La Iglesia no se calló ante el terror

La manera en que la llamada Comisión de la Verdad (CVR) ha mal informado sobre la labor desarrollada por la Iglesia ayacuchana durante la agresión terrorista, ha sido grosera y mentirosa, a la luz de la Carta Pastoral que publicó en 1983 el entonces obispo de Ayacucho, monseñor Federico Richter Prada, y que hoy por primera vez es publicada, a través de esta columna.

La CVR sostiene que la Iglesia se puso de espaldas al sufrimiento de las víctimas de la guerra que desató el terrorismo, a la que esa comisión se refiere con el término cómplice y anodino de “violencia política”.

También afirma que los pastores ayacuchanos se quedaron callados frente a la dolorosa tragedia de sangre y muerte que provocó la banda Sendero Luminoso, a la que, con igual complicidad, la CVR prefiere llamar “Partido Comunista Peruano” o “PCP – SL”, para darle la calidad de “fuerza política” y ocultar su condición primera de terrorista.

Como la CVR le lava la cara al terrorismo en su informe, al presentarlo como víctima del estado, piensa que la Iglesia ayacuchana debió hacer lo mismo, pero como ésta no se prestó a la farsa, decidió difamarla.

Es mentira que la Iglesia se mantuvo indiferente ante la tragedia del pueblo ayacuchano. Todo lo contrario, habló fuerte y claro en defensa de la vida, pero sin prestarse a los intereses políticos.

La CVR debió recoger los testimonios de los obispos que condujeron a la iglesia de Ayacucho durante la agresión terrorista, monseñor Federico Richter Prada y monseñor Juan Luis Cipriani Thorne, pero no lo hizo, porque no le interesó hallar la verdad, sino “demostrar” su “verdad”.

Documento revelador

La Carta Pastoral de 1983 desnuda todas las mentiras lanzadas por la CVR contra la Iglesia ayacuchana. No ha sido guardada en secreto durante 25 años por razones de estado, ni mucho menos. La CVR solo debió visitar a monseñor Richter y él se los hubiese facilitado de todo corazón, como me lo entregó a mi.

Dicha Carta Pastoral fue aprobada el 28 de octubre de 1983, Año Santo de la Redención. Veamos lo que dijo:

“Sentimos hondamente y nos preocupa el actual estado de cosas que vivimos en nuestro país, al que amamos y servimos desde nuestro ángulo religioso, sacerdotal y episcopal, nunca pretendiendo invadir terrenos que no son nuestros, o tomar posturas políticas que no son consonantes con nuestra vocación y consagración. Escribimos especialmente esta carta a nuestro Clero y fieles de esta Arquidiócesis, confiada por el Santo Padre a nuestro cuidado pastoral, ya que nuestro servicio nos pide que guardemos, defendamos y comuniquemos la verdad, sin reparar en sacrificios y sufrimientos por el Evangelio, a fin de conseguir que Dios sea todo en todos”.

Como vemos, es falso que la Iglesia se haya quedado en silencio frente a los trágicos acontecimientos que sufrieron los ayacuchanos en los años 80´ y 90’.

¡Basta ya!

Al referirse a la violencia terrorista, que había recrudecido con fuerza en Ayacucho ese año, la Carta Pastoral de monseñor Richter Prada se remite a una exhortación hecha poco tiempo antes por los obispos del Perú, la cual decía lo siguiente:

“En este año Santo de la Reconciliación entre los hombres, y de la humanidad con Dios, debemos recordar a todos la obligación de amarnos y respetarnos mutuamente, Basta ya pues de atentar contra la vida de nuestros semejantes. No es posible que se pierda la perspectiva del valor de una vida por el deseo de obligar a que todos acepten nuestras propias ideas. Nadie puede pretender la posesión de la verdad, sino solo Dios…”

La Carta considera además como una de las causas principales de la tragedia ayacuchana la manipulación política del magisterio por parte de Sendero:

“Otra de las causas, a nuestro entender la más seria, ha sido acaso la manipulación de un magisterio simpatizante y comprometido con un sistema que patrocina la rebeldía y la violencia, adoctrinando al alumnado en la apología de la lucha armada contra lo establecido por el orden, como así lo venimos comprobando en la ciudad y en el campo… Cuanto de bien se hubiera hecho con esta juventud si aquellos maestros, como tantos que felizmente quedan de buenos, hubiesen sabido indicar a sus alumnos que Sin Cristo nuestra vida no tiene sentido; con Él, sí”.

