Chavismo: Gato por liebre

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Es una falacia descomunal sostener que el “chavismo”, también llamado pomposamente la “revolución bolivariana”, puede ser una propuesta política y económica innovadora que les permita a las naciones de América Latina salir del subdesarrollo con” justicia social”.

Con ese cuento podrán engañar tal vez a otros, pero a los peruanos, como dice el dicho popular, “ni de vainas”. Porque si algo conocimos de cerca, porque los sufrimos en carne propia, han sido las consecuencias desastrosas del estatismo y del populismo.

¿Qué tiene de “innovador” la propuesta chavista?. En lo político nada: Un régimen caudillista que controla los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, aunque aún no ha llegado a capturar el Electoral, y por eso hay elecciones democráticas, como el referendo reciente que perdió Chávez.

A esa concentración de poderes hay que sumar los “comités bolivarianos”, un plagio de los “comités revolucionarios” de los antiguos países socialistas, que se encargan de acosar a los críticos del régimen en los pueblos y barrios.

En lo económico, el “chavismo” propone un estado omnipresente en todas las actividades económicas, controlista, ajeno a la disciplina fiscal y monetaria, con un Banco Central sometido a la voluntad del caudillo.

¿Qué de innovador tiene esto para la política latinoamericana? Tampoco nada, son las mismas viejas recetas económicas y políticas que fracasaron de manera estrepitosa después de que se convirtieron en políticas de estado en los países del extinto “campo socialista”, que se desplomó a fines de los años 80’ tras la caída del Muro de Berlín,

Las recetas “nuevas” de Chávez son en verdad viejas, gastadas, surgieron a fines del siglo XIX, y los países que las aplicaron después del triunfo de la Revolución rusa acabaron sumidos en la pobreza, en una descomposición política y social generalizada, y una corrupción institucionalizada.

El caso peruano

El Perú no vivió un régimen totalitario comunista, pero sí sufrió durante décadas las consecuencias del estatismo económico que se estableció con la revolución militar de izquierda que encabezó el general Juan Velasco Alvarado (1968).

En régimen militar izquierdista duró siete años (1968-1975), en los que gobernó con mano dura e instauró un modelo económico estatista que se prolongó hasta 1990 por influencia de intereses mercantilistas que se beneficiaban de él, y por la falta de visión y de claridad en la clase política.

Velasco creó numerosos ministerios y organismos públicos, y cerca de 200 empresas estatales, una enorme burocracia que se convirtió en la mayor carga económica para el país. Las empresas estatales eran ineficientes y generaban pérdidas del orden de los 1.500 millones de dólares al año.

Si en los años 50 y 60 el Estado derivó sus excedentes a la construcción de escuelas, hospitales y a mejorar los servicios públicos, en los años 70’ y 80’ esos recursos se diluyeron en cubrir el déficit de las empresas estatales y en pagar sus planillas enormes de empleados. Como consecuencia de esto se abandonó la inversión pública en educación, salud, seguridad ciudadana, e infraestructura indispensables para el desarrollo.

El chavismo pretende que regresemos a ese mismo modelo que nos dejó en herencia la peor crisis económica, pobreza extrema creciente, un estado que no podía pagar ni su planilla, una burocracia inmensa, escasez general, infraestructura y servicios públicos colapsados, corrupción y terrorismo.

¿Acaso hemos olvidado que el estatismo nos dejó escuelas de esteras sin carpetas ni pizarras, hospitales sin medicinas, carreteras destrozadas? ¿También hemos olvidado a los niños que desayunaban te con pan y almorzaban nicovita? ¿Ya no recuerdan que nos bañábamos con baldes de agua, que los barrios pobres vivían en tinieblas por falta de luz, que tener una línea de teléfono costaba mil dólares?.

Esta fue la herencia nefasta que le dejó el populismo al Perú. Y esta es la receta “nueva” que nos pretende vender de nuevo el chavismo. Nos quieren dar gato por liebre.

Pero más allá de nuestra experiencia, hay otros elementos de juicio que nos llevan a la conclusión certera de que el chavismo es una corriente política retrógrada y antidemocrática.

El “gran salto”… hacia atrás

Mientras el mundo avanza hacia una economía globalizada, al ritmo arrollador de la revolución tecnológica; y mientras en Asia, en Europa y en gran parte de América los países se insertan en el desarrollo global, la Venezuela de Hugo Chávez acaba restaurar el trueque, aquel intercambio de productos que se hacía en el mundo antes de que se crease la moneda.

Como si fuese una “gran innovación” suya en materia de ciencias económicas, el propio Chávez anunció hace poco la restauración del trueque, que en un principio será ejercido entre grupos de agricultores que intercambiarán los excedentes de su producción.

