La Iglesia de Ayacucho

Con la lucidez y franqueza que los caracteriza, Aldo Mariátegui ha desbaratado hace unos días, en su columna de Correo, la patraña “caviar” que durante años acusó al Cardenal Juan Luis Cipriani de haber dicho alguna vez que “los derechos humanos son una cojudez”.

Como bien recordó Aldo, lo que dijo el Prelado fue que el cartel de ONGs marxistas o pro marxistas llamado Coordinadora Nacional de DDHH “es una cojudez”, opinión compartida por el suscrito y también, estoy seguro, por la gran mayoría de los peruanos.

Está escrito en blanco sobre negro en una revista. Los “caviares” y su aparato mediático lo saben, pero repiten la mentira año tras año, de manera sistemática, con el fin perverso de difamar y desprestigiar al pastor, a quien odian porque tuvo el valor de enfrentarse al terrorismo en Ayacucho. Por una feliz coincidencia, estuve en Huamanga unos días antes de que la prensa caviar comenzara su campaña dirigida a enlodar la imagen del Cardenal en venganza porque éste criticó a los grupos ideológicos totalitarios que trafican con los derechos humanos. Durante esos días, en los que me reuní con personajes importantes de Ayacucho para revisar pasajes cruciales de la lucha contra la agresión terrorista, un tema ineludible en nuestra conversación fue el rol que cumplió la Iglesia Católica en esa región. Mis interlocutores fueron periodistas veteranos como Carlos Valdez, Hugo Ned o Ilpidio Vargas; catedráticos y antropólogos cuyos nombres no estoy autorizado a publicar; así como ex autoridades y ciudadanos simples que vivieron aquellos años de horror. Todos coincidieron en que la Iglesia, primero bajo el liderazgo de monseñor Federico Richter Prada, y después de monseñor Juan Luis Cipriani, actuó como un dique moral que impidió un mayor avance de las ideas terroristas, al enfrentar de manera frontal y sin ambages su mensaje de muerte. No podía ser de otra manera. La Iglesia ayacuchana socorrió a todas las víctimas de la lucha, sin importarle inclusive si eran terroristas: a los presos, los huérfanos, las viudas. A todas, como lo ha recordado la madre Covadonga, principal colaboradora de los monseñores Richter y Cipriani. La Iglesia de Ayacucho tomó partido por la vida y contra la muerte. Su “pecado”, según el criterio caviar, fue no sumarse al coro de los Abogados Democráticos y de la Coordinadora de DDHH que “denunciaba” a diestra y siniestra supuestos crímenes a las fuerzas que se enfrentaban a los terroristas. Esa neutralidad desató la furia de SL, que acosó a numerosos religiosos de esa Diócesis, hasta que finalmente asesinó al padre Víctor Acuña, director de Caritas Ayacucho, cuando oficiaba misa en la iglesia La Magdalena, el 3 de diciembre de 1987. Después siguió una secuela de más asesinatos y atentados en contra de otros religiosos. Mis interlocutores ayacuchanos recordaron que cada vez que SL perpetraba una matanza de campesinos, los grupos pro terroristas sembraban la duda de inmediato insinuando que los asesinos “serían en realidad militares disfrazados de senderistas”. Esta es una práctica vieja que repitió Carlos Tapia en marzo del 2002, cuando SL perpetró el atentado contra el Centro Comercial El Polo, frente a la embajada de los Estados Unidos, que dejó nueve muertos y 40 heridos. “Han sido los fujimoristas”, afirmó. También recordaron que a mediados de los años 80’ los falsos “defensores” de los DDHH y los caudillos marxistas de entonces, como Tapia o Degregori, desacreditaban a las rondas campesinas llamándolas “grupos paramilitares”. En Ayacucho hay personas que critican el mal carácter que tiene a veces el Cardenal Cipriani, pero muy pocos, o casi nadie, cree que su ex obispo, o mejor dicho la Iglesia Católica ayacuchana, haya cerrado los ojos y los oídos frente a las violaciones de derechos humanos que se produjeron durante aquellos años. Lo que sí existe entre ellos es un sentimiento unánime de gratitud y reconocimiento porque esa institución secular fue la única que le extendió una mano solidaria y caritativa a las víctimas de la lucha, pero sin conciliar jamás con el terrorismo. Esto es lo que no le perdonan a monseñor Juan Luis Cipriani, y tampoco a monseñor Richter. Allá ellos, pobres de espíritu, mezquinos.

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3 comentarios en “La Iglesia de Ayacucho

  1. No es santo de mi devocion este aldo mariategui, pero cuando hay que decir que en su momento hace un comentario o en este caso un articulo abjetivo, sin ambages y con mucha precision, creo que hay que felicitarolo. esta respuesta vine deseando hacerla hace mucho tiempo, pero creo que hay que reavivar ahora, este menjunge que hcieron los caviares, con su presidente, suelta terrorista que es alejandro toledo, para ese señor y sus amigos caviares, todo los terroristas estarian libres, y monseñor cirpiani y sus amigos, pocos que enfrentaron el terrorismo y sus ideoligas asesinas como deberian con valentia y hombria deberian estar en la carcel, creo que hay que des`pertar de este mal sueño.

  2. saben que nunca hubo aquel letrerito, que en la mula publicitan tanto, creo que esa pagina es de una caviar como la actual alcaldesa de lima, con personas que no ven la realidad sino en ella solo sus interes para sacarle el mayor beneficio de las circunstancias hay que dudar hasta de su nombre, veremos que le depara esta gestion. nunca hubo ese cartelito, ano ser que se vea con ojos bionicos o de rayos infrarojos como la de superman, por que con ojos normales como el de la mayoria nunca se vio nada, ni en garcilazo, donde vivia cirpiani ni en 28 de julio dopnde despachaba cirpiani.
    que tal cartelito no? aun sin existir causa tanto revuelo, que seria si hubiera existido no?

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