De esta manera, la Iglesia señaló de manera directa que la principal causa de la violencia fue la ideología perversa que predicaba el desprecio por la vida, el odio y la intolerancia. Esta postura le costó al Clero ayacuchano el asesinato y la persecución de varios religiosos y religiosas.

Políticos y demagogos

La indolencia de los gobernantes también fue señalada por monseñor Richter Prada como una de las causas del deterioro social y político que facilitaron el avance de las ideas terroristas en sectores de la población ayacuchana. Veamos:

“Comprendemos y somos testigos que una de las principales causas, entre varias, de este deterioro socio-político de nuestra región, como casi de toda nuestra serranía peruana, es el ‘pecado de omisión’ cometido por casi todos los que detentaron el poder en la República, confiados, lo creemos así, en esa innata pasividad de nuestros compoblanos, muy parcos en hablar y en reclamar al Gobierno, como lo hacen en otras partes del país, para que se les pueda mejorar y aliviar sus condiciones de vida, y agravado por políticos y demagogos de todos los tiempos”

“Esta actitud ha provocado un grito y una actitud de insurgencia, no el mejor señalado por desgracia, produciéndose un agrietamiento preocupante en la estabilidad de la paz, de la tranquilidad de nuestros pueblos, frenando lamentablemente todo propósito y afán de desarrollo…”.

Los escolares ayacuchanos

El documento del Arzobispado ayacuchano menciona además el abandono de la familia católica como otra causa del problema, y revela como fue que muchos escolares abandonaron las escuelas y sus hogares, reclutados por el terrorismo, por las buenas o por las malas.

“Añadamos algo más como otro motivo o causa de este fenómeno que nos preocupa. La familia llamada ´cristiana´ y ´que no practica su religión, vive totalmente al margen de su fe. Este fenómeno es antiguo en la historia del cristianismo y supone una debilidad natural, una gran incongruencia que nos duele en lo más profundo de nuestro corazón”.

“¡Cuantos y graves descuidos comete esa familia en la educación y formación de los niños y jóvenes! Es un mal que también llegó hasta aquí, a Ayacucho, pues hemos visto bajar el número de alumnos de los centros educativos de un año para otro, . Diríamos igualmente, hogares que ahora lloran en la ciudad y en el campo por sus hijos, cuyo paradero no conocen”.

No a la barbarie

Tras el análisis realizado, la Iglesia católica ayacuchana expresa su rechazo firme a la barbarie desatada por el terrorismo en esa querida región de nuestra patria.

“Con toda humildad y honestidad nos atrevemos a decir que, sean cuales sean las raíces de la honda violencia que sacude al Perú en la presente hora, no podemos justificar jamás esta acción de barbarie, de odio y de muerte. Juan Pablo II lo dice: ´Esto no puede admitirse bajo ningún pretexto, porque la violencia no engendra sino violencia’ “.

La Pastoral agrega: “Pensamos que es tarea de todos, de gobernantes y gobernados, la construcción de una sociedad más justa, armónica y llena de respeto mutuo hacia los demás. La unidad de nuestro pueblo tiene un sólido y sublime fundamento e inconmovible, su fe en los valores morales, enseñada por nuestra Religión, los que, lamentablemente, pueden quedar deteriorados y acaso fracasados en nuestro país si nosotros seguimos llevando una vida decadente y abiertamente contraria al espíritu de Cristo”.

LA RESPUESTA AL TERRORISMO

Frente a la agresión terrorista contra el pueblo, la Iglesia ayacuchana trabajó de manera incansable para mitigar el dolor de los familiares de las víctimas del terrorismo, y también de los hogares de los senderistas muertos o desaparecidos, desde una perspectiva religiosa y humanitaria.

