Gracias, Hernando de Soto

Ahora que acaba de entrar en vigor el Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos (TLC), es oportuno repasar el camino que ha transitado nuestro país hasta alcanzar dicho acuerdo, que sin duda será fundamental para consolidar nuestro desarrollo económico.

La historia empezó en 1990, cuando se establecieron las bases para la construcción de la actual economía de mercado que nos ha permitido crecer de manera sostenida, y cuando se fijó como política de estado la integración progresiva del Perú al proceso de globalización comercial.

Sin aquellas reformas estructurales que hicieron posible que la economía peruana se saneara, se estabilizara, y se abriera después a la inversión privada, el Perú jamás hubiese podido cristalizar un solo acuerdo de libre comercio.

Alberto Fujimori tomó la decisión feliz de eliminar el estatismo y el proteccionismo que quebraron al país, llevado por los buenos consejos del entonces asesor presidencial y presidente del Instituto Libertad y Democracia (ILD), Hernando de Soto Polar.

Fueron De Soto y el equipo del ILD quienes persuadieron a Fujimori de llevar a cabo las reformas estructurales y las políticas económicas que hicieron posible la transformación que está viviendo hoy el país.

Gracias a la visión de De Soto y al acierto de Fujimori, el grave problema de drogas y de terrorismo que enfrentaba el Perú en 1990 se volvió una herramienta de negociación que sirvió para plasmar el primer antecedente de TLC con los EEUU, la Ley de Preferencias Arancelarias Andinas (ATPA), que autorizó el ingreso libre de aranceles de 5.500 productos peruanos al mercado estadounidense.

La intervención del ILD fue decisiva para que los estadounidenses se convencieran de que la mejor forma de combatir el narcotráfico y el terrorismo no era la represión sola, sino apoyar la construcción de una economía de mercado que les brindase oportunidades de desarrollo a los agricultores cocaleros. Con este propósito nació el ATPA, que rigió hasta el 2005, cuando fue ampliado y reemplazado por la Nueva Ley de Preferencias Arancelarias Andinas (ATPDEA).

Continuando con el proceso de integración del Perú a la economía global, instituido como política de estado durante la década de los años 90´, el gobierno de Alejandro Toledo inició el año 2004 las tratativas dirigidas a plasmar la suscripción de un acuerdo de libre comercio con los EEUU.

La continuidad de esa política se dio gracias al aporte de un grupo de funcionarios del anterior Ministerio de Industria, Turismo y Negociaciones Comerciales Internacionales (Mitinci), como Pablo de la Flor, Jaime García, Mercedes Aráoz y Alfredo Ferrero, entre otros. Ferrero y Aráoz serían después los ministros que culminaron con éxito el TLC.

Tras dos años de negociaciones, el 12 de abril del 2006,  los gobiernos del Perú y de EEUU firmaron en Washington el TLC bajo la denominación de Acuerdo de Promoción Comercial (APC), pero éste se estancó por la cerrada negativa de sectores sindicales y políticos estadounidenses que alegaron que el documento afectaba a sus intereses.

En julio de ese mismo año, al inaugurarse el gobierno del presidente Alan García, éste anunció su decisión de plasmar el TLC tras una nueva negociación. Un mes después, en agosto, convocó a Hernando De Soto, a quien designó su delegado personal para el proceso, dándole el difícil encargo de destrabar el tratado y de concretarlo.

Gracias a su estrecha amistad con Bill Clinton y con el vicepresidente Dick Cheney, el economista peruano persuadió a los líderes demócratas y republicanos estadounidenses de que la aprobación del TLC era necesaria para la estabilidad democrática de la región, y que de rechazarse el acuerdo se facilitaría al avance del chavismo estatista en el Perú.

La aprobación y ratificación del tratado se convirtieron así en una cuestión de importancia geopolítica para los Estados Unidos, lo cual propició el consenso que hizo posible avanzar en ese sentido. Pero, además, fue necesario aprobar algunas enmiendas requeridas por el gobierno de los EEUU y también por el nuevo gobierno del Perú.

Lamentablemente De Soto no pudo plasmar su propuesta de un “TLC hacia adentro”, con la que buscó incluir a los pequeños empresarios entre los principales beneficiarios del acuerdo. El gobierno aprista no se atrevió a ejecutar las reformas necesarias para concretar ese proyecto, ante lo cual el presidente del ILD optó por dimitir.

Sin embargo, cuando De Soto se apartó, el TLC ya había sido encaminado, y fue así que entre el 4 de octubre y el 4 de diciembre del 2007, el gobierno, la Cámara de Representantes y el Senado de los Estados Unidos concretaron el proceso de ratificación.

Los dos últimos pasos para que entre en vigor los dieron recientemente el Congreso peruano, al aprobar las normas legales que facilitarán su aplicación, y el ex presidente George W. Bush, al decretar, en uno de sus últimos actos de gobierno, la ejecución del acuerdo desde el 1 de febrero.

En el Perú, el mérito es compartido por tres presidentes, Alberto Fujimori, Alejandro Toledo y Alan García. Pero hubo además un hombre que fue fundamental en la gestación y la conclusión del TLC, el economista Hernando de Soto, quien se merece la gratitud del país.

De hecho, De Soto siempre ha trabajado por el país. En la década de los años 80´ reveló que en el Perú existía una enorme economía informal desperdiciada, poseedora de una riqueza potencial gigantesca. Y en 1986, en su libro “El Otro Sendero”, le ofreció a los pobres dueños de pequeños negocios informales una alternativa de capitalismo popular, frente a la opción desesperada del terrorismo senderista.

En una reacción desesperada, Sendero Luminoso intentó asesinarlo al menos dos veces, pero el mensaje de De Soto ya había calado hondo y a partir de entonces el Estado y la sociedad se empeñaron en promover el desarrollo y la multiplicación de las micro y pequeñas empresas, lo cual neutralizó el crecimiento del fenómeno terrorista.

En 1989, durante el primer gobierno de Alan García, el ILD diseñó la llamada ley de Simplificación Administrativa, que tuvo resultados exitosos en aligerar la marcha del aparato estatal, pero de manera inexplicable fue dejada de lado por los gobiernos posteriores.

            Nuestra gratitud a este gran arequipeño que ha visto coronadas por el éxito sus ideas sobre el desarrollo económico, concebidas tras 28 años de trabajo incansable, y plasmadas en su más reciente obra, “El Misterio del Capital”, que ha merecido notables premios y se ha convertido en el libro de cabecera de muchos jefes de estado.

Esas mismas ideas son ahora políticas oficiales de Naciones Unidas, adoptadas por más de 35 países. Y a despecho de su enorme sencillez, De Soto es hoy uno de los 15 intelectuales más influyentes del mundo, mientras que el ILD es catalogado como uno de los tres principales centros mundiales generadores de ideas innovadoras.

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