparadoras. En uno de ellos conocimos a Ricardón, un chapaneco cincuentón dueño de una humanidad que le hace honor a su nombre, de no menos de 130 kilos de peso.

Ricardón es todo un personaje en San José, es el líder de la comunidad, su promotor principal, el que encandila a los visitantes tratándolos con aprecio y simpatía sin par. Tiene además un restaurante llamado “2RR”, en el que nos sentimos como si estuviésemos en un hogar más que en un negocio ante tantas atenciones recibidas de su parte.

Muy feliz, Ricardón nos contó que el gobierno del Estado de Chiapas está trabajando para convertir San José en un emporio turístico. De hecho, después supimos que una delegación de empresarios y periodistas chiapanecos acaba de realizar un viaje de promoción a la República Popular China.

Me temo que el paraíso que acabo de conocer en San José se convierta dentro de pocos años en un lugar plagado de enormes hoteles, casinos y discotecas. Sería mejor, en mi modesto entender, que la desembocadura del Huixtla optara por desarrollar el turismo ecológico, para que se mantenga intacta su riqueza natural. Hay que conservar el paraíso que existe hoy en San José.

Les recomiendo a mis lectores que visiten Chiapas, Tapachula y San José para que vivan una experiencia única. La ruta más económica es vía Guatemala, de donde se pueden transportar hasta el sur de México en cómodos autobuses a través de una excelente carretera. Les costará la mitad de lo que cuesta si van vía Ciudad de México.

Les recomiendo hacer la siguiente ruta turística: San José, el Soconusco y Tuxtla Gutiérrez tomando la ruta de la costa.

Muy cerca de Tuxtla hay dos ciudades que no deben dejar de conocer, Chiapa de Corso y San Cristobal de las Casas, dos auténticas joyas arquitectónicas coloniales.

Y para completar un viaje inolvidable les aconsejo visitar el Cañón del Sumidero – la joya de la corona del estado de Chiapas- y recorrer en lancha sus 35 kilómetros de longitud, en los que podrán ver la riqueza ecológica que atesora en flora y fauna. Pude observar de cerca un enorme cocodrilo, monos, hermosas garzas blancas pequeñas, iguanas, pelícanos, etc.

Para terminar, un toque de humor: en un punto del enorme cañón, al pie de un acantilado que parece haber sido cincelado y pintado en tonos ocres por un artista, hay una pequeña playa rocosa repleta de gallinazos o zopilotes que se pasean con las alas abiertas para secarse después de haberse zambullido en el río para conseguir su alimento.

El guía de la lancha nos dice: “Señores, esta es la playa de los zopilotes… a la que también se le conoce como la cámara de diputados…”

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