En ese sentido ejecutó diversas tareas de asistencia espiritual, educativa y de promoción social o humanitaria, tal como lo señala la Carta Pastoral del arzobispo Richter Prada.

En materia de apoyo espiritual, el documento recuerda una cita de Juan Pablo II: “Abrid las puertas al Redentor. Debemos para ello pensar que el pecado es el peor y más grande mal que puede cometer el hombre, es el autor en el mundo del mal, la muerte y la violencia, el odio y el miedo, y lo único que nos separa de Dios y de nosotros mismos”.

“Nosotros, a nivel de Iglesia, modestamente nos dirigimos al hombre de hoy, para servirlo y acompañarlo en su camino a Dios, con la plegaria y tratando de seguir la tarea de evangelizar nuevamente a cristo, Maestro y Mesías de la humanidad. Queremos que el hombre no pierda el sentido del pecado, como lo recordaba Pío XII, y que su destino trascendente es Dios mismo, nuestro Padre Dios”, agrega.

Para continuar y fortalecer su labor religiosa espiritual en medio de la lucha cruenta, la Diócesis ayacuchana impulsó su obra de las Misiones Populares en el 100 % de su territorio geográfico, pese a las amenazas y el acoso de SL.

También le dio impulso a las Comunidades Religiosas Femeninas, que realizaron un intenso trabajo de Catequesis, docencia del curso de Religión y la Pastoral.

Labor educativa

En el terreno Educacional, la Carta Pastoral criticó que los maestros no tuvieran deseos de trabajar en las escuelas rurales y denunció que para instruir a los alumnos campesinos se designada por lo general a maestros de tercera categoría, sin título, improvisados y faltos de vocación y de emoción social.

“Elevamos la sugerencia al gobierno para que, por amor a Dios y esos hermanos nuestros (los campesinos pobres iquichanos y los morochucos), vea in situ sus necesidades. Aconsejamos el establecimiento de lo que otrora fueran las Escuelas Rurales Indígenas, de carácter también técnico, muy apropiadas a estas zonas. A nivel de Iglesia queremos ofrecernos a acompañar en este movimiento de promoción tan urgente y prioritario para quienes carecen, creemos, de casi todo”, precisa el documento eclesiástico.

De manera paralela, la Iglesia trabajó a favor de la alfabetización de los campesinos iletrados, mediante su Escuela para Catequistas Bilingües, cuyos egresados fueron comprometidos para alfabetizar a esos hermanos, especialmente a las mujeres.

Tarea humanitaria

Esta tarea, según señala la Pastoral, fue realizada “en una actitud de servicio, no desde el ángulo político o meramente social”, siguiendo aquel mandato de los obispos de Puebla: “La dignidad humana, lo ha recordado Juan Pablo II, es un valor evangélico, y el Sínodo de 1974 nos enseñó que la promoción de la justicia es parte integrante de la evangelización”.

En esa perspectiva, la Iglesia también se avocó a actuar como portavoz de las inquietudes de los pueblos ante los poderes públicos. En cumplimiento de ese rol la Carta dijo: “nuestra serranía está bastante desprovista de asistencia médica y de sanitarios; faltan maestros para las escuelas, necesitando ellas, urgentemente, mobiliario, suficiente ventilación y servicios higiénicos, y una supervisión en el plan de alimentación escolar, la que falta en muchísimas escuelas por donde hemos caminado…”.

Por intermedio de Caritas Ayacucho, la Iglesia ayudó con alimentos, ropa y medicamentos a muchas familias, apoyó además a muchas comunidades con obras comunales de construcción de caminos rurales, pequeñas irrigaciones, forestaciones, etc.

Socorrió igualmente a los niños minusválidos o huérfanos, a los ancianos y mujeres que quedaron en el desamparo absoluto, y a los presos de toda clase – inclusive a los terroristas – a quienes apoyó con obras de promoción humanitaria y con asistencia espiritual.

