Ni verdad, ni reconciliación

En estos días hemos tenido que soportar una embestida mediática dirigida a convencernos a los peruanos de las supuestas bondades del falaz informe de la mal llamada Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR). Esta vez me tocó presenciar la campaña caviar encontrándome en Ayacucho, donde muy pocos creen en la ex comisión y muchos más son los que la detestan.

Apenas unas 50 personas asistieron, por ejemplo, a una manifestación que convocaron las ONG que apoyan a la ex CVR, en la plaza Sucre, para presionar al Poder Judicial a fin de que arrecie la persecución indiscriminada contra los ronderos, policías y militares que vendieron al terrorismo.

Varias personas bien informadas nos contaron además que es mentira que se hayan encontrado tumbas ilegales en el cuartel Los Cabitos, y que los restos fueron hallados en terrenos adyacentes de dicha instalación. Yo traté de corroborar la información, pero la Fiscalía sólo colabora con la prensa caviar. A los periodistas independientes les cierra las puertas.

Está terminantemente prohibido llegar a ese lugar. Sólo los fiscales adiestrados por las ONG izquierdistas, los funcionarios de éstas, y la prensa caviar y toledista pueden acceder.

Durante mi permanencia en Huamanga y en algunos pueblos cercanos recogí otros testimonios reveladores y conmovedores de la tragedia que vivió esa región, y descubrí que el miedo sigue imperando entre los ayacuchanos, quienes, impotentes e indignados, ven hoy como muchos terroristas se pasean libres por las calles y plazas sin haberse arrepentido jamás.

Hablé con personas importantes que vivieron el terrorismo desde sus orígenes, con la intención de entrevistarlas, pero todas ellas aceptaron sólo charlar “en off”, por temor a los terroristas.

Un docente que conoció a los viejos senderistas en la Universidad de Huamanga nos confesó que con sólo escuchar a alguien que usa al hablar la jerga maoísta de Sendero Luminoso, el miedo lo paraliza y el cuerpo se le escarapela.

La universidad organizó una muestra fotográfica sobre la violencia terrorista, y él tuvo que asistir en razón de su cargo, pero no pudo ver nada más que la primera fotografía, tras lo cual abandonó la exposición invadido por el pavor que le provocaron los recuerdos.

En otro plano, un taxista joven me contó que en su barrio huamanguino, El Carmen, cuando tenía diez años y jugaba fulbito con los chicos de su edad, llegaban los terroristas y los obligaban, a golpes, a dar vivas al “presidente Gonzalo” y a la “lucha armada”.

“Por lo menos dos de los que nos hicieron eso viven aquí, están libres. Y seguro que siguen en lo mismo. Por eso en mi barrio estamos organizados, por si quieren abusar otra vez”, agregó el muchacho, quien también contó que su padre se quedó ciego por culpa de los terroristas.

El mismo joven recuerda que en esa misma época todos los chicos de su barrio que tenían 14 o 15 años desaparecieron, tras haber sido reclutados por Sendero. Una generación perdida.

Otro joven de 23 años, sin poder contener el llanto, nos contó que los terroristas asesinaron a su padre, Víctor Quispe Guillén, a quien persiguieron hasta la selva para matarlo, y no dejaron que nadie lo sepultara. Lo mataron porque era presidente de las rondas del pueblo de Chiquintilca, distrito de Anco, provincia de La Mar.

“No sabemos si los restos de mi padre se los comieron los perros, los gallinazos, o se los llevó la subida del río. No tenemos nada de él. Lo mataron en venganza porque se rebeló contra los terrucos para que no sigan matando a la gente de su pueblo”, dijo el muchacho.

Su hermana mayor, que tenía diez años cuando murió el padre, recuerda que un tiempo antes los terroristas entraron a Chiquintilca y asesinaron a muchas personas, arrojándolas después a una quebrada ubicada junto a la comunidad.

“No se a cuantos mataron, pero vi que los pusieron en cuatro o cinco filas, como en el colegio, y les dispararon. Todos gritaban y después se cayeron al suelo, muertos. Tres días después, en la noche, calladita y con miedo, la gente los ha enterrado en dos huecos grandes. Allí están hasta ahora”, dijo la muchacha.

Otro docente universitario nos contó que es mentira que el pueblo ayacuchano rechazó el ingreso del ejército en esa región, en 1981, como dice la historia escrita por los caviares. “Al contrario, la gente se sintió más segura, porque los Sinchis habían cometido demasiados abusos”.

“Es cierto que hubo excesos y que los militares mataron a alguna gente inocente, pero por lo general a los que agarraban eran de Sendero o estaban comprometidos. Eso nadie lo puede negar, aquí todos nos conocíamos bien, todos sabíamos quienes estaban con ellos y quienes no”, precisó.

Estos cuatro casos, apretadamente resumidos, confirman que el terrorismo causó muchas tragedias desconocidas en los hogares ayacuchanos, y también revelan que la historia real de aquel episodio doloroso de la historia de Ayacucho aún está por escribirse.

La ex CVR debió escribirla si hubiese actuado con criterio de verdad y justicia, pero quienes coparon y manejaron ese grupo ya tenían otra historia preconcebida a la luz de sus intereses políticos, y esa fue la que escribieron en el informe final.

Cinco años después de la presentació0n de aquel informe, el Perú no ha podido encontrar aún la verdad ni la reconciliación. Los ayacuchanos lo saben mejor que nadie.

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