Esta es la última idea “revolucionaria” de Hugo Chávez para tratar de frenar la inflación que se ha desbocado y que castiga al pueblo venezolano, empobreciéndolo cada día más.

Este “gran salto” hacia atrás en la historia sintetiza el “modelo económico” chavista, el mismo que Ollanta Humala intentó imponerle al Perú dos veces por la vía del golpe (el 2000 y el 2005), y una por las urnas (el 2006), pero fracasó, por fortuna.

Hugo Chávez cree que el trueque frenará la inflación, no entiende que la espiral inflacionaria es causada por el control de precios y por el desenfrenado gasto público que hace él para sostener el régimen con subsidios infinitos e injustos y sus programas asistencialistas masivos.

En todo el mundo la inflación se acaba sólo con disciplina fiscal y monetaria, así ocurrió en el Perú. Pero él no lo cree; su ignorancia y su soberbia se lo impiden.

En los primeros dos meses de este año, la inflación oficial en Venezuela ha sido 5.8 %, y en el 2007 llegó a 22.5 %. Para los economistas independientes la inflación real del 2007 fue de 30%.

Entre enero y febrero, el precio del queso blanco subió 47,3%, el azúcar 49,2%, el arroz 30,5%, las pastas 58%, el pan 18% y la leche 36,7%. ¡Esto es lo que calla la prensa humalista!

En diciembre pasado colapsó un puente que une Caracas con el aeropuerto, por lo que fue necesario desviar el tráfico hacia las montañas, lo cual convirtió un viaje de 45 minutos en uno de varias horas. Así está de abandonada la infraestructura de Venezuela, mientras que Chávez les regala el dinero de los venezolanos a Evo Morales y a Daniel Ortega, entre otros.

Venezuela, pese a los millonarios ingresos que percibe por el alza del precio del petróleo, tiene 15% desempleo, la pobreza ha crecido, sobre todo en los sectores medios, y tiene un gran déficit de carreteras e infraestructura básica para el desarrollo.

Chávez irrumpió en la política como el hombre que rescataría a Venezuela de la crisis que dejaron los viejos políticos venezolanos que despilfarraron 70 mil millones de dólares que recibió ese país por sus ventas de petróleo, y por eso convocó un gran apoyo ciudadano.

Resulta paradójico que ahora él, con el pretexto de liderar la “revolución bolivariana” en América Latina, haya restaurado el despilfarro, con el agravante de que ahora el precio del crudo está en sus niveles históricos más altos.

Lección histórica

Es necesario reconocer, sin embargo, que Hugo Chávez cuenta con amplio respaldo popular en Venezuela que se explica porque el pueblo de ese país quedó decepcionado de la clase política venezolana, y porque el chavismo, mal que bien, ha atendido necesidades reales de la gente.

También es verdad que la clase política venezolana nunca se preocupó por construir una economía moderna, sana y competitiva; optó por el mercantilismo y por el derroche, hasta que el precio del petróleo se derrumbó en los años 80’ y entonces empezó su debacle histórica.

A fines de esa década, Carlos Andrés Pérez intentó establecer las bases de una economía de mercado, pero ya era tarde, pues la izquierda, con Chávez a la cabeza, culpó de la crisis a las políticas económicas ‘neoliberales’ y asoció a estas con los políticos que fracasaron.

Hugo Chávez ha acertado en crear, por ejemplo, una red de clínicas de salud en los barrios más pobres, con apoyo de médicos cubanos; y también en crear programas efectivos y exitosos de asistencia alimentaria para esos mismos sectores.

Los gobiernos democráticos deben comprender que el populismo encuentra caldo de cultivo allí donde hay pobreza, más aún donde hay pobreza extrema, por eso se debe dar prioridad a la atención de las necesidades urgentes de esos sectores, demostrando que la democracia también es sensible, solidaria y eficiente.

La diferencia está en que el modelo democrático no sólo le dará ayuda perentoria a los pobres, sino que, al avanzar y consolidarse la economía de mercado, también les dará oportunidades para tener empleo digno, mejor educación para sus hijos, buenos hospitales, seguridad.

El chavismo en cambio, podrá mantener sus políticas asistenciales sólo hasta cuando le dure el petróleo, o hasta cuando el precio del crudo se mantenga alto, porque cuando se le acabe ese recurso o caiga su precio, no tendrá de dónde financiar tan alto gasto. Entonces estallará la crisis.

Bien lo dice Francis Fukuyama: “Venezuela no es un modelo para la región. Su camino es único, es el producto de una maldición de recursos naturales que la hace más comparable con Irán y con Rusia que con ninguno de sus vecinos de América Latina. El chavismo no es el futuro de América Latina. Si es algo, es su pasado…”.

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