RECUADRO APARTE

En el justo medio de la lucha

La voz de la Iglesia ayacuchana se situó en el justo medio del enfrentamiento, condenando la barbarie senderista, y encarándoles a los gobernantes y políticos demagogos su irresponsabilidad e indolencia frente a la pobreza e injusticia, pero sin prestarse a la guerra política de Sendero Luminoso, que en 1980 lanzó la consigna de “denunciar genocidio”, o sea acusar a la democracia de toda clase de crímenes para desacreditarla políticamente.

Huamanga, a comienzos de los años 80’, era una ciudad pequeña en la que casi todos sus habitantes se conocían y sabían bien quien era amigo o miembro de Sendero; quien “apoyaba desde afuera” y quien “estaba bien metido”.

Los ayacuchanos también sabían que había fiscales y jueces simpatizantes de Sendero, y que los magistrados democráticos eran amenazados para que admitan denuncias indiscriminadas contra policías o militares.

No solo los obispos y religiosos ayacuchanos se negaron a servir de cajón de resonancia de esas denuncias. También se resistieron a hacerlo periodistas, maestros, autoridades, etc., muchas veces al precio de su propia vida.

Ellos tampoco se prestaron a la manipulación de la ultra izquierda hermana de Sendero, aquella que discrepaba con Abimael Guzmán “en lo táctico, pero no en lo estratégico”; es decir que ambos coincidían en el objetivo de liquidar a la “democracia burguesa” y a su “aparato represivo”.

En esa dirección trabajaron, de manera paralela, la “Asociación de Abogados Democráticos” y la “Asociación de Familiares de Presos Políticos y Prisioneros de Guerra”, apéndices de SL; y la “Asociación Pro Derechos Humanos” (Aprodeh), suplemento de Vanguardia Revolucionaria (VR) y la Unidad Democrático Popular (UDP), igualmente propulsores de la “lucha armada”.

Ambos sectores compartían el mismo origen marxista, proyectos totalitarios parecidos, y el objetivo de tomar el poder por las armas. Con este propósito ambos buscaron arrinconar a las fuerzas del orden, desacreditándolas y desmoralizándolas con denuncias indiscriminadas de crímenes.

Es cierto que durante la lucha hubo excesos condenables y execrables, propios de todo enfrentamiento armado, pero igualmente verdadero es que Sendero y la ultra izquierda sembraron casos y presentaron como “víctimas inocentes” de la “represión” o el “genocidio” a terroristas abatidos, heridos o detenidos en enfrentamientos.

Una auténtica Comisión de la Verdad debió investigar estos hechos para separar la paja del trigo en materia de excesos militares y policiales, en vez de caer en la manipulación terrorista y ultra, pero no se hizo porque la CVR estuvo manejada precisamente por los ultras y los amigos de Sendero.

Ejemplos de manipulación y de denuncias falsas abundan, como el de Vizcatán, donde cinco terroristas abatidos en combate fueron mostrados por las ONG como campesinos humildes y ajenos al conflicto; o el de Huachocolpa, donde una falsa “matanza” de inocentes fue denunciada de inmediato por un supuesto agente de la Defensoría del Pueblo que, oh casualidad, pasaba por ese remoto pueblo.

Más ejemplos, los casos de Sybila Arredondo, coordinadora de Socorro Popular, brazo de SL; y de Edmundo Cox Beuzeville, jefe del Comité Metropolitano de Sendero, quienes fueron presentados como víctimas de detenciones arbitrarias.

La Iglesia ayacuchana cometió el “pecado” de no hacer escándalo a partir de estas y de muchas otras acusaciones digitadas, porque todos en Ayacucho sabían que ello equivalía a tomar partido en el enfrentamiento. Por eso hoy la atacan y la difaman desde el informe de la ex CVR.

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Un comentario en “La Iglesia no se calló ante el terror

  1. Muchas gracias por la información, es un punto interesante el que esta tratando. ¿Usted cree que podría facilitar la carta mencionada para poder revisarla en algún próximo post?

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