Los desafíos del general Guibovich

La designación del general Otto Guibovich Arteaga como jefe del ejército abre una nueva etapa en la que todos esperamos que el flamante comandante general esté a la altura de los desafíos que le plantea el momento actual.

Guibovich Arteaga, posee una brillante foja de servicios que se resume en su doble condición de comando y profesional universitario destacado, con al menos dos maestrías.

Antes de ser comandante general del ejército ha sido jefe del Estado Mayor del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas, instancia que planeó la ofensiva militar contra el terrorismo en Vizcatán.

En su discurso inaugural, Guibovich propuso cambiar el sistema actual de reclutamiento de tropas por el de “reenganche”, que consiste en retener a los mejores soldados de la fuerza operativa para darles la oportunidad de hacer carrera militar.

Significa además tener un ejército más pequeño, pero más moderno, operativo y profesional, mucho menos burocrático, en concordancia con las nuevas corrientes de organización militar de un mundo signado por el avance arrollador de la tecnología, lo que se conoce como Equipos Inteligentes de Combate (EIC).

Un buen ejemplo es el de nuestra Marina de Guerra, en la que el grueso de sus subalternos son efectivos profesionales de mando medio, bien capacitados y bien tratados.

Esta reingeniería institucional permitiría que el ejército cuente con más presupuesto para equiparse y entrenarse mejor, y para pagar remuneraciones decorosas.

Porque el problema de fondo es presupuestal, y se manifiesta en hombres mal pagados, mal equipados y mal entrenados, por más que los mandos se esfuercen por prepararlos bien.

Una valla alta

Guibovich tiene además el reto de superar la gestión de su antecesor Edwin Donayre, quien ciertamente le ha dejado una valla alta.

Es cierto que Donayre hizo campaña con el cargo, pero más culpables que él son quienes le dieron el voto a los militares, convirtiéndolos así en un bolsón electoral apetitoso, que Donayre ha sabido capitalizar.

Un diario dijo que solo “dos solados lo alzaron a hombros” el día de su despedida, pero su propia foto muestra que fueron varios suboficiales veteranos, ante la algarabía de la tropa. (¿Ántero se retiró por envidia?)

En campaña o no – eso no les importa a los soldados -, Donayre visitaba inopinadamente los cuarteles y preguntaba a la tropa si estaba bien tratada, si recibía la propina, etc; y compartía el rancho con los solados, tenientes y capitanes.

Desde que llegó distribuyó entre todo el personal militar, sin distinción, un fondo especial que los anteriores jefes del ejército disponían a su libre albedrío. Fueron 147 soles mensuales, cifra que puede ser poca para algunos, pero no para un capitán o un suboficial que ganan sueldos magros.

Dispuso además que los ingresos propios del ejército sean destinados a actividades de bienestar para el personal, y logró que los oficiales subalternos y soldados sintieran, de pronto por primera vez, que podían ser escuchados por su comandante general.

Acabó con el mal uso de los combustibles y de las principales partidas de las unidades militares, el entregarles dichos recursos directamente a los jefes de las mismas, encargándole la supervisión de ese gasto a los jefes de las brigadas respectivas o equivalentes.

Estos son méritos que no se le puede negar a Donayre, y que hicieron posible una mayor cohesión de los soldados con su comando. Guibovich debería mantener esa línea de trabajo.

Que no se repita

Lo que no debe repetir son los fallos de su antecesor, sobre todo el haber abandonado a los soldados presos y acusados de violaciones de derechos humanos, a quienes les negó la presunción de inocencia por quedar bien con los políticos.

Les privó de ayuda humanitaria elemental y de un apoyo legal mínimo, dejándolos a merced del “sistema anticorrupción”, que los tiene encarcelados sin sentencia por cinco, seis o siete años.

Por eso ha sido alentador escuchar a Guibovich decir que los soldados perseguidos no están solos.

Donayre tampoco cambió el injusto sistema de ascensos vigente, que está basado en criterios subjetivos de “comisiones especiales” burocráticas que desdeñan el mérito operativo y el desarrollo del soldado en el arte de la guerra, privilegiando la “vara” y el padrinazgo.

El Congreso ha tenido que intervenir para corregir la injusticia que se cometió en contra de una promoción entera de oficiales que fue pasada al retiro para permitir el asenso de allegados al ahora ex comandante general.

Fue incapaz de poner coto a la infidencia y a los actos de indisciplina en los altos mandos que estallan en cada temporada de ascensos, y que se manifiestan en ataques arteros mutuos entre altos oficiales que acuden encubierta o abiertamente a los medios de prensa para ventilar en ellos sus miserias.

Este es el mayor desafío para Guibovich: Restaurar la disciplina y el respeto a los valores institucionales, que son la base fundamental de toda institución. Sin disciplina y sin valores no hay ejército.

Otros desafíos del general Guibovich son mejorar el equipamiento militar, modernizar la fuerza, hacerla más operativa y dotarla de personal altamente calificado – sobre todo en lo ético -; darle mejores sueldos al personal, y no dejar abandonados a sus camaradas presos y perseguidos, que no son solo los de Vizcatán.
Ojalá que los nuevos vientos que han llegado con su designación hagan realidad los cambios que esperan la nación y los verdaderos soldados.

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